Mapa del reciclaje químico en Europa: plantas, tecnologías y retos

  • El mapa interactivo de Fraunhofer UMSICHT recoge más de 60 proyectos y 18 plantas de reciclaje químico en Europa, detallando tecnologías, capacidades y estado.
  • La pirólisis domina la cartera de proyectos, mientras que la gasificación, la solvolisis y otros procesos avanzados crecen pero siguen en fases menos maduras.
  • España cuenta con varias plantas de pirólisis, crackers de vapor y un gran proyecto de gasificación, integrándose en el incipiente mapa europeo del reciclaje químico.
  • El futuro del sector depende de un marco regulatorio claro en la UE y de la mejora de la competitividad frente a materias primas fósiles y materiales reciclados importados.

Mapa del reciclaje químico en Europa

El mapa del reciclaje químico en Europa se ha convertido en una herramienta clave para entender qué está pasando con los residuos plásticos más complejos en el continente. Cada vez se habla más de pirólisis, solvolisis o gasificación, pero muchas veces cuesta visualizar dónde están realmente estas plantas, qué capacidad tienen y en qué estado se encuentran los proyectos. El trabajo del instituto alemán Fraunhofer UMSICHT pone orden en todo este panorama y permite ver, casi de un vistazo, cómo se está desplegando esta nueva industria.

Este mapa interactivo no solo muestra instalaciones operativas y proyectos en desarrollo, sino que también ofrece datos de capacidades, tecnologías utilizadas y plantas de craqueo a vapor que sirven como referencia del sistema petroquímico europeo. Además, llega en un momento delicado: precios bajos de materias primas fósiles, costes energéticos elevados y mucha incertidumbre regulatoria en la Unión Europea, lo que complica las decisiones de inversión a largo plazo.

Qué es el reciclaje químico y por qué importa en Europa

Cuando se habla de reciclaje químico avanzado (o reciclaje avanzado) se hace referencia a un conjunto de procesos que permiten descomponer los polímeros de los plásticos en moléculas más simples, ya sea devolviéndolos a sus monómeros de origen o transformándolos en mezclas de hidrocarburos aprovechables. A diferencia del reciclaje mecánico, que se basa en triturar, lavar y reprocesar, aquí se usa calor, reactivos químicos o catalizadores para romper las cadenas poliméricas.

Esta familia de tecnologías resulta especialmente interesante porque puede tratar plásticos mezclados, sucios o muy degradados, que no funcionan bien en los procesos mecánicos tradicionales. Además, en muchos casos el material resultante es de calidad similar al plástico virgen, lo que permite su uso en aplicaciones exigentes, como envases alimentarios, donde las exigencias regulatorias son muy altas.

En el contexto europeo, donde la gestión de residuos plásticos sigue siendo un reto, el reciclaje químico se ve como una forma de aumentar las tasas de reciclaje y reducir la dependencia de recursos fósiles vírgenes. No pretende sustituir al reciclaje mecánico, sino complementarlo: cada tecnología se adapta mejor a ciertos flujos de residuos y calidades de material.

La Agencia Europea de Medio Ambiente estima que solo en la UE la cadena de valor del plástico genera en torno a 193 millones de toneladas de CO₂ al año, considerando producción, transformación y gestión de residuos. Buena parte de estas emisiones está ligada a la fabricación a partir de combustibles fósiles, de modo que cerrar el círculo mediante reciclaje -mecánico y químico- es una de las vías más claras para rebajar esta huella climática.

El mapa interactivo de Fraunhofer UMSICHT sobre reciclaje químico

El instituto Fraunhofer UMSICHT ha desarrollado un mapa interactivo que recopila las actividades de reciclaje químico en Europa, actualizado a octubre de 2025. Esta herramienta recoge tanto plantas en operación como proyectos en diferentes fases de tramitación, indicando la tecnología aplicada, la capacidad nominal de tratamiento y el estado de avance.

El alcance del mapa es amplio y se centra en seis grandes familias de tecnologías de reciclaje químico o avanzado: pirólisis, gasificación, procesos basados en disolventes, solvolisis, tecnologías enzimáticas y procesos hidrotérmicos. Como complemento, se representa en una capa adicional la ubicación y capacidades de los craqueadores de vapor europeos, clave para entender cómo pueden integrarse los productos del reciclaje químico en la industria petroquímica.

