La red de saneamiento de Málaga ha tenido que hacer frente en el último año a una cifra nada despreciable: un total de 2.345 toneladas de residuos sólidos han sido retiradas de las aguas residuales de la ciudad por parte de la Empresa Municipal de Aguas de Málaga (Emasa).
Este volumen de desechos, arrastrados por el alcantarillado hasta estaciones de bombeo y depuradoras, supone un incremento del 6,7% respecto al ejercicio anterior y rompe la tendencia descendente que se venía registrando en los últimos años, pese a las inversiones técnicas y a las campañas de concienciación lanzadas desde el Ayuntamiento.
Un aumento de residuos que rompe la tendencia a la baja
Según los datos facilitados por la Empresa Municipal de Aguas de Málaga (Emasa), durante 2025 se retiraron de la red de saneamiento 2.345 toneladas de residuos sólidos urbanos. Esta cifra supera las 2.197 toneladas contabilizadas el año anterior, lo que se traduce en un aumento del 6,7% y frena la reducción progresiva que se había logrado desde 2017.
Esa evolución a la baja había permitido pasar de cerca de 3.721 toneladas registradas a mediados de la pasada década a algo más de 2.300 toneladas en 2023, pero el ejercicio de 2025 ha supuesto un cambio de tendencia que preocupa al consistorio y a la empresa gestora del ciclo integral del agua.
Detrás de este repunte, Emasa señala tanto el comportamiento ciudadano como determinadas circunstancias meteorológicas. Por un lado, se mantiene el hábito de tirar al inodoro todo tipo de residuos higiénicos no biodegradables; por otro, el año estuvo marcado por periodos de lluvias que contribuyeron a arrastrar desechos acumulados en la red durante las etapas de sequía.
Desde el Ayuntamiento se recuerda que estas toneladas de residuos terminan en el vertedero tras ser retiradas de la red, lo que supone un sobreesfuerzo para el sistema de depuración, incrementa los costes de explotación y dificulta el cumplimiento de los objetivos ambientales fijados a nivel estatal y europeo.
Toallitas y productos higiénicos, el principal foco del problema
La gran mayoría de los sólidos que aparecen en las aguas residuales malagueñas proceden de productos de higiene personal que nunca deberían acabar en el inodoro. Entre ellos destacan las toallitas higiénicas, bastoncillos, compresas, discos desmaquillantes y otros artículos similares, muchos de los cuales se comercializan con mensajes confusos sobre su posible eliminación por el váter.
Estos materiales, aunque a simple vista puedan parecer inofensivos, no son biodegradables ni se desintegran con rapidez en el agua. Al contrario, se acumulan en la red de alcantarillado, se enredan entre sí y forman auténticos tapones que obstruyen conducciones, fuerzan el funcionamiento de las bombas y complican el trabajo de los equipos de depuración.
El arrastre de estos residuos hasta las estaciones de bombeo (EBAR) y las depuradoras (EDAR) genera averías recurrentes en los equipos mecánicos, reduce la eficiencia de los procesos de tratamiento y obliga a detener instalaciones para realizar limpiezas y reparaciones, con el consiguiente impacto económico y operativo.
La situación se agrava en episodios de lluvias intensas, como los registrados en 2025. En esos momentos, el agua de escorrentía arrastra hacia la red de saneamiento residuos que habían quedado retenidos en puntos críticos durante periodos secos, lo que multiplica tanto el caudal como la cantidad de sólidos que llegan de golpe a los sistemas de bombeo y depuración.
Dónde se interceptan las 2.345 toneladas de residuos
El volumen total retirado por Emasa no se concentra en un único punto del sistema, sino que se reparte a lo largo de las distintas fases del ciclo de saneamiento. De las 2.345 toneladas recogidas en 2025, una parte importante se extrae directamente en las redes de alcantarillado y el resto en instalaciones específicas situadas aguas abajo.
En torno al 33,8% del total (unos 793,3 toneladas) procede de las limpiezas periódicas de la red de saneamiento municipal, donde los equipos de mantenimiento actúan sobre colectores y canalizaciones para retirar sólidos acumulados y prevenir obstrucciones.
Otro bloque destacado, el 40,1% aproximadamente (940,7 toneladas), queda retenido en los sistemas de tamizado y desbaste grueso de las estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR) de Guadalhorce y Peñón del Cuervo. Son las instalaciones donde se realiza el pretratamiento del agua antes de los procesos biológicos, y donde se separan los residuos de mayor tamaño.
El 26% restante (en torno a 611 toneladas) se intercepta en las estaciones de bombeo de aguas residuales (EBAR), dotadas de equipos específicos para la retirada de sólidos. Estas infraestructuras resultan claves para impulsar el agua hacia las depuradoras, y la acumulación de desechos en ellas puede provocar paradas imprevistas y daños en bombas y rejas.
El reparto de los residuos por fases del sistema de saneamiento evidencia la presión constante a la que están sometidas las infraestructuras urbanas y deja claro que el problema no se limita a un punto concreto, sino que afecta a toda la cadena, desde los hogares hasta las instalaciones finales de depuración.
