El verano de 2026 está dejando una estampa desoladora en media Europa. Los incendios forestales que han arrasado amplias zonas del centro de España y del suroeste de Francia no son una casualidad ni un capricho de la naturaleza. Un nuevo informe de atribución elaborado por el grupo internacional World Weather Attribution (WWA) ha puesto cifras a lo que muchos sospechaban: el cambio climático acelera sus efectos en España, haciendo que las condiciones que los alimentaron sean mucho más probables que en un mundo sin calentamiento global.
Los investigadores llevan años avisando de que cada décima de grado cuenta, y este verano lo estamos comprobando sobre el terreno. La combinación de inviernos húmedos, primaveras secas y olas de calor tempranas está creando un cóctel perfecto para que cualquier chispa se convierta en una catástrofe. El análisis, que ha sido publicado este viernes, es contundente: en el centro peninsular, las condiciones meteorológicas extremas que avivaron las llamas son ahora al menos 20 veces más probables que en la era preindustrial. En el suroeste francés, la probabilidad se duplica.
Un mundo 1,4 grados más cálido
El equipo de WWA, coordinado por la climatóloga Friederike Otto del Imperial College de Londres, ha utilizado el Índice de Gravedad Diaria (DSR), una herramienta que combina temperatura, humedad, viento y sequedad del combustible vegetal para estimar el riesgo de incendio. Tras analizar el periodo de siete días con el índice más alto en cada región afectada y compararlo con simulaciones de un clima sin calentamiento antropogénico, la conclusión es clara: el cambio climático ha convertido en algo habitual lo que antes era excepcional.
David García-García, profesor de Matemáticas Aplicadas de la Universidad de Alicante y uno de los autores del estudio, explica que en un mundo 1,4 grados más frío, es decir, sin las emisiones de gases de efecto invernadero acumuladas desde la Revolución Industrial, fenómenos como el del centro de España se darían una vez cada 120 años como mínimo. Ahora, en el clima actual, se prevé que ocurran una vez cada seis años. Las cifras hablan solas.
Los científicos insisten en que se trata de estimaciones conservadoras. Las observaciones de las últimas décadas muestran una tendencia clara al aumento de la probabilidad y la severidad de este tipo de episodios. Y lo que está ocurriendo en la península ibérica y en la fachada atlántica francesa es solo un adelanto de lo que podría venir si no se toman medidas contundentes para reducir las emisiones.
El cóctel letal: invierno húmedo, primavera seca
Uno de los aspectos más llamativos del informe es cómo describe la secuencia meteorológica que ha llevado a esta situación. El invierno pasado fue especialmente lluvioso en ambas regiones, lo que favoreció el crecimiento de una vegetación exuberante. Pero después llegó una primavera seca y anormalmente cálida que fue agotando la humedad del suelo. Esa combinación es letal: la biomasa que crece con las lluvias se convierte en combustible perfecto cuando llega el calor y la sequía.
La vegetación autóctona, incluidos arbustos y pinos, sufrió un estrés hídrico severo que aumentó su inflamabilidad. Los pastos y otros combustibles finos se secaron por completo, creando las condiciones ideales para la ignición y la propagación rápida del fuego. Las semanas previas a los incendios estuvieron marcadas por una sucesión de olas de calor extremas y escasas precipitaciones en gran parte de Europa occidental, a pesar de que todavía era relativamente temprano en la temporada.
Los estudios recientes ya habían demostrado que el cambio climático estaba anticipando estas condiciones cálidas y secas. Ahora, con este análisis, se confirma que la quema de carbón, petróleo y gas es la causa última de que los incendios sean tan virulentos. La propia Friederike Otto lo resume sin rodeos: «Estamos presenciando otro desastre más provocado por el mismo factor: la quema de combustibles fósiles».
Más contaminación y más riesgo para la población
Los incendios no solo arrasan bosques y viviendas. También liberan a la atmósfera enormes cantidades de contaminantes que afectan directamente a la salud de las personas. En Francia, la concentración de partículas en suspensión cerca de Burdeos superó en un factor de 20 el nivel considerado aceptable para la calidad del aire. El hecho de que los incendios forestales liberen más contaminantes de lo estimado obligó a las autoridades a movilizar la reserva estratégica nacional de mascarillas FFP2.
Esta contaminación se suma a los efectos de unas olas de calor que ya de por sí están golpeando duramente a la población. El organismo europeo que monitoriza la mortalidad, conocido como European Mortality Monitor, estima que la ola de calor de junio de 2026 provocó una sobremortalidad de más de 10.000 personas en Europa, con más de 5.700 fallecimientos solo en Francia. Las altas temperaturas son, con diferencia, el riesgo climático más letal, y los expertos calculan que ya están matando a cientos de miles de personas al año en todo el mundo.
El caso de la avispa asiática, que está expandiendo su presencia por España debido a los inviernos más suaves, es otro ejemplo de cómo el calentamiento global altera los ecosistemas y afecta a la vida cotidiana. La Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) advierte de que la temporada de actividad de estos insectos se está alargando, lo que aumenta las posibilidades de exposición a sus picaduras y eleva el riesgo de reacciones alérgicas. No es un fenómeno aislado: los científicos señalan que el hemisferio norte se está calentando casi al doble de velocidad que el hemisferio sur, lo que explica por qué Europa está en el punto de mira.
Un llamamiento urgente a la acción
La comunidad científica internacional lleva años repitiendo que no hay tiempo que perder. Julie Arrighi, directora de Programas del Centro Climático de la Cruz Roja, subraya que «debemos acelerar la aplicación de medidas de adaptación y prevención frente a los incendios, al tiempo que reforzamos la inversión en la capacidad de respuesta». La sucesión de riesgos climáticos que estamos viviendo este verano es una llamada de atención sobre los desafíos que se avecinan y un impulso para adoptar una acción climática ambiciosa.
El secretario ejecutivo de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, Simon Stiell, insiste en que «el hecho de que la humanidad siga quemando cantidades colosales de carbón, petróleo y gas está calentando nuestro planeta, haciendo que estas condiciones sean cada vez más peligrosas y que estos megaincendios sean más mortíferos y destructivos». Los científicos no quieren ser alarmistas, pero los datos son tozudos.
Este mismo equipo de investigadores ya había constatado que el cambio climático agravó los incendios forestales en la península. Otros análisis sobre la temporada de incendios llegaron a conclusiones similares. La tendencia es inequívoca: cada verano que pasa, los fuegos son más grandes, más intensos y más difíciles de controlar.
Los expertos también señalan que, más allá de la mitigación, es necesario adaptarse a la nueva realidad. La transición energética avanza, aunque a un ritmo que muchos consideran insuficiente. Mientras tanto, los efectos del calentamiento global se siguen notando en forma de incendios, sequías, inundaciones y olas de calor. No existe una «nueva normalidad» a la que acostumbrarse, sino un continuo empeoramiento de la situación si no se actúa con decisión para estabilizar el clima y detener el uso de combustibles fósiles.