Según los datos recopilados, el mapa identifica 65 proyectos en cartera (sin contar unidades de craqueo a vapor), repartidos por todo el continente. Estos proyectos suman una capacidad planificada de reciclaje químico de 2.799 kt/a (miles de toneladas anuales), teniendo en cuenta únicamente las iniciativas en tramitación y excluyendo tanto las instalaciones ya operativas como los proyectos cancelados.

Además, se recogen 18 plantas actualmente en funcionamiento, con una capacidad conjunta de 289 kt/a. De esta capacidad, 262 kt/a corresponden a tecnologías de pirólisis, 19 kt/a a procesos de solvolisis y 8 kt/a a soluciones basadas en disolventes. Por ahora, el mapa no registra plantas de gasificación operativas, lo que muestra que esta tecnología sigue en una fase más incipiente, al menos a escala comercial.

Si se observa el conjunto de capacidades -las que ya están en marcha y las que se encuentran planificadas-, el reparto tecnológico es bastante desigual: la pirólisis concentra 1.938 kt/a, la gasificación 860 kt/a, los procesos basados en disolventes 68 kt/a, la solvolisis 102 kt/a, las rutas enzimáticas 50 kt/a y las tecnologías hidrotérmicas 70 kt/a. Es decir, la economía del reciclaje químico en Europa, a día de hoy, está muy orientada hacia la pirólisis y, en segundo plano, hacia la gasificación.

El mapa también deja constancia de que no todos los proyectos llegan a materializarse: se han cancelado oficialmente 9 iniciativas de reciclaje químico que sumaban 819 kt/a de capacidad, incluyendo 7 proyectos de pirólisis con 791 kt/a en total. Estos datos reflejan las dificultades económicas, regulatorias y técnicas que todavía pesan sobre este sector.

La situación de España en el mapa del reciclaje químico europeo

España aparece en el trabajo de Fraunhofer con una presencia relevante, con varias instalaciones en operación y proyectos en desarrollo. Según las distintas fuentes referenciadas, el país cuenta con un conjunto de plantas de pirólisis, crackers de vapor y un gran proyecto de gasificación en fase de planificación.

En cuanto a plantas de pirólisis en funcionamiento, el mapa identifica instalaciones en Ascó (Tarragona), Sevilla y Almería. La planta de Ascó, gestionada por 2G Chemical Plastic Recycling, dispone de una capacidad aproximada de 9 kt/a; la de Sevilla, operada por Plastic Energy, alcanza los 33 kt/a; y la instalación de Almería, también de Plastic Energy, cuenta con una capacidad de alrededor de 5,5 kt/a.

En el ámbito del craqueo a vapor, el mapa señala como activos un cracker en Tarragona operado por Dow, con una capacidad de 675 kt/a, y otro en Puertollano (Ciudad Real). Estos equipos forman parte del contexto petroquímico en el que podrían integrarse los productos del reciclaje químico, como aceites de pirólisis o gases de síntesis, para fabricar nuevos monómeros y polímeros.

Respecto a proyectos en cartera, destacan dos iniciativas: por un lado, una planta de pirólisis en Jerez de la Frontera (Cádiz), asociada a Valoriza, con tecnología pirolítica y una capacidad anunciada en torno a 20 kt/a; por otro, la Ecoplanta de gasificación impulsada por Repsol en El Morell (Tarragona), desarrollada con tecnología de Enerkem, con una capacidad prevista de unos 400 kt/a, lo que la situaría como una de las instalaciones de referencia en Europa en este ámbito.

En algunas fuentes también se menciona la existencia de cinco o seis plantas en funcionamiento, según se cuenten únicamente las tecnologías de reciclaje químico o se incluyan también craqueadores de vapor. En cualquier caso, la foto general indica que España ya dispone de un pequeño pero significativo ecosistema de reciclaje químico y que aspira a ampliar su capacidad, especialmente mediante proyectos de gasificación y pirólisis de mayor escala.

Contexto regulatorio y retos de competitividad en la UE

El despliegue del reciclaje químico en Europa no depende solo de la tecnología o de la voluntad inversora; también está fuertemente condicionado por un marco regulatorio todavía en construcción. Tal y como señala el profesor Matthias Franke, de Fraunhofer UMSICHT, la normativa específica a nivel europeo sigue sin definirse del todo y su trasposición a las legislaciones nacionales está aún pendiente.

