Terminología esencial sobre economía circular y sus claves

  • La economía circular propone alargar la vida de los productos, reducir residuos y basarse en materiales seguros, renovables y reciclables.
  • Conceptos como eco-diseño, simbiosis industrial, logística inversa o responsabilidad ampliada del productor permiten cerrar ciclos de materiales y energía.
  • La terminología circular abarca desde la huella ambiental y el análisis de ciclo de vida hasta estrategias como reutilizar, reparar, reciclar o regenerar.
  • La transición desde la economía lineal a modelos circulares exige innovación, trazabilidad, ética empresarial y participación ciudadana.

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La economía circular se ha convertido en un concepto central cuando hablamos de sostenibilidad, cambio climático y futuro de los modelos productivos. Sin embargo, a menudo se utiliza un vocabulario técnico que puede resultar confuso si no se domina la terminología básica. Tener claro qué significan estos términos no es un capricho, sino una condición imprescindible para poder diseñar políticas, productos y servicios realmente circulares.

Este texto funciona como un glosario ampliado sobre economía circular, que reúne y reorganiza de forma clara muchas definiciones procedentes de referencias especializadas, proyectos pioneros y marcos internacionales. Encontrarás desde la explicación de conceptos generales como economía circular o economía lineal, hasta términos más específicos como “logística inversa”, “simbiosis industrial”, “greenwashing” o “Cradle to Cradle”.

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Qué es la economía circular y en qué se diferencia de la lineal

La economía circular es un modelo de producción y consumo que persigue que los recursos, los materiales y los productos permanezcan en uso el máximo tiempo posible, conservando su valor dentro del sistema económico. En vez de extraer, fabricar, usar y tirar, se intenta diseñar productos duraderos, reparables, reutilizables y reciclables, reduciendo la generación de residuos a su mínima expresión.

Frente a este enfoque, la economía lineal se basa en la lógica “tomar-hacer-tirar”: se extraen recursos naturales, se transforman en bienes que a menudo no se aprovechan a fondo y, una vez que se consideran obsoletos o dejan de ser útiles, se desechan como residuos. Este esquema ignora los límites físicos del planeta y conduce a la sobreexplotación de materiales finitos y a la saturación de vertederos e incineradoras.

La economía circular se articula en torno a una serie de estrategias de acción conocidas popularmente como las “R”. Además de las clásicas tres erres (reducir, reutilizar y reciclar), hoy se manejan listas más amplias que incluyen: rechazar, repensar, reparar, renovar, re-manufacturar, re-proponer, recuperar o redistribuir. Todas ellas apuntan a alargar la vida útil de los productos y a mantener los materiales en circulación.

Este modelo pone énfasis en el uso de materiales seguros, reciclables, renovables y, cuando es posible, biodegradables. También impulsa modelos de negocio basados en el uso compartido o el acceso (servitización) más que en la propiedad, así como el fomento de la reparación y la actualización en lugar del reemplazo constante.

Glosario básico: de análisis de ciclo de vida a energía renovable

Uno de los pilares de la economía circular es entender cómo impacta un producto a lo largo de todas sus etapas. Aquí entra en juego el análisis del ciclo de vida (ACV), que cuantifica el impacto ambiental de un producto o servicio desde la obtención de las materias primas, pasando por su fabricación, distribución y uso, hasta el final de su vida útil y su gestión como residuo o su reintroducción en el ciclo productivo.

Este enfoque está estrechamente ligado al concepto de ciclo de vida, que describe todas las fases por las que pasa un producto: extracción de materias primas, producción, distribución, uso, mantenimiento, reparación, reutilización potencial y tratamiento final (gestión como residuo, reciclaje, compostaje, incineración con recuperación de energía, vertedero, etc.). Sin esta mirada completa es fácil trasladar impactos de una fase a otra sin resolver realmente el problema.

El impacto que un producto, proceso o servicio produce sobre el entorno se recoge en el término huella ambiental. Puede incluir variables como consumo de agua, emisiones de gases de efecto invernadero, contaminación del aire y del suelo, o pérdida de biodiversidad. Un caso concreto y muy extendido es la huella de carbono, que mide las emisiones de CO₂ equivalente asociadas a un producto, servicio, empresa o actividad.

Para reducir esas huellas, la eficiencia energética juega un papel clave: consiste en disminuir el consumo de energía manteniendo el mismo nivel de servicio o confort, garantizando el suministro y reduciendo a la vez el impacto ambiental. El reverso de la moneda es la ineficiencia energética, es decir, el exceso de energía consumida respecto al mínimo teórico necesario para un proceso o producto.

