La idea de lograr una producción mejor y no necesariamente más se ha convertido en el eje de muchas estrategias agrícolas y de gestión de recursos naturales a escala mundial. No se trata solo de sacar más kilos por hectárea, sino de hacerlo con cabeza: aprovechando mejor el agua, los fertilizantes, la tecnología, reduciendo costes y cuidando el entorno. En este contexto, organismos internacionales y proyectos en campo real están demostrando que es posible aumentar la eficiencia, la resiliencia y la sostenibilidad sin caer en un uso desmedido de insumos.
Esta visión encaja de lleno con el nuevo marco de acción de la FAO, con las experiencias de lucha contra la pesca ilegal y con las estrategias prácticas para mejorar la productividad agrícola basadas en datos, innovación y manejo inteligente del suelo, el agua y la biodiversidad. A lo largo del artículo vamos a hilar todas estas piezas para mostrar cómo se está pasando de un modelo de “más a cualquier precio” a uno de “mejor producción, mejor nutrición, mejor medio ambiente y mejor vida”.
El Marco Estratégico 2022‑2031 de la FAO: producir mejor dentro de los límites del planeta
Desde 2010, todo el trabajo de la FAO se apoya en un Marco estratégico de largo plazo, diseñado para periodos de entre 10 y 15 años y revisado cada cuatro. El actual Marco Estratégico 2022‑2031 se ha elaborado analizando a fondo los grandes retos globales y regionales relacionados con la alimentación, la agricultura y los sistemas agroalimentarios, incluyendo el impacto de la COVID‑19.
El objetivo central es claro: respaldar la Agenda 2030 impulsando una transformación profunda hacia sistemas agroalimentarios más eficientes, inclusivos, resilientes y sostenibles. No se trata de aumentar la producción sin más, sino de hacerlo respetando las dimensiones económica, social y ambiental, y asegurando que nadie se quede atrás, desde pequeños productores hasta países menos adelantados.
Las mejoras propuestas en este Marco Estratégico reflejan las interconexiones entre economía, sociedad y medio ambiente dentro de los sistemas agroalimentarios. Esto implica que cada intervención de la FAO debe seguir un enfoque sistémico, donde la productividad no se mida solo por volumen, sino también por la calidad del empleo, la conservación de los recursos naturales, la equidad de género y la resiliencia frente a crisis sanitarias, climáticas o económicas.
Para aterrizar esta visión, la FAO ha definido 20 esferas programáticas prioritarias que señalan dónde hay mayores carencias y qué condiciones hay que crear para desencadenar cambios estructurales. Estas áreas se vinculan directamente con metas específicas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), de forma que cada proyecto contribuya de manera tangible al cumplimiento de la Agenda 2030.
Además, se incorporan cuatro grandes “aceleradores” transversales: tecnología, innovación, datos y complementos (gobernanza, capital humano e instituciones). Estos aceleradores se aplican en todas las intervenciones programáticas para multiplicar el impacto, reducir al mínimo las compensaciones (trade-offs) necesarias y ganar velocidad en la transición hacia sistemas más sostenibles.

La formulación del Marco Estratégico 2022‑2031 no se hizo a puerta cerrada. Surgió de un proceso inclusivo y transparente, con amplias consultas internas y externas, sesiones de los órganos rectores y reuniones informales con los Estados Miembros y otros actores clave. También estuvo guiado por el análisis prospectivo estratégico de la propia FAO, que busca anticipar desafíos, amenazas y oportunidades para la transformación agroalimentaria en las próximas décadas.
Este nuevo marco incluye un análisis detallado de las tendencias y desafíos globales que condicionarán la alimentación y la agricultura en los próximos años: desde el cambio climático y la degradación del suelo hasta la pérdida de biodiversidad, la urbanización acelerada o la desigualdad en el acceso a recursos productivos. La idea es mejorar la comprensión de estos retos y asegurar que se aborden de forma adecuada en la manera de trabajar de la Organización.
Otro eje clave es la nueva visión impulsada por el Director General, que concibe a la FAO como una organización dinámica e innovadora en un contexto de desafíos complejos e interrelacionados. En este escenario, la alimentación, los sistemas agrícolas, los medios de vida rurales, el bienestar de las personas y la conservación de los recursos naturales no pueden tratarse como compartimentos estancos.
