
Mientras el planeta se calienta a marchas forzadas, el permafrost ha pasado de ser un gran desconocido a convertirse en uno de los protagonistas de las noticias ambientales. Bajo esa capa de suelo congelado se esconden contaminantes, carbono, infraestructuras comprometidas e incluso microbios antiguos que empiezan a despertar con el deshielo.
Lejos de tratarse de un fenómeno aislado en las zonas polares, el deshielo del permafrost está conectando cambio climático, seguridad hídrica, salud pública, economía local e incluso estrategias militares heredadas de la Guerra Fría. Entender qué está ocurriendo en el Ártico canadiense, en Siberia o en las montañas andinas es clave para hacernos una idea de la magnitud del problema al que nos enfrentamos.
Qué es el permafrost y por qué importa tanto
El permafrost es una capa de suelo y sedimentos que permanece congelada durante al menos dos años seguidos, aunque en la práctica ha estado helada durante miles de años en grandes regiones del hemisferio norte. No es solo hielo: también incluye rocas, gravas y abundante materia orgánica de plantas y animales que nunca llegó a descomponerse por completo.
En el hemisferio norte, el permafrost ocupa alrededor del 15 % de la superficie terrestre, llegando a cerca del 24 % si se incluyen las zonas discontinuas. Está muy presente en Siberia, Alaska, el norte de Canadá, Groenlandia y en mesetas de gran altitud como el Tíbet, además de zonas de montaña en otras latitudes donde el frío intenso lo ha mantenido estable.
Esta capa actúa como un auténtico ‘pegamento’ que mantiene el terreno cohesionado y estable. Cuando está congelado, refuerza el suelo y da soporte a edificios, carreteras, tuberías, oleoductos y otras infraestructuras construidas sobre él. En el momento en que se descongela, ese suelo puede deformarse, hundirse o deslizarse, con consecuencias directas sobre todo lo que se haya levantado encima.
En su interior, el permafrost almacena enormes cantidades de carbono en forma de restos orgánicos congelados. Los estudios más recientes calculan que encierra en torno a 1.500 gigatoneladas de carbono, casi el doble de todo el carbono actualmente presente en la atmósfera. Es uno de los grandes “gigantes dormidos” del sistema climático terrestre.
Deshielo acelerado: el Ártico se calienta mucho más rápido
Uno de los aspectos más alarmantes que recogen las noticias ambientales recientes es que el Ártico se está calentando entre tres y cinco veces más rápido que la media global. Este calentamiento amplificado está degradando rápidamente el permafrost y alargando los periodos en los que la parte superior del suelo permanece descongelada.
La zona superior del permafrost, conocida como “capa activa”, se descongela cada verano y vuelve a congelarse en invierno. Con el cambio climático, esa capa activa se hace más profunda y permanece en estado líquido durante más tiempo, lo que facilita el movimiento del agua subterránea y altera de forma notable la hidrología del terreno.
Al mismo tiempo, el aumento de las precipitaciones en formato lluvia, especialmente en el Alto Ártico canadiense, está acentuando el problema. Más agua líquida infiltrándose significa más capacidad para disolver y arrastrar sustancias que antes permanecían atrapadas y selladas por el hielo. Ese cóctel de calor y lluvias intensas está reconfigurando por completo las rutas que sigue el agua bajo la superficie.
Este proceso no solo incrementa la inestabilidad del terreno, sino que genera nuevas vías subterráneas de circulación que conectan antiguos focos de contaminación con arroyos, lagos y ríos de la región. Lo que durante décadas estuvo inmovilizado empieza ahora a formar parte del ciclo activo del agua y de los ecosistemas.
El caso BAF-3: contaminación militar en el Alto Ártico canadiense
Un estudio de la McGill University, publicado en la revista Hydrological Processes y liderado por la investigadora Selsey Stribling bajo la supervisión de Jeffrey McKenzie, ha puesto el foco en un lugar muy concreto del norte de Canadá: la estación de radar BAF-3, situada en la isla Brevoort, en el territorio de Nunavut.
BAF-3 forma parte del North Warning System, la red de radares defensivos heredera de la arquitectura militar de la Guerra Fría. A pesar de seguir operativa, la base arrastra un legado pesado: es uno de los 21 emplazamientos canadienses de radar de aquella época que continúan contaminados por residuos industriales y militares acumulados durante décadas.