En este contexto cobran gran relevancia las energías renovables, fuentes de energía que no se agotan a escala humana y que se regeneran continuamente, como la solar, la eólica, la hidroeléctrica, la energía oceánica (olas y mareas), la geotérmica o el biogás. También es importante la llamada energía gris, que es la energía “oculta” embebida en un producto: toda la energía consumida para producirlo, transportarlo y ponerlo a disposición del usuario, aunque no se vea directamente. El reciclaje y recuperación en sectores como la solar y la eólica ayudan a cerrar estos ciclos y reducen impactos (reciclaje en energía solar y eólica).

Materiales: finitos, renovables, vírgenes y no vírgenes

Una parte esencial de la terminología circular gira en torno a los tipos de materiales y su origen. Los materiales finitos son aquellos que no se regeneran a una velocidad relevante para la economía; se agotan a escala humana. Aquí entran los metales y minerales, los combustibles fósiles como el petróleo, el gas natural o el carbón, así como la arena y otras rocas.

Por el contrario, los materiales renovables se reponen continuamente a un ritmo igual o superior a la velocidad con la que se consumen. Algunos ejemplos son el algodón, el cáñamo, el maíz, la madera, la lana, el cuero, determinados subproductos agrícolas, o incluso elementos como el nitrógeno, el CO₂ o la sal marina. Para encajar en una economía circular, estos materiales renovables deberían producirse mediante prácticas de producción regenerativa, que mejoren la salud del suelo, la biodiversidad y la calidad del agua y del aire.

Se llama material virgen al material que entra por primera vez en el ciclo económico, es decir, que nunca se ha utilizado en productos anteriores. Puede tratarse tanto de recursos finitos (por ejemplo, mineral de hierro recién extraído) como de recursos renovables (algodón recién cultivado). En contraposición, los materiales no vírgenes son aquellos que ya han sido utilizados con anterioridad en la economía: pueden proceder de productos reutilizados, componentes remanufacturados o materiales reciclados. También reciben el nombre de materiales secundarios.

En la práctica, cuando un residuo se procesa para convertirse de nuevo en materia utilizable, hablamos de materia prima secundaria. Se trata de materiales recuperados que sustituyen a materias primas vírgenes en la fabricación de nuevos productos, reduciendo la presión sobre los recursos naturales y, a menudo, el consumo de energía.

La biodegradabilidad es otro concepto clave. Un material o compuesto es biodegradable cuando puede descomponerse por acción de organismos vivos, sobre todo microorganismos, hasta transformarse en sustancias no contaminantes. Existe diferencia entre degradación abiótica (por procesos físicos o químicos) y degradación biótica (con participación de seres vivos). Casi todos los compuestos orgánicos son biodegradables a muy largo plazo, pero el tiempo y las condiciones necesarias son determinantes para valorar su idoneidad en un contexto circular. En este punto confluyen debates sobre materiales biodegradables y su real contribución a la circularidad.

Bioplásticos, compostaje y bioeconomía

Los bioplásticos son plásticos elaborados a partir de materias primas vegetales u otros recursos biológicos, en lugar de proceder de derivados del petróleo. Entre sus ventajas está que, por lo general, su producción genera menos emisiones de gases de efecto invernadero. Algunos bioplásticos, además, pueden ser biodegradables o compostables, aunque no todos lo son, lo que suele generar confusión. El crecimiento global de los bioplásticos está cambiando las opciones disponibles en el mercado.

Como contrapartida, los bioplásticos suelen tener un coste de producción notablemente más elevado que los plásticos convencionales. A esto se suman críticas relacionadas con el uso de tierras agrícolas para cultivar materia prima con fines industriales en lugar de destinarlas a la producción de alimentos. La gestión de su fin de vida (reciclaje, compostaje industrial, etc.) también es un reto que hay que diseñar desde el principio.

En la gestión de residuos orgánicos aparece el concepto de compostaje, que es la descomposición microbiana de materia orgánica en presencia de oxígeno. En una economía circular, el compostaje convierte subproductos alimentarios y otros materiales biodegradables en compost, que actúa como mejorador del suelo y ayuda a cerrar el ciclo de nutrientes.