Como gran principio articulador se establecen las llamadas cuatro mejoras: una producción mejor, una nutrición mejor, un medio ambiente mejor y una vida mejor. Estas cuatro dimensiones explican de qué forma la FAO piensa apoyar la Agenda 2030 y reflejan, de nuevo, las conexiones entre los aspectos económicos, sociales y ambientales, fomentando una forma de trabajar estratégica y centrada en sistemas. El compromiso con un medio ambiente mejor es clave para avanzar hacia una producción más sostenible.
Asimismo, se refuerza la coherencia entre el marco de resultados de la FAO y las 20 esferas programáticas prioritarias en el contexto de la Agenda 2030. Todo ello se fundamenta en los ODS, con foco especial en las metas más relevantes para el mandato de la Organización en materia de seguridad alimentaria, nutrición, agricultura sostenible y gestión de recursos naturales.
El Marco Estratégico también incorpora la idea de “nueva normalidad” derivada de la crisis mundial de la COVID‑19 y otros riesgos e incertidumbres futuros. La FAO define un enfoque claro para movilizar su experiencia técnica y participar activamente en la respuesta internacional a pandemias y shocks globales, adaptando sus intervenciones a un panorama mundial cambiante.
Producción mejor, no más: ejemplo real en la lucha contra la pesca INDNR
La filosofía de producir mejor y no simplemente más también se refleja en la forma de abordar problemas como la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR). Esta práctica destructiva puede arruinar los medios de vida de las comunidades pesqueras, comprometer la seguridad alimentaria y la nutrición, dañar la biodiversidad marina y distorsionar el comercio local e internacional.
Con mucha frecuencia, la pesca INDNR va ligada a condiciones laborales peligrosas e indignas, explotación de trabajadores y, en algunos casos, delitos graves como el tráfico de personas o el blanqueo de capitales. Por eso, la respuesta no puede limitarse a producir más pescado, sino a garantizar que la captura proceda de actividades legales, seguras y sostenibles.
Con el apoyo de la FAO, numerosos países se están coordinando para combatir la pesca INDNR y se han registrado avances importantes. Una pieza central de esta estrategia es el Acuerdo sobre Medidas del Estado Rector del Puerto (AMERP), diseñado para impedir que los buques implicados en actividades ilegales utilicen puertos y desembarquen sus capturas.
El espíritu del AMERP es sencillo pero potente: si se bloquea el acceso a puerto a los buques que practican pesca INDNR, se reducen drásticamente sus incentivos económicos y se protege la conservación y el uso sostenible a largo plazo de los recursos marinos vivos y de los ecosistemas asociados. De este modo, se apuesta por una producción pesquera mejor regulada, trazable y justa, en lugar de simplemente aumentar el volumen capturado.
Un caso especialmente ilustrativo es el de Guinea, que, en estrecha colaboración con la FAO y como parte de la lista creciente de países signatarios del AMERP, ha realizado un gran esfuerzo para aplicar el acuerdo de forma eficaz. En solo dos años desde su adhesión, Guinea se ha convertido en uno de los estados más activos en la lucha contra la pesca INDNR y ha conseguido que la Unión Europea levantase las sanciones comerciales que pesaban sobre su sector pesquero.
Este tipo de progresos tiene repercusiones profundas: avanzar hacia la erradicación de la pesca ilegal, país por país, contribuye a salvaguardar la biodiversidad marina, proteger los ingresos de las comunidades pesqueras, promover un comercio más justo y reforzar la seguridad alimentaria. Que un país menos adelantado haya dado un salto tan grande demuestra el potencial transformador del AMERP y cómo una gestión mejor de la producción puede generar beneficios mucho más amplios que un simple incremento de capturas.
Agricultura de precisión: producir mejor optimizando agua, nutrientes y datos
En el terreno agrícola, la apuesta por una producción mejor no más encuentra en la agricultura de precisión uno de sus pilares más sólidos. El gran reto actual no es solo aumentar los rendimientos, sino hacerlo optimizando recursos, reduciendo costes y apostando por sistemas productivos que se mantengan en el tiempo sin agotar el suelo ni el agua.
Una de las primeras palancas de cambio es la gestión eficiente del agua y los nutrientes. Sistemas inteligentes de riego, como el goteo de alta eficiencia, permiten suministrar el agua directamente a la zona radicular de la planta, minimizando pérdidas por evaporación o escorrentía. Bien diseñados, estos sistemas pueden ahorrar hasta un 40 % de agua frente a métodos tradicionales sin sacrificio de producción.