El equipo científico analizó el comportamiento de las aguas subterráneas en este recinto, combinando datos de campo con simulaciones mediante el modelo SUTRA 4.0, una herramienta numérica que permite estudiar el flujo de agua y el transporte de solutos teniendo en cuenta procesos de congelación y deshielo. Para ello integraron, además, proyecciones climáticas hasta el año 2100 basadas en escenarios del IPCC.
Las conclusiones del modelo muestran que el aumento de la temperatura y de las lluvias altera profundamente la dinámica hidráulica del subsuelo. A medida que el permafrost se degrada, se abren nuevas rutas para el agua líquida, que puede atravesar zonas antes bloqueadas por el hielo y entrar en contacto con suelos y materiales contaminados.
Según explica Stribling, esos contaminantes “han permanecido inmóviles y congelados en el entorno durante décadas”, pero ahora, con la capa activa más profunda y el permafrost en retroceso, aparecen rutas subterráneas que permiten su movilización continua. El resultado es que metales, hidrocarburos y otros residuos industriales empiezan a desplazarse hacia arroyos y cuerpos de agua cercanos.

Más de 2.500 puntos contaminados en el Ártico canadiense
El caso de BAF-3 es solo la punta del iceberg. En todo el Ártico canadiense se han identificado más de 2.500 emplazamientos contaminados, muchos de ellos vinculados a actividades industriales, explotaciones de petróleo y gas, o antiguas infraestructuras militares de la Guerra Fría hoy abandonadas o infrautilizadas.
Durante años, se asumió que estos residuos no representaban un peligro inmediato porque el permafrost actuaba como un ‘cierre hermético’. El suelo helado y estable impedía el movimiento de contaminantes hacia la agua subterránea y mantenía aisladas las sustancias tóxicas. Esa percepción de falsa seguridad se está desmoronando a gran velocidad.
McKenzie, profesor del Departamento de Ciencias de la Tierra y Planetarias, advierte que con el actual ritmo de calentamiento del Ártico “los contaminantes pueden empezar a movilizarse durante todo el año”, ya que el agua líquida está presente durante más meses y las rutas de flujo subterráneo permanecen activas incluso fuera del verano.
El estudio con SUTRA 4.0 revela un círculo vicioso inquietante: la mayor movilidad del agua subterránea acelera a su vez el deshielo del propio permafrost, lo que profundiza la capa activa y abre todavía más caminos para el transporte de sustancias peligrosas. Se refuerza así un ciclo de degradación en el que la contaminación y el calentamiento se alimentan mutuamente.
Todo esto supone un reto logístico y económico enorme: muchos de estos emplazamientos están en zonas remotas, de difícil acceso, con condiciones extremas que encarecen cualquier operación de limpieza. La remediación de suelos y aguas contaminados puede costar miles de millones de dólares y requerir décadas de trabajo coordinado entre gobiernos, comunidades locales y equipos científicos.
Riesgos para ecosistemas, fauna y comunidades indígenas
Los impactos ambientales del deshielo del permafrost no se limitan a la presencia de sustancias tóxicas en el subsuelo. En el norte de Canadá, las noticias ambientales señalan un aumento de la preocupación por el futuro de los ecosistemas árticos y subárticos, especialmente en lo que respecta a la calidad del agua y la salud de la fauna.
El agua que circula por nuevas rutas subterráneas puede arrastrar contaminantes hacia lagos, ríos y arroyos que son clave para la provisión de agua dulce. Aunque existen sistemas de vigilancia para controlar el agua potable de las comunidades, resulta mucho más complicado evaluar cómo afectará la presencia de metales pesados o hidrocarburos a peces, invertebrados y aves acuáticas, y a toda la cadena trófica.
Las comunidades indígenas que habitan estas regiones dependen en gran medida de la pesca, la caza y el consumo de agua de fuentes locales. Un deterioro de la calidad del agua o de los ecosistemas fluviales puede traducirse en pérdida de recursos alimentarios tradicionales, problemas de salud derivados de la exposición a toxinas y una mayor vulnerabilidad social y económica.
En Canadá, por ejemplo, antiguos pozos de petróleo y gas o explotaciones industriales que quedaron sellados en un suelo congelado comienzan a verse comprometidos. A medida que el terreno se ablanda y se vuelve inestable, esas estructuras pueden agrietarse o deformarse, facilitando la filtración de sustancias químicas que terminan en los sistemas fluviales.