Todo esto se enmarca en la bioeconomía, que promueve el uso sostenible de recursos biológicos (biomasa, residuos orgánicos, cultivos, etc.) para generar materiales, productos químicos, combustibles y energía. El objetivo es sustituir progresivamente recursos fósiles por recursos biológicos renovables, siempre que se gestionen de forma responsable y regenerativa.

Cuando hablamos de materiales “ecológicos” o de procesos “respetuosos con el medio ambiente” nos referimos, de forma general, a productos y actividades que se han diseñado teniendo en cuenta la protección de la naturaleza, reduciendo impactos negativos y procurando una gestión responsable de los recursos.

Impacto ambiental, emisiones y carbono

El término impacto ambiental describe la huella global que deja un proceso, producto, material o actividad sobre el entorno. Puede ser positivo o negativo, aunque en la práctica se utiliza sobre todo para referirse a los efectos perjudiciales, como la contaminación, la degradación de ecosistemas o la contribución al calentamiento global.

En el terreno del clima, se habla cada vez más de carbono neutral o neutralidad en carbono cuando un proceso emite a la atmósfera la misma cantidad de dióxido de carbono (y, a menudo, otros gases de efecto invernadero) que la que retira o compensa por otras vías. El balance neto de emisiones es cero, lo que se denomina también huella de carbono cero.

Para lograrlo, muchas organizaciones recurren a la compensación de emisiones de CO₂. Esta consiste en destinar recursos económicos a proyectos que eliminan, capturan o evitan la misma cantidad de CO₂ que la que se ha emitido. La unidad de cambio habitual es el crédito de carbono: cada crédito equivale a una tonelada de CO₂ emitida o absorbida. Así, una empresa puede calcular sus emisiones y adquirir créditos equivalentes en proyectos de reforestación, energías renovables, etc.

Cuando se habla de procesos climáticamente neutros se amplía el foco a todos los gases de efecto invernadero (GEI), no solo al CO₂. Un proceso se considera climáticamente neutro si equilibra las emisiones de GEI con su eliminación o compensación, ya sea directamente (mediante sumideros naturales o tecnológicos) o de forma indirecta (financiando proyectos que reduzcan emisiones en otra parte).

En este campo se usa el término compensaciones o trade-offs para referirse al conjunto de acciones positivas que se realizan para contrarrestar un efecto negativo sobre el ambiente. El riesgo es apoyarse demasiado en estas compensaciones sin reducir realmente las emisiones en origen, lo que puede derivar en estrategias de lavado de imagen.

Diseño de productos: eco-diseño, Cradle to Cradle y vida útil

El eco-diseño implica integrar criterios ambientales desde la fase de diseño y desarrollo de un producto, con la meta de minimizar los impactos a lo largo de todo su ciclo de vida. Incluye decisiones sobre materiales, procesos de fabricación, eficiencia energética, facilidad de reparación, modularidad, embalajes o logística, entre otros aspectos.

En este terreno destaca el enfoque Cradle to Cradle (de la cuna a la cuna). Bajo esta filosofía, los productos se conciben como conjuntos de nutrientes que nunca se convierten en residuos. Se distinguen dos grandes categorías: nutrientes biológicos, que son biodegradables y pueden volver a los sistemas naturales mediante procesos como el compostaje o la digestión anaerobia; y nutrientes técnicos, que están diseñados para circular indefinidamente en la economía gracias al desmontaje fácil, la reutilización y el reciclaje de alta calidad.

Asociada a estas ideas existe la certificación Cradle to Cradle, que evalúa productos según criterios de salud de los materiales, circularidad, energías limpias, gestión del agua y justicia social. Es una herramienta para impulsar mejoras de diseño y dar confianza al mercado.

El concepto de vida útil hace referencia al periodo que va desde que un producto se lanza al mercado y comienza a utilizarse hasta que se considera obsoleto o ya no cumple adecuadamente su función. En una economía circular se intenta alargar esa vida útil mediante estrategias como la reparación, la actualización (renovación), la reutilización o la remanufactura.

A la vez se busca mejorar la durabilidad, entendida como la capacidad de un producto o componente para seguir siendo funcional, seguro y relevante cuando se emplea según lo previsto. La durabilidad puede ser física (resistencia al desgaste), tecnológica (capacidad de actualizar el software o el hardware) o incluso emocional (que el usuario siga encontrando atractivo un producto, por ejemplo, una prenda de ropa).