En paralelo, la fertilización deja de ser algo “a ojo” para basarse en análisis de suelo y en el estado real de los cultivos. Aplicar fertilizantes de liberación controlada, ajustar dosis y momentos de aplicación y apoyarse en tecnologías de precisión permite aprovechar mejor cada unidad de nutriente aplicada, reducir el impacto ambiental y mantener la fertilidad del suelo a largo plazo.
Herramientas como el sensor de suelo AT32, capaz de medir en tiempo real humedad, temperatura y salinidad, ayudan a responder preguntas clave: cuándo regar, cuánta agua aplicar, cómo evitar problemas de salinización o detectar a tiempo un déficit de nutrientes. La clave está en regar y fertilizar cuando toca y lo justo, en vez de sobredimensionar por miedo a quedarse corto.
Otro paso básico es detectar y corregir a tiempo las deficiencias del suelo. Un muestreo bien planificado, con zonas diferenciadas, permite conocer textura, estructura, pH y composición química, y así identificar limitantes que frenan el potencial del cultivo: compactación, carencias específicas, problemas de materia orgánica, etc. A partir de esos datos es posible personalizar la fertilización, ajustar enmiendas, mejorar la estructura y elevar la capacidad del suelo para retener agua y liberar nutrientes.
Soluciones como el transmisor LINK, que integra múltiples sensores repartidos por la parcela y envía los datos a una plataforma digital, sirven para tener una visión global del comportamiento del lote. Con esta información se puede intervenir de forma diferenciada, invirtiendo más donde hay potencial de mejora y evitando sobreaplicar donde el cultivo ya está en su punto óptimo.
Monitoreo, automatización y manejo integrado: claves de una producción más inteligente
El monitoreo continuo del cultivo es otro pilar de una producción agrícola más eficiente y rentable. El uso de drones equipados con cámaras multiespectrales u otros sensores avanzados permite anticipar problemas de estrés hídrico, plagas, enfermedades o carencias nutricionales antes de que sean visibles a simple vista.
Estos drones generan mapas de vigor y otros índices que señalan las zonas críticas, donde conviene actuar cuanto antes para evitar bajadas de rendimiento. De esta forma, el agricultor pasa de un enfoque reactivo (actuar cuando el problema ya es evidente) a un enfoque preventivo y apoyado en datos, con menos pérdidas y costes mejor ajustados.
En combinación con los drones, el uso de sensores ambientales como el MET3, capaces de medir temperatura, humedad relativa y presión barométrica, permite calcular el déficit de presión de vapor y la evapotranspiración. Con ello se pueden ajustar programaciones de riego, prever episodios de estrés por calor o frío y, además, modelizar el riesgo de aparición de determinadas enfermedades fúngicas o bacterianas.
Esta información, integrada en plataformas de gestión, facilita tomar decisiones diarias con una base técnica sólida: cuántos riegos aplicar, qué lámina de agua usar, si conviene adelantar o retrasar un tratamiento fitosanitario, o si es preferible apostar por medidas preventivas no químicas en un determinado momento.
Dentro de este enfoque se enmarca el manejo integrado de plagas y enfermedades. Más que fumigar por rutina, se trata de combinar tácticas: medidas preventivas (rotación de cultivos, variedades resistentes, manejo del hábitat), control biológico, uso racional de productos químicos solo cuando los niveles de daño superan umbrales económicos y monitorización continua de la situación en campo.
Los sensores de humedad de hoja y de suelo, junto con modelos de predicción, ayudan a anticipar brotes de enfermedades y a programar los tratamientos de forma más ajustada: ni demasiado tarde, cuando el daño ya está hecho, ni demasiado pronto, desperdiciando producto. Todo esto encaja con la idea de proteger el cultivo con el menor impacto ambiental y económico posible.
La adaptación al clima es otro aspecto decisivo. Ajustar fechas y densidades de siembra, elegir variedades más tolerantes a estrés hídrico o térmico, modificar prácticas de manejo según las previsiones meteorológicas y registros históricos permite reducir la vulnerabilidad frente a sequías, lluvias extremas o heladas. Revisar anualmente los calendarios y elaborar planes de contingencia se está volviendo obligatorio más que opcional.
