Los incendios forestales liberan más contaminantes de lo estimado

  • Un gran estudio global concluye que los incendios forestales emiten alrededor de un 21% más de contaminantes de lo calculado hasta ahora.
  • La inclusión de compuestos orgánicos intermedios y semivolátiles revela emisiones anuales de unos 143 millones de toneladas.
  • Pastizales, bosques y turberas son las principales fuentes, con zonas críticas en África y Asia donde se mezclan humo y contaminación urbana.
  • Las nuevas cifras mejoran los modelos de calidad del aire y obligan a replantear políticas de salud y clima también en Europa y España.

Humo de incendios forestales y contaminantes

Cuando un fuego arrasa un monte, lo que se ve a simple vista son llamas y columnas de humo, pero la parte más peligrosa del incendio no siempre se distingue a ojo. En esa nube gris viaja una mezcla enorme de gases y partículas diminutas que, según una nueva investigación internacional, son todavía más abundantes de lo que se creía.

Un amplio análisis de datos de incendios en todo el planeta concluye que los incendios forestales y las quemas controladas lanzan al aire bastante más contaminación de la que recogían los inventarios oficiales. Los autores calculan que las emisiones de compuestos orgánicos procedentes del fuego son, de media, un 21% superiores a las estimaciones previas, lo que dispara las alarmas sobre su impacto en la calidad del aire, la salud y el clima.

Un 21% más de contaminantes de lo calculado

Incendios forestales liberan más contaminantes

El trabajo, liderado por especialistas de la Universidad de Tsinghua (Pekín) y publicado en la revista científica Environmental Science & Technology de la American Chemical Society, revisa de arriba abajo la contribución de los incendios a la contaminación atmosférica. Al incorporar contaminantes que antes apenas se tenían en cuenta, los investigadores estiman que, cada año, los fuegos liberan unos 143 millones de toneladas de compuestos orgánicos a la atmósfera.

Estos compuestos incluyen desde gases relativamente conocidos hasta sustancias de comportamiento más complejo, que se transforman con facilidad en material particulado fino. Esta fracción de partículas microscópicas es uno de los contaminantes más críticos para la salud porque puede penetrar hasta las zonas más profundas del sistema respiratorio e incluso alcanzar el torrente sanguíneo.

Según explicó el equipo autor del estudio, las cifras revisadas elevan el inventario global de contaminantes asociados al fuego aproximadamente un 21%. Esto significa que buena parte de las evaluaciones realizadas hasta ahora sobre el efecto del humo en la salud humana y en el clima estaban, sencillamente, por debajo de la realidad.

Los investigadores subrayan que este nuevo inventario ofrece una base más sólida para los modelos de calidad del aire y los análisis de riesgo sanitario. En la práctica, ayuda a ajustar mejor los avisos a la población, los planes de prevención y las políticas de reducción de emisiones, también en regiones alejadas de los grandes focos de incendios.

Los contaminantes invisibles del humo

Partículas finas e impacto del humo de incendios

Cada temporada, bosques, pastizales y turberas liberan una mezcla compleja de vapor de agua, cenizas de incendios y compuestos basados en carbono cuando se incendian, ya sea por causas naturales o por quemas dirigidas. Dentro de esa mezcla están los conocidos compuestos orgánicos volátiles (VOC), que se evaporan rápidamente y participan en reacciones químicas que degradan la calidad del aire.

Sin embargo, el gran salto de este estudio ha sido incluir en los cálculos a los compuestos orgánicos de volatilidad intermedia y semivolátil, conocidos como IVOC y SVOC. Estas sustancias pasan a estado gaseoso a temperaturas algo más altas y se habían quedado fuera de muchos inventarios por su enorme diversidad y la dificultad técnica de medirlas.

En la atmósfera, IVOC y SVOC se convierten con relativa facilidad en partículas finas, que representan uno de los contaminantes más nocivos por su capacidad para colarse en los pulmones y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Hasta ahora, la mayoría de los trabajos se centraban casi exclusivamente en los VOC, de modo que el impacto real del humo quedaba claramente infraestimado.

Los autores señalan que las emisiones derivadas del fuego son tan complejas que aún queda trabajo por hacer para caracterizar por completo todos los compuestos presentes en el humo. Pese a ello, la inclusión de IVOC y SVOC ya permite tener una imagen mucho más fiel de lo que ocurre cuando un incendio se desata en un ecosistema.

Otro aspecto clave es que estos contaminantes no se quedan junto al frente de llamas: las corrientes de aire los transportan a cientos o incluso miles de kilómetros, afectando a poblaciones que no ven el fuego, pero sí respiran su huella química.

Cómo se llevó a cabo la investigación

Mapa global de incendios y contaminación

Para elaborar este inventario, el equipo recurrió a una base de datos global de superficie quemada entre 1997 y 2023, que abarca incendios en distintos tipos de vegetación: selvas tropicales, bosques boreales y templados, herbazales y turberas, abarcando también el impacto en el suelo. Esta información satelital y de campo se combinó con registros de emisiones existentes y con mediciones específicas de distintos compuestos orgánicos.

En aquellos ecosistemas donde no existían datos directos, los científicos recurrieron a experimentos de laboratorio que simulaban la quema de diferentes tipos de vegetación. A partir de estas pruebas, pudieron predecir cuántos y qué tipos de compuestos se liberaban, completando así los huecos del rompecabezas.

Con todo este material, el grupo de investigación construyó el inventario más completo hasta la fecha sobre contaminación orgánica asociada a incendios. El resultado es una estimación media de 143 millones de toneladas anuales de compuestos orgánicos emitidos por el fuego, cifra que amplía de forma notable los cálculos sobre los que se venían apoyando los modelos climáticos y de salud.