Obsolescencia, reparación y extensión de la vida útil

Una de las grandes barreras para la circularidad es la obsolescencia programada, es decir, el diseño deliberado de productos con una vida útil limitada. Se fija de antemano un periodo tras el cual el producto dejará de funcionar o se volverá muy difícil de reparar, con el objetivo de incentivar nuevas compras. El ejemplo clásico son los dispositivos electrónicos, especialmente los teléfonos móviles, pensados para ser reemplazados a los pocos años.

Frente a ello, la economía circular apuesta por productos con alta reparabilidad, es decir, facilidad para ser arreglados. Esto implica disponer de recambios, manuales de reparación, diseños modulares, herramientas accesibles y costes razonables. Reparar significa restituir el funcionamiento de un producto defectuoso para que continúe desempeñando su función original.

Hay otras estrategias complementarias, como renovar, que consiste en restaurar un producto usado y actualizarlo (por ejemplo, sustituir componentes clave, modernizar el software o mejorar la eficiencia) para prolongar su vida. También está re-manufacturar, que supone utilizar componentes recuperados de productos descartados para fabricar nuevos productos con la misma función que los originales.

Cuando se decide re-proponer un producto, se le da un uso completamente distinto al inicial, manteniendo parte de sus componentes o de su estructura. Sería el típico caso de muebles hechos con palets, o de una prenda de ropa transformada en accesorio.

Por último, reutilizar implica que un nuevo usuario aproveche un producto descartado que sigue en buen estado y que todavía cumple su función, sin necesidad de realizar grandes transformaciones. Esto se da en los mercados de segunda mano, el intercambio entre particulares o los programas de redistribución de excedentes.

Las “R” de la economía circular: reducir, rechazar, repensar y más

La famosa regla de las tres erres se ha ampliado hacia un conjunto más amplio de estrategias encadenadas. Entre ellas, reducir se refiere a disminuir al máximo el consumo de materiales y energía, mejorando la eficiencia en la fabricación, el uso y la logística. Se trata de evitar el despilfarro desde el diseño del sistema.

El verbo rechazar alude a eliminar productos, componentes o materiales que no son necesarios, o a redefinir soluciones para lograr la misma función con alternativas radicalmente distintas. Por ejemplo, renunciar a un envase superfluo o sustituir un producto físico por un servicio digital.

La estrategia de repensar tiene que ver con utilizar los productos de manera más intensiva, por ejemplo, compartiéndolos. Los modelos de economía colaborativa, alquiler, suscripción o pago-por-uso son ejemplos claros: priorizan el acceso a la función antes que la propiedad, lo que reduce la necesidad de fabricar tantos productos nuevos.

En la etapa final del ciclo, reciclar consiste en procesar materiales y productos descartados para obtener otros materiales de la misma calidad o de calidad inferior, pero igualmente aprovechables. Cuando el reciclaje da lugar a productos de valor o calidad inferior hablamos de downcycling, mientras que si se obtiene un producto de mayor valor o calidad que el original, se conoce como upcycling o supra-reciclaje.

Una estrategia adicional es recuperar, concepto que en muchos marcos se asocia a la incineración de residuos con recuperación de energía. Es una opción menos deseable que la reutilización o el reciclaje, pero preferible al vertido sin aprovechamiento alguno.

Logística inversa, redistribución y simbiosis industrial

Para que los materiales vuelvan a entrar en el ciclo productivo no basta con diseñar productos circulares; hace falta replantear por completo la logística. La logística inversa se ocupa de organizar el retorno de productos y materiales desde el punto de consumo o uso final hasta el fabricante, distribuidor o gestor especializado, para posibilitar su recuperación, reparación, reciclaje o correcta eliminación.

En sentido más específico, redistribuir supone desviar un producto de su mercado original hacia otro cliente o canal, evitando que se convierta prematuramente en residuo. Un ejemplo típico es el de los supermercados que entregan excedentes de alimentos aún comestibles a bancos de alimentos u otras entidades sociales.

La simbiosis industrial lleva esta lógica más lejos: empresas de distintos sectores se coordinan para que los residuos, subproductos, energía sobrante o servicios de unas se conviertan en recursos para otras. En la práctica crea auténticos ecosistemas industriales donde se comparten materiales, infraestructuras y conocimiento, generando ahorros económicos, reduciendo emisiones y creando empleo local.

En entornos urbanos, esta filosofía da lugar a la llamada minería urbana. Se trata de aprovechar la enorme cantidad de materiales valiosos contenidos en residuos electrónicos, edificios antiguos, infraestructuras o vehículos. Teléfonos móviles, ordenadores y otros aparatos concentran metales preciosos como el oro, la plata o el cobre, que pueden recuperarse con menor impact o ambiental que la minería tradicional.