En paralelo, factores económicos como los precios relativamente bajos de las materias primas fósiles, los altos costes energéticos en Europa y la entrada de materiales reciclados de bajo coste procedentes de Asia ponen presión sobre la competitividad tanto del reciclaje mecánico como del químico. Todo ello incrementa el riesgo percibido por los inversores y ha contribuido a que algunos proyectos se paralicen o se cancelen.

Uno de los debates más importantes en Bruselas gira en torno a la metodología de cálculo del rendimiento del reciclaje químico, en particular el enfoque conocido como “Fuel Use Exempt”. De cómo se defina esta metodología dependerá, por ejemplo, la posibilidad de contabilizar el aceite de pirólisis que se destina a producir nuevos plásticos como contenido reciclado, algo clave para que la industria pueda cumplir los objetivos obligatorios de contenido reciclado en envases y otros productos.

Esta discusión tiene un impacto directo en el modelo de negocio de muchas plantas: si el aceite de pirólisis que se usa como materia prima para nuevos polímeros no se reconoce como reciclado, la demanda regulatoria de este material podría caer, afectando a la rentabilidad de las instalaciones. Por el contrario, un marco normativo claro y favorable podría convertirse en el empujón definitivo para consolidar la industria.

Además del aspecto regulatorio, muchas tecnologías avanzadas todavía se enfrentan a problemas de estabilidad operativa, rendimiento y calidad del producto. En algunos casos se trata de procesos que llevan pocos años a escala industrial y continúan en fase de optimización. Esto se traduce en paradas frecuentes, costes de mantenimiento elevados o variabilidad en las propiedades de los productos obtenidos.

Panorama del reciclaje de plásticos en Europa y papel del reciclaje químico

En el conjunto de la Unión Europea, la opción más utilizada para tratar los residuos plásticos es el reciclaje, con alrededor del 40,7 % del volumen gestionado. La recuperación de energía, a través de incineración con generación de calor, electricidad o combustible, representa cerca del 35 %. El resto acaba mayoritariamente en vertedero o en salidas no deseadas del sistema.

La tasa de reciclaje de residuos de envases de plástico ha crecido de forma gradual, pasando de alrededor del 25,2 % en 2005 al 40,7 % en 2022. Aun así, millones de toneladas de residuos plásticos siguen sin aprovecharse adecuadamente. Una parte importante -del orden de 1,3 millones de toneladas en 2023- se exportó fuera de la UE, en ocasiones hacia países con menos garantías ambientales o de trazabilidad.

Durante años, una fracción considerable de estos residuos se enviaba a China para su reciclaje, pero las restricciones impuestas por este país a la importación de residuos han obligado a Europa a buscar soluciones internas, intensificando el debate sobre nuevas capacidades de reciclaje y sobre tecnologías emergentes como el reciclaje químico.

El problema va más allá de la mera gestión de residuos: cada año se estima que entre 19 y 23 millones de toneladas de plásticos terminan en suelos, ríos y océanos a nivel mundial. Esto no solo daña los ecosistemas, sino que afecta a la producción de alimentos, al turismo, a la pesca y a múltiples actividades económicas. A ello se suma el impacto climático: en 2019, los plásticos generaron en torno a 1.800 millones de toneladas de emisiones de gases de efecto invernadero, aproximadamente el 3,4 % de las emisiones globales.

Si no se cambia la forma en que se produce, usa y gestiona el plástico, las proyecciones apuntan a que las emisiones asociadas a su ciclo de vida podrían triplicarse de aquí a 2060. En ese contexto, cualquier vía que permita reciclar más y mejor -desde el reciclaje mecánico hasta el químico- resulta estratégica para la UE, tanto por razones ambientales como económicas y de seguridad de recursos.

Tecnologías de reciclaje químico: despolimerización térmica y pirólisis

Bajo el paraguas del reciclaje químico se agrupan múltiples tecnologías. Una primera gran categoría es la despolimerización térmica, que reúne procesos donde el polímero se rompe en monómeros u oligómeros mediante el aporte de calor, sin que intervenga un reactivo químico específico en la ruptura de las cadenas. En este grupo se incluyen la pirólisis de ciertos plásticos, los tratamientos por microondas o procesos a muy alta temperatura.

La pirólisis se realiza normalmente a temperaturas superiores a 450 ºC y con tiempos de residencia relativamente altos, ya que hace falta mucha energía para romper los enlaces carbono-carbono de las cadenas poliméricas. Durante el proceso se producen reacciones primarias, que dan lugar a los productos deseados, pero también reacciones secundarias menos selectivas, con formación de radicales que complica el control del proceso y puede reducir los rendimientos.