Métodos clásicos, buenas prácticas y control exhaustivo del rendimiento
Más allá de la alta tecnología, hay prácticas clásicas que siguen siendo fundamentales para lograr una producción agrícola sólida y estable. Una de ellas es el uso de semillas de alta calidad, procedentes de lotes bien seleccionados y probados, adaptados al entorno local y con buen comportamiento agronómico.
Las semillas de calidad ofrecen mayor uniformidad, vigor y resistencia, reduciendo fallos de nascencia y mejorando la capacidad de las plantas para soportar situaciones de estrés. Aunque supongan un coste inicial algo mayor, a la larga contribuyen a incrementar la productividad y la estabilidad del cultivo.
El manejo de la fertilización también debe ser riguroso. Aplicar la cantidad adecuada del fertilizante correcto es tan importante como la propia decisión de fertilizar. Excesos de ciertos nutrientes, especialmente nitrógeno, no solo son un despilfarro económico, sino que pueden favorecer enfermedades, plagas y problemas de contaminación de aguas subterráneas.
Diferentes cultivos, suelos y climas requieren combinaciones distintas de nutrientes, por lo que investigar y planificar la estrategia de abonado se vuelve imprescindible. Ajustar dosis, forma de aplicación (por fertirrigación, en fondo, en cobertera, etc.) y momento es clave para que los fertilizantes se conviertan en un factor de mejor producción, no de más gasto.
Las buenas prácticas agrícolas engloban muchas acciones, desde la rotación de cultivos y la gestión de residuos vegetales hasta el uso de laboreo reducido, cubiertas vegetales o control biológico de plagas. Bien aplicadas, estas técnicas mejoran la salud del suelo y del agroecosistema, reducen la dependencia de insumos externos y ayudan a mantener altos niveles de rendimiento.
El riego, por su parte, no solo se trata de tener agua, sino de manejarla con precisión. Diseñar correctamente el sistema, mantenerlo en buen estado, revisar presión y uniformidad y adaptar los turnos a las necesidades reales del cultivo permite maximizar la producción por metro cúbico de agua, un indicador cada vez más relevante en contextos de escasez hídrica.
Otro pilar es el control de plagas. Más allá del uso de productos químicos, el control biológico y el monitoreo efectivo ayudan a mantener las poblaciones de plagas en niveles aceptables. Introducir o favorecer a los depredadores naturales, establecer trampas de seguimiento y actuar solo cuando los umbrales económicos lo justifican evita tratamientos innecesarios y protege la biodiversidad funcional del cultivo.
La vigilancia constante del rendimiento y el mantenimiento de registros detallados son, a menudo, la diferencia entre improvisar y gestionar. Anotar datos de producción, incidencias de plagas, fechas de riego y abonado, costes y resultados permite identificar patrones, fallos y oportunidades de mejora. Con el tiempo, estos registros se convierten en una herramienta de gran valor para tomar decisiones cada campaña.
Producción, rendimiento y productividad: mirar más allá de los kilos
Cuando se habla de “producir mejor, no más”, conviene distinguir claramente entre producción, rendimiento y productividad. La producción es, en esencia, la cantidad total obtenida en una determinada superficie: kilos por hectárea en campo abierto o kilos por metro cuadrado en invernadero.
El rendimiento, sin embargo, introduce la variable de los costes. Analizar el rendimiento implica restar del ingreso bruto los costes directos e indirectos de producción, para determinar el coste por kilo producido y, en última instancia, la rentabilidad del cultivo. Es posible tener mucha producción, pero un rendimiento económico pésimo si los costes se han disparado.
La productividad va un paso más allá, relacionando el resultado económico con los recursos empleados: agua, mano de obra, energía, maquinaria, fertilizantes, fitosanitarios, etc. Una alta producción con costes de agua y fertilizantes desproporcionados puede implicar una productividad pobre, mientras que una producción algo menor pero con costes muy optimizados puede resultar mucho más atractiva.
De ahí que las estrategias modernas busquen no solo subir los kilos finales, sino mejorar la relación entre producción y recursos. Optimizar el riego, refinar la fertilización, introducir innovaciones tecnológicas y mejorar la gestión de la explotación son caminos para aumentar rendimiento económico y productividad global, que es lo que verdaderamente sostiene a una explotación a largo plazo.