En el ámbito alimentario, conceptos como foodcycle o food waste ponen el foco en el despilfarro de alimentos: una enorme fracción de la comida producida nunca llega a consumirse y termina como residuo. Proyectos de recuperación, redistribución y compostaje de restos orgánicos permiten cerrar el ciclo y reducir tanto el impacto ambiental como la injusticia social relacionada con el hambre.

Industria 4.0, trazabilidad y WRAP

La llamada Industria 4.0, o cuarta revolución industrial, combina digitalización, automatización avanzada, Internet de las cosas (IoT), inteligencia artificial e impresión 3D para reorganizar radicalmente los sistemas de producción. Estos avances facilitan la relocalización de industrias, la creación de fábricas inteligentes (smart factories) y una asignación de recursos mucho más precisa y flexible.

En este contexto, la trazabilidad se vuelve fundamental: consiste en poder seguir el rastro de un producto desde el origen de sus materias primas hasta su fin de vida, incluyendo todas las etapas intermedias. Gracias a etiquetas inteligentes, sensores y sistemas de información conectados, cada artículo puede contar con una identidad digital que ayude a gestionarlo mejor, recuperarlo cuando deja de usarse y reciclarlo de forma adecuada.

Proyectos europeos como el desarrollado para «etiquetar de forma inteligente» persiguen que cada producto cotidiano se convierta en un objeto inteligente, lo que facilita la devolución, el desensamblaje y el reciclaje. Esta información también es clave para crear confianza en el consumidor y combatir prácticas engañosas.

En el ámbito de las políticas públicas, programas como WRAP en el Reino Unido han sido pioneros en impulsar la economía circular con un enfoque integral. Nacido inicialmente para fomentar el reciclaje, ha ido evolucionando hacia el rediseño de productos, la prevención de residuos y la transformación de los hábitos de consumo en sectores como el textil, la alimentación o la electrónica.

Este tipo de iniciativas muestran cómo la colaboración entre administraciones, empresas y ciudadanía es imprescindible para que la terminología de la economía circular se traduzca en acciones reales y medibles sobre el terreno.

Modelos económicos: verde, azul, circularidad local y servitización

Además de la economía circular, han surgido otros conceptos emparentados, como la economía verde, que persigue un desarrollo económico compatible con la protección ambiental y la justicia social. Se centra en el uso responsable de los recursos, la reducción de emisiones y la creación de empleo verde, teniendo muy en cuenta la equidad y la inclusión de colectivos vulnerables.

La economía azul se inspira en el funcionamiento de los ecosistemas naturales, especialmente los marinos, para proponer soluciones que generen beneficios económicos y ambientales a la vez. Busca aprovechar recursos locales, minimizar residuos y fomentar la innovación basada en la biomímesis, es decir, el aprendizaje de la naturaleza.

La circularidad local hace referencia a la aplicación de principios circulares en ámbitos territoriales concretos: barrios, ciudades, comarcas o regiones. Supone adaptar las estrategias a las características y necesidades de cada territorio, impulsando, por ejemplo, el consumo de proximidad (kilómetro 0), la gestión local de residuos orgánicos, la simbiosis industrial comarcal o la reutilización en redes de economía social.

Otra pieza clave es la servitización, un modelo de negocio en el que se prioriza el servicio sobre el producto. En lugar de vender un bien, se ofrece acceso a su función: alquiler de vehículos, suscripciones a plataformas o pago por uso de maquinaria. Este enfoque incentiva que el proveedor diseñe productos robustos, reparables y fácilmente actualizables, ya que sigue siendo el propietario durante todo su ciclo de vida.

Estas transformaciones económicas suelen ir acompañadas de cambios en las pautas de consumo, fomentando el consumo responsable: elegir productos y servicios en función de necesidades reales, optando por alternativas que favorezcan la sostenibilidad ambiental y la justicia social.

Ética, responsabilidad social y riesgos de greenwashing

La transición hacia modelos circulares no es solo cuestión de tecnología: tiene una fuerte dimensión ética y social. La ética se refiere al conjunto de principios y valores (justicia, honestidad, transparencia, lealtad, etc.) que orientan la conducta de personas y organizaciones. En el ámbito empresarial, esto se traduce en responsabilidad, no discriminación, trabajo digno y respeto al entorno.