La combinación de suelos encharcados, erosionados y en algunos casos parecidos a arenas movedizas, junto con desprendimientos de tierra por deshielo, complica el acceso tradicional a las zonas de caza y pesca. Todo ello alimenta un escenario en el que la seguridad alimentaria y cultural de las poblaciones del Ártico se ve claramente amenazada.
Infraestructuras al límite: hundimientos, grietas y rutas intransitables
Más allá de la contaminación, el derretimiento del permafrost está poniendo en jaque a las infraestructuras construidas en las regiones frías. Se calcula que alrededor de tres millones de personas viven en áreas especialmente propensas a la degradación del permafrost, muchas de ellas en zonas costeras, deltas fluviales o regiones montañosas donde el terreno es especialmente sensible.
Edificios, carreteras, vías férreas, tuberías de agua y gas o tendidos eléctricos dependen de ese suelo rígido y helado que actuaba como cimiento estable. Cuando el hielo se funde, el volumen del terreno cambia, aparecen huecos, el suelo se compacta de forma irregular y se producen hundimientos que pueden agrietar estructuras o dejarlas literalmente colgando.
En algunas localidades de Alaska o Siberia ya se observan casas que se inclinan sin previo aviso, carreteras deformadas y redes de saneamiento comprometidas. Reparar este tipo de daños no es sencillo: a menudo hay que rediseñar los cimientos o desplazar infraestructuras completas hacia zonas menos vulnerables, con un coste económico enorme.
A ello se suma que muchas regiones del norte dependen de carreteras de hielo y ríos congelados para transportar mercancías esenciales. Si el hielo se forma más tarde en otoño, se derrite antes en primavera o se vuelve demasiado frágil, la ventana de tiempo para abastecer a estas comunidades se reduce drásticamente o, en el peor de los casos, desaparece.
Cuando esas rutas dejan de ser transitables, el resultado puede ser un aislamiento casi total: acceso muy limitado o extremadamente caro a medicamentos, alimentos, combustible y otros productos básicos. Esto obliga a replantear por completo la logística y a buscar alternativas más seguras y sostenibles en un terreno que ya no ofrece las garantías de estabilidad del pasado.
Círculo vicioso del carbono: el gigante dormido del clima
El impacto global del deshielo del permafrost va mucho más allá de las zonas polares. A medida que la materia orgánica previamente congelada se descongela, los microorganismos del suelo comienzan a descomponerla y liberar dióxido de carbono (CO₂) y metano (CH₄), dos potentes gases de efecto invernadero.
El metano, en concreto, tiene un poder de calentamiento atmosférico unas 28 veces mayor que el CO₂ en un horizonte de cien años. Esto significa que pequeñas emisiones adicionales de metano pueden tener un impacto desproporcionado en el aumento de la temperatura global, sobre todo a corto y medio plazo.
Este proceso configura un claro bucle de retroalimentación climática: el calentamiento global derrite más permafrost; el permafrost descongelado libera más gases de efecto invernadero; estos incrementan aún más la temperatura y aceleran de nuevo el deshielo. Si este ciclo se intensifica, podría desbaratar buena parte de los esfuerzos internacionales para limitar el calentamiento a los objetivos marcados en los acuerdos climáticos.
Investigaciones publicadas en revistas de referencia como Nature o Proceedings of the National Academy of Sciences subrayan que cada décima de grado adicional en la temperatura media global incrementa la cantidad de carbono que escapa del permafrost. De ahí que se considere uno de los factores que podrían acercarnos a ciertos puntos de no retorno del sistema climático.
Por ahora, no existe una tecnología a gran escala capaz de “volver a congelar” estas extensas regiones o frenar directamente el proceso físico. Las estrategias pasan sobre todo por reducir de forma contundente las emisiones actuales de CO₂ y otros gases, de manera que se estabilice el clima y se limite al máximo el deshielo adicional en las próximas décadas.
Bacterias, virus antiguos y riesgos sanitarios emergentes
Otro de los temas que se cuelan cada vez más en las noticias ambientales es la posible reaparición de microorganismos antiguos atrapados en el permafrost. En las capas más profundas y antiguas pueden sobrevivir bacterias, esporas fúngicas e incluso virus desconocidos para la ciencia moderna.
Con el deshielo, estos agentes biológicos pueden verse liberados a la superficie o a cuerpos de agua cercanos, creando escenarios de riesgo sanitario difíciles de anticipar. Algunos estudios, recogidos en revistas especializadas como Communications Earth and Environment, apuntan a que ciertos patógenos podrían conservar parte de su viabilidad tras miles de años congelados.