La gestión de la producción agrícola desde una perspectiva de desarrollo sostenible incluye prácticas como la rotación de cultivos para mantener la fertilidad del suelo, el uso de variedades resistentes a plagas y enfermedades y la conservación de recursos naturales clave como el agua, la biodiversidad y la estructura del suelo. Todo ello reduce riesgos, minimiza costes futuros y refuerza la resiliencia del sistema productivo.
La formación de los agricultores, especialmente de pequeños productores, es un factor decisivo. Las explotaciones con acceso a capacitación técnica y asesoría tienen más probabilidades de adoptar prácticas que mejoren su productividad y reduzcan los costes, aprovechando mejor las oportunidades de mercado y gestionando con más criterio las inversiones.
Microbiota del suelo, insumos biológicos y estrategias avanzadas de manejo
En los últimos años ha cobrado peso una visión más integrativa de la agricultura, basada en el manejo de la microbiota del suelo y la reducción progresiva de la dependencia de fertilizantes químicos. El objetivo no es producir menos, sino producir mejor apoyándose en procesos biológicos que aporten estabilidad y resiliencia al sistema.
Enriquecer la micro, macro y mesobiota del suelo mediante enmiendas orgánicas, técnicas de agricultura conservacionista o inoculación de microorganismos beneficiosos permite reducir las dosis de insumos sintéticos sin perder productividad. En algunos sistemas se plantea disminuir la densidad de siembra en torno a un 30 % y recortar la fertilización química, confiando más en la actividad biológica del suelo para liberar y ciclar nutrientes.
Para que esta estrategia funcione, es esencial fortalecer la presencia de bacterias rizofílicas y otros microorganismos que favorecen la biodisponibilidad de nutrientes. La aplicación de bionosodes vivos y consorcios microbianos que incluyan, por ejemplo, Firmicutes y Alfaproteobacterias puede mejorar de forma notable la nutrición de las plantas y la estabilidad del agroecosistema, reduciendo la necesidad de aportes externos.
Se están explorando también estrategias de tipo bioquímico, como el uso de alcaloides y otras sustancias naturales para estimular la germinación y la resistencia de los cultivos. El empleo de tinturas madre (TM) de plantas con propiedades específicas es otra línea prometedora para aumentar la capacidad de respuesta ante estrés biótico y abiótico sin recurrir de inmediato a productos de síntesis.
El manejo de la temperatura y del estrés climático es otro frente en el que se están desarrollando soluciones innovadoras. La utilización de filtros solares, enzimas que inducen resistencia sistémica y nanopreparados de sílice, combinados con estructuras como invernaderos dotados de malla de sombreo, puede reducir la temperatura y amortiguar golpes de calor, mejorando la estabilidad de la producción.
La estructura del suelo sigue siendo un elemento crucial. Incorporar microorganismos, té de compost, ácidos húmicos y fúlvicos ayuda a mejorar la porosidad, la infiltración y la capacidad de retención de agua y nutrientes. En suelos con alta salinidad, el uso de plantas halófitas puede contribuir a la recuperación y a la mejora de las condiciones productivas, abriendo la puerta a un aprovechamiento más sostenible de estas áreas.
El análisis de datos se integra cada vez más en estas estrategias avanzadas. Recopilar y procesar información sobre calidad del suelo, clima, rendimientos históricos y respuesta a diferentes manejos permite ajustar con precisión las prácticas y tomar decisiones basadas en evidencia, reduciendo la incertidumbre.
Por último, la organización colectiva y la infraestructura son piezas que no se pueden pasar por alto. Unirse a asociaciones o cooperativas facilita el acceso a insumos, tecnologías y mercados en mejores condiciones, mientras que invertir en almacenamiento, transporte y distribución reduce pérdidas poscosecha y mejora la eficiencia a lo largo de toda la cadena de valor.
Todo este conjunto de enfoques -desde la planificación estratégica global de la FAO hasta la gestión fina del riego, la fertilización de precisión, el cuidado de la microbiota del suelo y la lucha contra prácticas como la pesca INDNR- muestra que avanzar hacia una producción mejor, no necesariamente más, es posible y, sobre todo, necesario. Construir sistemas agroalimentarios que generen rendimientos adecuados, respeten los recursos naturales y garanticen medios de vida dignos requiere combinar política pública, ciencia, innovación y experiencia de campo, pieza a pieza, campaña a campaña.