En condiciones adecuadas, la pirólisis puede generar monómeros como etileno o propileno, aunque a menudo con bajos rendimientos y en presencia de multitud de subproductos. Por este motivo, se están dedicando grandes esfuerzos de I+D a incorporar catalizadores que permitan operar a temperaturas más bajas, mejorar la selectividad y aumentar la fracción de productos de alto valor. Si las condiciones no son óptimas, los plásticos se transforman en mezclas petroquímicas como gas de síntesis o parafinas.

Otra variante es la hidrogenación o hidrocraqueo, donde los residuos plásticos se tratan térmicamente en presencia de hidrógeno, en general a temperaturas de 400-500 ºC y presiones altas (entre 10 y 100 kPa). Aquí se utilizan catalizadores bifuncionales, que combinan funciones de craqueo e hidrogenación, normalmente metales de transición soportados en matrices ácidas, para favorecer la ruptura de cadenas y la saturación de los fragmentos generados.

El hidrocraqueo da como resultado productos fuertemente saturados que pueden emplearse directamente como combustibles o materia prima en refinerías, con rendimientos de hidrocarburos líquidos cercanos al 85 %. La contrapartida es que el uso de hidrógeno a alta presión y temperatura encarece el proceso y exige medidas de seguridad muy estrictas, lo que puede limitar su implantación a gran escala si no se abarata el suministro de hidrógeno o se integran estas plantas en complejos industriales ya existentes.

También se incluye en esta familia el craqueo térmico clásico, en el que las cadenas poliméricas se rompen únicamente por acción del calor en ausencia de oxígeno, típicamente entre 500 y 800 ºC. El resultado suele ser una mezcla de hidrocarburos líquidos, gaseosos y sólidos con una distribución muy amplia de pesos moleculares. La proporción entre estas fracciones depende mucho de la temperatura de operación y de otros parámetros de proceso.

Disolución, solvolisis y otras rutas de reciclaje químico

Más allá de la despolimerización térmica, el reciclaje químico incluye otros caminos, entre ellos los procesos de disolución selectiva de plásticos. Estas técnicas buscan disolver el polímero en un disolvente adecuado para separarlo de cargas, aditivos, tintas u otros contaminantes, obteniendo un material polimérico purificado que luego puede reprocesarse. No se modifican las moléculas de polímero, por lo que no encajan del todo en la definición de reciclaje mecánico ni en la valorización energética.

La solvolisis es otro bloque fundamental. Aquí el disolvente actúa también como reactivo, rompiendo las cadenas del polímero. En función del disolvente se distinguen distintas modalidades de quimiolisis, como la glicólisis, la hidrólisis o la metanólisis, a menudo operando con fluidos en condiciones supercríticas. Este enfoque es especialmente adecuado para polímeros de condensación, como el PET o las poliamidas.

En la hidrólisis del PET, por ejemplo, el proceso suele realizarse en medio básico (saponificación), lo que facilita la reacción, pero obliga a incorporar una etapa posterior de tratamiento para convertir el producto en monómeros utilizables. Su principal ventaja es que permite tratar desechos coloreados y mezclados que dan problemas en otros procesos.

La metanólisis consiste en aplicar metanol al PET para descomponerlo en sus moléculas básicas -dimetiltereftalato y etilenglicol-, que pueden polimerizarse de nuevo para producir resina de calidad virgen. Es un proceso avanzado y tecnológicamente exigente, pero muy interesante para flujos de residuos donde se busca obtener material con altas prestaciones.

La glicólisis utiliza etilenglicol y suele llevarse a cabo en condiciones menos severas que la metanólisis y la hidrólisis, lo que reduce los costes operativos. Sin embargo, es menos eficaz para tratar residuos coloreados o muy mezclados. Los productos de la reacción pueden reutilizarse para fabricar PET o como precursores para espumas de poliuretano y poliésteres insaturados, abriendo la puerta a nuevas cadenas de valor.

Dentro del reciclaje químico también aparecen otras despolimerizaciones químicas que emplean reactivos concretos, como ácidos fuertes o derivados fenólicos, así como el craqueo catalítico de residuos plásticos. Este último presenta ventajas frente al craqueo térmico puro, al permitir trabajar a temperaturas menores (del orden de 300-400 ºC) gracias a la acción del catalizador y ajustar mejor la distribución de productos.

