La finalización de la construcción del parque eólico marino Vineyard Wind, frente a la costa de Massachusetts, supone un antes y un después para la energía eólica marina en Estados Unidos. Se trata del primer proyecto de gran escala que alcanza esta fase durante la presidencia de Donald Trump, un dirigente que se caracterizó precisamente por su escepticismo hacia este tipo de tecnología.
Aunque el proyecto se ubica en la costa este de EE. UU., su desarrollo está estrechamente vinculado a empresas con una fuerte implantación en Europa y España, y se observa con lupa desde el sector energético europeo. La combinación de decisiones políticas, litigios, retos técnicos y objetivos climáticos que rodean a Vineyard Wind ofrece claves valiosas para el despliegue de nuevos parques eólicos marinos en el Atlántico europeo.
Un parque pionero en plena era Trump
La construcción del amplio complejo marino conocido como Vineyard Wind se dio por terminada tras la instalación de las últimas palas la noche de un viernes, según confirmó el portavoz del proyecto, Craig Gilvarg. Con este hito, el parque pasa a la historia como el primer gran esquema eólico marino completado bajo el mandato de Donald Trump, a pesar del tono crítico que el entonces presidente mantuvo hacia los aerogeneradores.
Trump reiteró durante años su desconfianza y rechazo hacia la energía eólica, llegando a prometer que no dejaría que se siguieran levantando “molinos de viento”. Ese posicionamiento político se tradujo en decisiones administrativas que afectaron directamente a la tramitación de Vineyard Wind y de otros proyectos marinos en la costa este.
El parque forma parte de una primera oleada de cinco grandes iniciativas de eólica marina en el Atlántico estadounidense que se vieron frenadas a finales de 2020. La administración Trump ordenó detener su avance invocando motivos de seguridad nacional, un argumento que fue rápidamente contestado por promotores y gobiernos estatales.
Las demandas presentadas ante los tribunales federales fueron decisivas: los jueces concluyeron, en esencia, que la Casa Blanca no había demostrado la existencia de un riesgo inminente que justificara la paralización prolongada. Gracias a esas resoluciones judiciales, todos los proyectos afectados pudieron reactivar sus obras, incluido Vineyard Wind.
Mientras Vineyard Wind avanzaba hacia su fase final, otro de esos cinco proyectos, Revolution Wind, comenzó a inyectar por primera vez electricidad a la red de Nueva Inglaterra. Aunque este último está aún aumentando progresivamente su aportación, ilustra cómo la eólica marina empieza a consolidarse como pilar del suministro regional.
Características técnicas y dimensión del proyecto
Vineyard Wind es una empresa conjunta entre Avangrid y Copenhagen Infrastructure Partners (CIP), dos actores muy conocidos en el ámbito europeo. Avangrid está vinculada al grupo Iberdrola, lo que refuerza el peso de la industria española y europea en el desarrollo de la eólica marina estadounidense.
El parque se sitúa a unos 24 kilómetros al sur de Martha’s Vineyard y Nantucket, en aguas de Massachusetts. Allí se han instalado 62 aerogeneradores marinos que, una vez a pleno rendimiento, suman una capacidad de 800 megavatios (MW). Esta potencia permite generar suficiente electricidad limpia para abastecer en torno a 400.000 hogares, un volumen considerable si se compara con la demanda residencial de una gran ciudad europea.
La puesta en servicio del parque se ha realizado de forma escalonada: Vineyard Wind lleva más de un año conectando progresivamente turbinas a la red, de manera que la instalación ya venía suministrando energía antes de completarse el montaje definitivo de todas las palas.
Desde la perspectiva de planificación energética, la fiscal general de Massachusetts, Andrea Joy Campbell, ha subrayado que la culminación del proyecto es clave para contener los costes eléctricos, atender una demanda creciente y avanzar en las metas climáticas del estado. Además, el complejo ha contribuido a sostener miles de empleos de calidad vinculados a la construcción, operación y mantenimiento, una realidad muy similar a la que buscan las regiones costeras de España y del resto de Europa con sus propios planes de eólica marina.
En el ámbito europeo, este tipo de proyectos se observa como un banco de pruebas a gran escala: desde la logística portuaria hasta la interconexión con la red, pasando por el impacto socioeconómico en comunidades costeras. Las lecciones aprendidas en Massachusetts pueden trasladarse a futuros parques en el Cantábrico, el Atlántico ibérico o el mar del Norte, donde la eólica marina flotante empieza a ganar terreno.
Retrasos, conflictos y un fallo técnico polémico
El desarrollo de Vineyard Wind se remonta a 2017, cuando la compañía elevó sus primeros planes a las autoridades estatales y federales. Massachusetts ya había apostado de forma decidida por el despliegue de la eólica marina, obligando a las empresas distribuidoras a solicitar proyectos que sumaran hasta 1.600 MW de potencia instalada para 2027. Sin embargo, la tramitación se vio salpicada por retrasos y decisiones controvertidas.
Uno de los puntos de fricción más importantes fue la dilación en la emisión de la declaración de impacto ambiental por parte de los reguladores federales en 2019. Ese documento era imprescindible para seguir adelante y su demora alimentó las críticas. El congresista demócrata por Massachusetts William Keating acusó entonces al gobierno de Trump de intentar poner palos en la rueda al proyecto justo cuando empezaba a consolidarse.
A todo ello se sumó un episodio que dio munición adicional a los detractores de la eólica marina: en julio de 2024 se produjo un fallo en una de las palas de los aerogeneradores de Vineyard Wind. Como consecuencia, fragmentos de fibra de vidrio llegaron a diversas playas de Nantucket en plena temporada turística, generando malestar entre los negocios locales y residentes.