Esto no significa que vayamos a asistir de inmediato a pandemias causadas por bacterias prehistóricas, pero sí que existe un campo de incertidumbre considerable en materia de salud pública. Determinadas especies animales podrían actuar como vectores intermedios, o podrían producirse infecciones localizadas en comunidades muy expuestas al contacto con suelos y aguas alterados.
Las autoridades sanitarias y los equipos científicos empiezan a incorporar este factor en sus evaluaciones de riesgo, sobre todo en regiones donde el contacto directo con el entorno natural es intenso y cotidiano. Vigilar la calidad microbiológica del agua y de determinados alimentos silvestres podría convertirse en una tarea aún más prioritaria en las próximas décadas.
En paralelo, el deshielo también puede sacar a la luz antiguos vertederos, cadáveres de animales infectados y restos de instalaciones médicas o militares con historiales de exposición a agentes biológicos o químicos, lo que añade otra capa de complejidad a la gestión ambiental del territorio.
Permafrost, agua y seguridad hídrica en Canadá
En Canadá, el vínculo entre permafrost y calidad del agua se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para gestores y comunidades. A medida que el terreno se descongela, aumenta la probabilidad de que contaminantes antiguos acaben en ríos y lagos que abastecen a poblaciones humanas y fauna salvaje.
Los científicos insisten en que no basta con controlar los vertidos superficiales visibles. Es imprescindible analizar la difusión subterránea de contaminantes a través del agua subterránea, que puede transportar sustancias a muchos kilómetros de distancia del punto de origen y hacer que aparezcan en lugares donde nadie esperaba encontrar niveles altos de metales o compuestos tóxicos.
Por eso, los estudios recientes recomiendan que los modelos climáticos y de gestión del agua distingan claramente entre lagos y ríos. Ambos tipos de cuerpos de agua responden de manera distinta a la entrada de contaminantes: los lagos suelen acumular sustancias durante más tiempo, mientras que los ríos pueden dispersarlas rápidamente a lo largo de su curso.
Para las comunidades indígenas y rurales del norte, que dependen en gran medida de captaciones locales de agua y de recursos pesqueros, cualquier cambio en la calidad del agua tiene repercusiones directas en la salud y en la alimentación. La presencia de toxinas en peces y otros animales acuáticos puede tardar en detectarse, lo que hace aún más necesario reforzar los programas de monitoreo.
Las autoridades canadienses y los equipos de investigación coinciden en que es fundamental incrementar la recogida de datos de base, tanto químicos como hidrológicos y ecológicos, para diseñar planes de contingencia realistas. Sin una buena información de partida, cualquier estrategia de gestión se queda corta o llega demasiado tarde.
El permafrost en el debate sobre minería y glaciares en Chile
El papel del permafrost no se limita al Ártico. En países de montaña como Chile, aparece vinculado al debate sobre la protección de glaciares y la actividad minera de gran escala. Allí, el Consejo Minero (CM), que agrupa a las grandes empresas del sector —incluida la estatal Codelco—, defiende que la minería puede ser compatible con la conservación de estos cuerpos de hielo.
Chile, a diferencia de Argentina, todavía no cuenta con una ley de glaciares específica plenamente aprobada, y el proyecto de normativa lleva años encallado en el Senado. La propuesta contempla declarar glaciares y permafrost bienes nacionales de uso público e imponer prohibiciones expresas a ciertas actividades, algo que el sector minero ve como excesivamente rígido.
El Consejo Minero argumenta que el cambio climático es la principal amenaza para los glaciares y que prohibir de forma absoluta la minería en su entorno no garantiza por sí solo su conservación. Desde su punto de vista, hace falta un enfoque más matizado que tenga en cuenta la contribución de la minería a la descarbonización global, al suministrar minerales clave para las energías limpias.
El sector insiste en que los proyectos actuales se diseñan para evitar impactos directos significativos sobre los glaciares y destacan que, históricamente, los casos documentados de afectación se limitan sobre todo a glaciares rocosos y a superficies muy reducidas en comparación con el total de área glaciar chilena.
Aunque no exista una ley específica de glaciares, en Chile se aplican evaluaciones de impacto ambiental detalladas a los proyectos que puedan afectar estas masas de hielo. Desde 2010, la Ley sobre Bases Generales del Medio Ambiente obliga a que cualquier iniciativa próxima a glaciares se someta a un Estudio de Impacto Ambiental (EIA) dentro del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), requisito reforzado por reglamentos posteriores.