Una alternativa interesante es el reformado catalítico de los gases generados en el craqueo térmico de plásticos, que puede dar lugar a gasolina, gasóleo, queroseno y otros productos valiosos. Estas rutas requieren un gran trabajo de optimización, pero ofrecen un gran potencial para integrar el reciclaje químico en refinerías y complejos petroquímicos ya existentes.

Si se cruzan las diferentes clases de procesos con los tipos de plásticos que se pueden tratar, se obtiene una matriz bastante completa de opciones. Nueve grandes grupos de polímeros -como PE, PP, reciclaje de PVC, PS, PMMA, PET, PA, PC y PUR- pueden someterse a reciclaje químico, aunque no todos responden igual a cada tecnología. Los polímeros de adición (PE, PP, PVC, PS, PMMA) se adaptan mejor a la despolimerización térmica, mientras que los de condensación (PET, PA, PC, PUR) aceptan la mayoría de tratamientos químicos.

La disolución, por su parte, es aplicable a una gran variedad de plásticos, pero desde el punto de vista de la calidad del material reciclado suele considerarse menos satisfactoria que la despolimerización térmica. En cualquier caso, todas estas rutas se encuentran en diferentes grados de madurez tecnológica: la solvolisis es la más desarrollada industrialmente, seguida por la despolimerización térmica y, en último lugar, los procesos de disolución.

Sinergias entre reciclaje mecánico y químico y papel de la I+D

El reciclaje mecánico sigue siendo hoy la forma más extendida de valorización de residuos plásticos en Europa, gracias a su buen comportamiento en términos energéticos y de coste, especialmente cuando se trata de flujos de residuos limpios y homogéneos. Sin embargo, tiene limitaciones claras: necesita corrientes bien separadas, sufre con plásticos complejos o muy contaminados y los materiales solo pueden reciclarse un número limitado de veces antes de que sus propiedades se degraden.

El reciclaje químico llega justamente para cubrir ese hueco, ofreciendo la posibilidad de tratar plásticos que no son aptos para el reciclaje mecánico y devolviéndolos a productos que, en muchos casos, son prácticamente indistinguibles de los materiales vírgenes. Esta complementariedad permite incrementar las tasas globales de reciclaje y acercarse a una circularidad real, reduciendo a la vez la demanda de recursos fósiles.

Centros tecnológicos como CIRCE llevan años trabajando en este campo, desarrollando y escalando tecnologías como la solvolisis, la pirólisis o la glicólisis asistidas por microondas. Estas líneas de trabajo se aplican a residuos de creciente relevancia, como palas de aerogeneradores, módulos fotovoltaicos o textiles técnicos, que combinan distintos materiales y son difíciles de reciclar mediante métodos convencionales.

Además de la parte técnica, estas entidades fomentan la colaboración entre los diferentes actores de la cadena de valor del reciclaje: gestores de residuos, transformadores, productores de materias primas, fabricantes de bienes de consumo, administraciones públicas y organismos reguladores. Este enfoque colaborativo es clave para que cada flujo de residuo se dirija al proceso más adecuado y para que los productos resultantes encuentren salida en el mercado.

El centro tecnológico aragonés participa, por ejemplo, en varios proyectos europeos de gran relevancia como Plastice, Redol, Cubic, Digintrace y Refresh, donde se exploran soluciones de trazabilidad, nuevos procesos de reciclaje, modelos de negocio circulares y herramientas digitales para optimizar el diseño de productos reciclables. A través de este tipo de iniciativas se busca acelerar la transición de la escala piloto a plantas industriales viables.

En conjunto, el mapa del reciclaje químico en Europa, los datos sobre capacidades planificadas y en operación, y el esfuerzo investigador de centros y empresas muestran un sector en plena ebullición. Aunque todavía se enfrenta a incertidumbres regulatorias, presiones de costes y retos técnicos, Europa mantiene una posición de liderazgo en innovación en gestión de residuos plásticos, tal y como reflejan las solicitudes de patentes, aun cuando países como China, Corea del Sur o Japón estén recortando distancias.

La evolución futura dependerá de cómo se definan las reglas del juego en la UE, de la rapidez con la que maduren las tecnologías clave y de la capacidad de integrar el reciclaje químico con el mecánico y con la infraestructura petroquímica existente. Si esos elementos encajan, el mapa interactivo de Fraunhofer podría ser solo la primera foto de una red de plantas mucho más densa, capaz de transformar flujos de residuos complejos en recursos valiosos y de reforzar de verdad la economía circular europea.

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