Un coste anual cercano a 1,9 millones de euros
Más allá del impacto ambiental y de las molestias derivadas de atascos y desbordamientos, la acumulación de residuos sólidos en las aguas residuales tiene un efecto directo sobre las cuentas públicas. La limpieza de redes, la retirada de sólidos y su transporte al vertedero suponen para Emasa un coste anual cercano a los 1,9 millones de euros.
En esta cifra se incluye el trabajo de los equipos de mantenimiento preventivo y correctivo de la red de alcantarillado, la operación de los sistemas de tamizado y desbaste en EDAR y EBAR, y el traslado de los residuos al Centro Ambiental de Los Ruices, donde se gestionan finalmente como desechos urbanos.
A ese gasto recurrente se suman las inversiones adicionales en modernización de infraestructuras y en la gestión integral de residuos, entre ellas la ampliación de equipos de filtrado, la renovación de bombas afectadas por el desgaste prematuro y la instalación de nuevos sistemas de control y automatización para optimizar el funcionamiento del saneamiento.
Desde la empresa municipal insisten en que una parte importante de esos 1,9 millones de euros podría destinarse a mejoras del servicio si disminuyera la cantidad de residuos que no deberían llegar nunca al inodoro. Reducir el vertido de toallitas y otros productos similares aliviaría la carga sobre las instalaciones y permitiría orientar más recursos a actuaciones de renovación y adaptación al cambio climático.
En un contexto europeo en el que se exige a las ciudades un tratamiento cada vez más riguroso de sus aguas residuales y se refuerzan las exigencias en materia de calidad ambiental, estos sobrecostes ligados a comportamientos cotidianos suponen un lastre añadido para avanzar en sostenibilidad.
Refuerzos técnicos en estaciones de bombeo y depuradoras
Para contener el problema, Emasa ha venido desplegando en los últimos años una serie de actuaciones técnicas en la red de saneamiento y en las instalaciones de tratamiento, con el objetivo de interceptar la mayor cantidad posible de residuos en los primeros puntos de la cadena y reducir así los daños aguas abajo.
Una de las líneas de trabajo prioritarias ha sido la instalación de nuevos tamices en las estaciones de bombeo de aguas residuales. Estos equipos permiten retener sólidos antes de que entren en las bombas, evitando que se atasquen o sufran un desgaste excesivo, y facilitando que los residuos puedan retirarse y compactarse para su posterior transporte.
En paralelo, la empresa municipal impulsa un plan para dotar a la red de sistemas de desbaste en los puntos de alivio por tormenta. En situaciones de lluvias intensas, cuando el caudal se dispara y es necesario aliviar parte del flujo para evitar inundaciones, estos sistemas ayudan a minimizar el vertido de residuos sólidos al medio receptor.
Otra de las líneas de actuación se centra en mejorar los procesos para que los desechos extraídos de las aguas residuales salgan cada vez más secos y compactos, reduciendo su volumen y peso. Esta estrategia no solo facilita su gestión en el vertedero y a la valorización de residuos, sino que también contribuye a disminuir los costes asociados al transporte y a la tasa por tonelada tratada.
Aun así, desde la empresa se subraya que, por muchos avances técnicos que se implementen, ninguna solución tecnológica puede compensar por completo los efectos de un mal uso del inodoro. La colaboración ciudadana sigue siendo un elemento imprescindible para que estas inversiones resulten verdaderamente eficaces.
Campañas de sensibilización y cambio de hábitos
Conscientes de que el origen del problema está en gran medida en los hogares, el Ayuntamiento de Málaga y Emasa mantienen abiertas diversas líneas de educación ambiental y sensibilización ciudadana. La idea de fondo es sencilla: el váter no es una papelera y lo que se tira ahí no desaparece por arte de magia.
Las campañas municipales inciden de forma reiterada en que solo tres cosas deberían acabar en el inodoro: aguas fecales, orina y papel higiénico. Todo lo demás —toallitas, bastoncillos, compresas, mascarillas, colillas o restos de comida— debe depositarse en la fracción de residuos adecuada, bien en el cubo de basura doméstico o en los contenedores específicos habilitados en la vía pública.
Para reforzar este mensaje, se han desarrollado acciones de concienciación en centros escolares y universitarios, así como con asociaciones vecinales y colectivos sociales, incluyendo visitas guiadas a las instalaciones de depuración para que la ciudadanía pueda ver de primera mano qué ocurre con el agua una vez que se va por el desagüe.
En estas visitas y talleres, el personal técnico explica el recorrido completo del agua residual, muestra los montones de residuos sólidos que se acumulan en rejas y tamices y detalla el esfuerzo humano, energético y económico que implica mantener el sistema en funcionamiento cuando se usa de forma inadecuada.
El Ayuntamiento insiste en que un cambio de hábitos relativamente sencillo en baños y cocinas podría reducir de forma notable las toneladas de residuos que acaban en el alcantarillado. Esa reducción aliviaría las instalaciones de saneamiento, rebajaría los costes de operación y ayudaría a proteger tanto los ríos y el mar como el entorno urbano.
Con todo, las cifras del último año muestran que la batalla frente a las toallitas y otros residuos no biodegradables sigue abierta. Mientras la red de saneamiento malagueña continúe recibiendo cada año miles de toneladas de desechos que no deberían llegar al inodoro, será necesario mantener —y probablemente intensificar— tanto las inversiones técnicas como las iniciativas de sensibilización para evitar que el problema vaya a más.