Un concepto estrechamente vinculado es el de comercio justo, que propone relaciones comerciales equitativas, sin explotación laboral ni infantil, con salarios que permitan una vida digna y con criterios ambientales claros. Intervienen dimensiones económicas (precio justo, distribución de beneficios), éticas (responsabilidad, transparencia), laborales (condiciones de trabajo), políticas (participación democrática) y medioambientales (protección de la naturaleza).

La norma ISO 26000 ofrece una guía internacional sobre responsabilidad social en organizaciones. No es una norma certificable como otras ISO, pero establece recomendaciones sobre cómo integrar la responsabilidad social en la estrategia y operaciones diarias, incluyendo aspectos ambientales, laborales, de derechos humanos y de gobernanza.

En paralelo han surgido prácticas cuestionables como el greenwashing, o lavado verde, que consiste en presentar campañas de comunicación o marketing que exageran o tergiversan el compromiso ambiental de una empresa, producto o servicio. Se utilizan mensajes ambiguos o imágenes idílicas mientras el cambio real es mínimo.

Un fenómeno similar es el llamado purpose washing o “lavado de propósito”, donde las empresas se apropian de discursos sobre propósito social o ambiental para mejorar su reputación, sin un esfuerzo profundo y coherente detrás. En ambos casos, la falta de transparencia y la ausencia de resultados verificables socavan la confianza en la economía circular.

Ciudades, ejemplos y nuevos sectores circulares

Varias ciudades se han posicionado como laboratorios vivos de economía circular. Un caso destacado es Ámsterdam, que ha analizado de forma exhaustiva sus flujos de energía, agua, alimentación, construcción, transporte y residuos para diseñar una estrategia circular capaz de ahorrar cientos de miles de toneladas de materiales. Se experimenta con barrios circulares, como en la zona de Buiksloterham, y con hubs económicos alrededor de infraestructuras clave como aeropuertos.

En otros territorios se están impulsando proyectos de simbiosis industrial y territorial, donde empresas de una misma comarca comparten subproductos, espacios o infraestructuras, reduciendo costes y residuos. Estos ecosistemas industriales recuerdan al funcionamiento de los ecosistemas naturales, en los que “los residuos de unos son recursos para otros”.

El sector textil también está experimentando una profunda transformación con la llamada nueva economía textil. El objetivo es rediseñar la moda para reducir el enorme volumen de prendas que terminan en vertederos o incineradoras. Se promueven tejidos reciclados, diseños pensados para durar, sistemas de devolución de ropa usada y nuevas formas de consumo como el alquiler de prendas. Estas iniciativas conectan directamente con debates sobre residuos textiles y su regulación.

En el ámbito de la basura electrónica, la gestión del e-waste es un reto clave. Cada día se desechan en el mundo cientos de miles de teléfonos móviles y ordenadores, generando millones de toneladas de residuos electrónicos al año. Contienen sustancias peligrosas que exigen un tratamiento muy cuidadoso, pero también metales valiosos cuya recuperación abre la puerta a nuevos modelos de negocio de minería urbana.

Estas experiencias demuestran que aplicar la terminología circular a la práctica implica rediseñar ciudades, sectores y cadenas de valor completas, no solo optimizar pequeños procesos aislados.

Sostenibilidad, residuos cero y zero waste

El término sostenible (o sustentable) hace referencia a aquello que puede mantenerse a largo plazo sin agotar los recursos ni causar daños graves al medio ambiente. En el ámbito económico y social, implica cubrir las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas.

Inspirado por esta idea surge el enfoque de residuos cero o zero waste. Su meta no es simplemente aumentar el reciclaje, sino rediseñar de raíz los sistemas de producción y consumo para que prácticamente todo pueda ser reutilizado, reparado, redistribuido o reciclado. Enterrar o incinerar grandes cantidades de residuos se considera un fracaso del sistema.

El movimiento zero waste pone el énfasis en ver los residuos como recursos mal gestionados, que están esperando a ser aprovechados de otra forma. Muchas ciudades de todo el mundo han fijado objetivos ambiciosos de reducción drástica de residuos enviados a vertedero, apoyándose en la prevención, la reutilización, el compostaje y el reciclaje de alta calidad.

El éxito de estas estrategias depende en buena medida de la participación ciudadana: separación en origen, consumo responsable, rechazo de productos de un solo uso y presión social para que empresas e instituciones se alineen con estos objetivos.