Protección caso a caso, inventarios y nuevas normas en Chile
El Consejo Minero aposta por un enfoque de evaluación caso a caso, en lugar de vetos totales y generales. Sostiene que no todos los glaciares —descubiertos, cubiertos o rocosos— cumplen las mismas funciones hídricas, ecológicas o paisajísticas, por lo que el nivel de protección debería adaptarse a cada situación concreta.
En ese sentido, se subraya que ciertos glaciares rocosos aportan pocos recursos de agua y responden más lentamente a los cambios de temperatura, lo que, según la industria, justificaría un tratamiento diferenciado respecto a glaciares descubiertos de gran valor hídrico o ecológico.
El sector minero también recalca que una gran parte de la superficie glaciar chilena —se habla de más del 80 %— ya se encuentra bajo alguna figura de protección oficial, como parques nacionales o áreas protegidas administradas por el Estado. A esto se suman reformas recientes del Código de Aguas y la Ley Marco de Cambio Climático, vigentes desde 2022, que refuerzan la salvaguarda de estos recursos.
El Código de Aguas, por ejemplo, prohíbe otorgar nuevos derechos de aprovechamiento de aguas en glaciares, una medida que el propio Consejo Minero ha respaldado públicamente. Además, el Inventario Público de Glaciares (IPG 2022), elaborado por la Dirección General de Aguas, registra más de 26.000 glaciares con una superficie total en torno a 21.000 km², proporcionando una base de información esencial para la planificación.
En este contexto, el debate en Chile ilustra bien cómo el permafrost y los glaciares se insertan en discusiones más amplias sobre modelo de desarrollo, seguridad hídrica y transición energética. La experiencia internacional que cita la industria apunta a que es posible compatibilizar minería y protección de glaciares bajo estándares ambientales exigentes, aunque sigue habiendo un fuerte pulso social y político sobre dónde trazar la línea.
Qué se está pidiendo: identificación, monitoreo y planes de contingencia
Los distintos estudios y análisis sobre permafrost, tanto en el Ártico canadiense como en otras regiones frías, coinciden en varias líneas de actuación prioritarias. La primera es la identificación y mapeo exhaustivo de los sitios contaminados o potencialmente vulnerables al deshielo del permafrost, desde antiguos recintos militares hasta pozos de hidrocarburos y vertederos industriales.
Una vez localizados, los expertos recomiendan desarrollar planes de contingencia que no solo contemplen los derrames visibles, sino también la difusión de contaminantes a través de las aguas subterráneas y de los sistemas fluviales. Esto implica combinar datos de campo, modelos numéricos como SUTRA 4.0 y proyecciones climáticas de largo plazo.
Otra prioridad es mantener un registro actualizado y accesible de todos los focos contaminados, con información sobre su estado, riesgos potenciales y acciones de remediación en marcha. Sin este tipo de inventarios, es prácticamente imposible coordinar políticas efectivas ni responder con rapidez ante situaciones de emergencia.
A nivel global, se está apostando por intensificar el monitoreo satelital y el uso de sensores remotos para cartografiar el deshielo y detectar cambios sutiles en el terreno, así como por el desarrollo de modelos climáticos que integren explícitamente los flujos de carbono procedentes del permafrost.
En paralelo, se exploran proyectos piloto de restauración de ecosistemas árticos, como la introducción o recuperación de grandes herbívoros que compactan la nieve y podrían ayudar a mantener temperaturas más bajas en el suelo. Aunque estas iniciativas todavía están en fase experimental, reflejan la urgencia de buscar soluciones innovadoras ante un problema que avanza muy deprisa.
Todo lo que está ocurriendo con el permafrost dibuja un escenario en el que ciencia, política, economía y justicia ambiental se entrecruzan: desde bases militares de la Guerra Fría que liberan contaminantes en el Alto Ártico canadiense hasta el debate chileno sobre cómo compatibilizar minería y protección de glaciares, pasando por la amenaza del carbono atrapado y los riesgos sanitarios asociados a microbios antiguos. La velocidad del calentamiento ártico, la enorme cantidad de carbono almacenado bajo el suelo helado y la vulnerabilidad de comunidades e infraestructuras convierten al permafrost en una pieza clave del puzle climático global, y lo que se decida hacer hoy en materia de emisiones, planificación territorial y monitoreo marcará la diferencia entre un futuro manejable y uno mucho más inestable.