El fabricante de los equipos, GE Vernova, reaccionó aceptando el pago de unos 10,5 millones de dólares en compensaciones a las empresas de la isla que denunciaron pérdidas relacionadas con el incidente. Esa respuesta económica buscó limitar el impacto reputacional de la avería, un aspecto que también preocupa a compañías europeas implicadas en grandes parques marinos del mar del Norte o del Báltico.
Este tipo de episodios recuerda que los retos técnicos y ambientales de la eólica marina, como la instalación de monopilotes no son menores. Tanto en Estados Unidos como en Europa, la evolución de normativas sobre seguridad, mantenimiento y protección de ecosistemas costeros será crucial para reducir riesgos y asegurar la aceptación social de estos complejos.
De Trump a Biden: cambios de rumbo en la política energética
El marco político en el que se ha desarrollado Vineyard Wind está marcado por un claro contraste entre las presidencias de Donald Trump y Joe Biden. Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump impulsó una serie de órdenes ejecutivas orientadas a reforzar el petróleo, el gas y el carbón, revisando o desmantelando medidas que promovían las energías renovables.
La narrativa oficial de la administración Trump defendía que este giro permitía apostar por fuentes de energía más fiables y asequibles. La portavoz de la Casa Blanca, Taylor Rogers, llegó a señalar que el presidente estaba “reorientando” la política energética para rebajar la factura eléctrica, mejorar la estabilidad de la red y reforzar la seguridad nacional, frente a lo que consideraba una agenda verde demasiado costosa y basada en tecnologías intermitentes.
Frente a ese enfoque, el actual presidente Joe Biden ha situado la lucha contra el cambio climático y la expansión de las renovables como ejes de su estrategia energética. En 2021, su administración dio luz verde definitiva a Vineyard Wind, con el objetivo de acelerar el despliegue de la eólica marina y posicionar a Estados Unidos en un terreno donde Europa llevaba la delantera.
Las obras en tierra comenzaron en Barnstable (Massachusetts), mientras se ultimaban permisos marítimos y contratos de conexión. Este respaldo político contrastó con las trabas previas y se interpretó como un mensaje de continuidad regulatoria hacia inversores y promotores, algo que en Europa también se considera determinante para reducir la percepción de riesgo en grandes infraestructuras renovables.
En paralelo, otros proyectos siguieron avanzando. El primer parque eólico marino de EE. UU. se había inaugurado ya en 2016 frente a Block Island (Rhode Island), al final del mandato de Barack Obama, con tan solo cinco turbinas. Sin embargo, su escala reducida hacía que se considerara más un proyecto demostrativo que una instalación plenamente comercial.
El salto cualitativo llegó en marzo de 2024 con la inauguración oficial de South Fork Wind, el primer parque marino a gran escala del país, desarrollado por la danesa Ørsted y la empresa de servicios públicos Eversource, con 12 turbinas situadas a unos 56 kilómetros al este de Montauk Point (Nueva York). Junto con Vineyard Wind y Revolution Wind, estos proyectos configuran la columna vertebral de la naciente industria eólica marina estadounidense.
Lecciones para Europa y el papel de las empresas españolas
La culminación de Vineyard Wind y el arranque de otros parques en la costa este ofrecen enseñanzas de interés para España y Europa, donde la eólica marina —especialmente la flotante— se encuentra en una fase de planificación avanzada. La participación de Avangrid, ligada a Iberdrola, y de inversores europeos como Copenhagen Infrastructure Partners, subraya el papel de las compañías del viejo continente como motor tecnológico y financiero en este tipo de iniciativas.
Para los países europeos con litoral atlántico y cantábrico, la experiencia de Massachusetts sirve como referencia en cuestiones como la coordinación entre gobierno central y autoridades regionales, los procesos de evaluación ambiental, la gestión de impactos sobre el turismo o la definición de mecanismos de compensación económica ante incidencias técnicas o molestias a comunidades pesqueras.
Además, el caso de Vineyard Wind pone de relieve la importancia de la seguridad jurídica y la estabilidad regulatoria. Las paralizaciones por decisiones políticas de último minuto, como ocurrió en Estados Unidos, pueden elevar los costes financieros y retrasar la entrada en funcionamiento de instalaciones clave. En Europa, donde la Planificación de redes y los objetivos climáticos están más armonizados, estos factores se consideran esenciales para cumplir con las metas de descarbonización fijadas para 2030 y 2050.
Al mismo tiempo, la necesidad de reforzar infraestructuras portuarias, cadenas logísticas y capacidades industriales locales es un aspecto compartido a ambos lados del Atlántico. La construcción y mantenimiento de grandes parques marinos demandan buques especializados, fábricas de componentes y mano de obra altamente cualificada, ámbitos en los que España y otros países europeos aspiran a consolidar polos industriales asociados a la transición energética.
Así, aunque Vineyard Wind se encuentre a miles de kilómetros de la península ibérica, su recorrido —desde la fase de permisos hasta su puesta en marcha comercial— se ha convertido en un caso de estudio para gobiernos, reguladores y empresas europeas que preparan el salto definitivo a una expansión masiva de la eólica marina.
El cierre de la construcción de Vineyard Wind, en definitiva, simboliza cómo un gran parque eólico marino puede salir adelante incluso en un contexto político poco favorable y terminar jugando un papel clave en la transición energética de una región. El proyecto deja tras de sí una combinación de retos técnicos, conflictos legales, ajustes regulatorios y aprendizajes industriales que ya están influyendo en la forma en que Estados Unidos y Europa enfocan la expansión de la energía eólica en alta mar.