El trabajo contó con el apoyo de entidades como la Fundación Nacional de Ciencias Naturales de China y el uso de infraestructuras de alto rendimiento, como el Centro de Computación de la Universidad de Tsinghua, lo que permitió manejar grandes volúmenes de datos de forma precisa.

Los autores aclaran que uno de los objetivos principales era comprobar cuánto cambiaban las cifras al sumar esos contaminantes tradicionalmente ignorados. La diferencia encontrada —ese 21% extra— pone de manifiesto que los inventarios anteriores se quedaban cortos y que es necesario actualizar tanto los modelos como las políticas basadas en ellos.

Dónde se concentra la contaminación por incendios

El estudio identifica varios puntos calientes de emisiones donde los incendios, naturales o provocados, contribuyen de manera muy intensa a la contaminación del aire. Entre las regiones más destacadas figuran el sur y norte de África, el sudeste asiático y Asia ecuatorial, zonas donde la quema de vegetación —incluyendo prácticas agrícolas y deforestación— es especialmente frecuente.

En el caso del sur de África, los investigadores señalan niveles particularmente elevados, con valores que alcanzan en algunos lugares 4,4 toneladas de compuestos orgánicos por kilómetro cuadrado y año. Esta cifra sitúa a la región como uno de los grandes focos mundiales de contaminación asociada al fuego.

El trabajo también constata que existen áreas en las que se solapan el humo de los incendios y la contaminación industrial y urbana, creando escenarios especialmente complejos. Sucede, por ejemplo, en partes del sudeste asiático o del norte de África, donde a las emisiones de los fuegos se suman las procedentes de vehículos, fábricas y otras actividades humanas.

En estas zonas, la combinación de fuentes hace que las cantidades de IVOC y SVOC de origen natural y antropogénico sean comparables, lo que complica la tarea de diseñar medidas eficaces de control de la calidad del aire. Las autoridades se ven obligadas a actuar al mismo tiempo sobre la gestión del fuego y sobre las emisiones urbanas.

Los autores del estudio insisten en que no todas las regiones requieren las mismas soluciones. Allí donde predominan las quemas agrícolas o forestales, será clave revisar las prácticas de uso del fuego, mientras que en áreas altamente industrializadas habrá que combinar la reducción de emisiones de origen humano con una mejor prevención y gestión de los incendios.

Relevancia para Europa y España

Aunque el trabajo se centra en el conjunto del planeta, sus conclusiones tienen implicaciones directas para Europa y para países como España, donde los incendios forestales se han intensificado en los últimos años en el contexto del cambio climático. Veranos más largos, olas de calor y sequías recurrentes se han traducido en temporadas de fuego más agresivas y difíciles de controlar; en particular, los incendios en España y Portugal muestran tendencias preocupantes.

En la cuenca mediterránea, los episodios de humo procedente de incendios locales o de otros países ya se reflejan en los índices de calidad del aire. Hay jornadas en las que las estaciones de medición registran picos de partículas finas asociados claramente a incendios, incluso cuando estos se encuentran a cientos de kilómetros de distancia.

Las nuevas estimaciones sugieren que la carga real de contaminantes en estas situaciones podría estar siendo todavía mayor que la que se refleja en los datos modelizados que utilizan las agencias europeas. Esto afecta tanto al seguimiento de las directivas de calidad del aire como a las recomendaciones sanitarias durante episodios de humo intenso.

En España, donde los incendios han quemado en algunos años centenares de miles de hectáreas, el estudio refuerza la necesidad de integrar el factor “humo de incendios” en las estrategias de salud pública. Esto implica, por ejemplo, preparar protocolos específicos para avisar a la población vulnerable —personas mayores, niños, personas con enfermedad respiratoria crónica— cuando se prevén intrusiones importantes de humo.

Además, la investigación respalda la idea de que las políticas de prevención de incendios y de ordenación del territorio son también políticas de calidad del aire. Reducir la carga de combustible en los montes mediante la biomasa para limpiar montes, evitar el abandono rural y mejorar la coordinación entre servicios de emergencias y autoridades ambientales se convierte, de facto, en una forma de disminuir la exposición de la ciudadanía a contaminantes peligrosos.

Consecuencias para la salud y el clima

El incremento estimado en las emisiones tiene consecuencias directas sobre la salud pública. Las partículas finas formadas a partir de VOC, IVOC y SVOC se asocian a mayor riesgo de crisis de asma, bronquitis, infecciones respiratorias y eventos cardiovasculares. En situaciones de humo denso, hospitales y centros de salud suelen registrar aumentos en las urgencias respiratorias, algo que puede intensificarse si los niveles reales de contaminantes son más altos de lo que se creía.

Además de los efectos a corto plazo, existe preocupación por la exposición repetida a dosis moderadas de estos contaminantes, que puede favorecer el desarrollo de enfermedades crónicas y, según apuntan algunos trabajos, incluso contribuir a problemas neurodegenerativos o a daños en otros órganos.

En el plano climático, el humo de los incendios libera grandes cantidades de carbono en forma de gases y partículas. Una parte de estos compuestos contribuye al calentamiento global, mientras que otra fracción modifica la forma en la que la atmósfera absorbe y refleja la radiación solar. Esta doble influencia hace que los incendios sean tanto una consecuencia como un motor adicional del cambio climático.

El estudio destaca que la contaminación orgánica generada por el fuego equivale a alrededor del 79% de la procedente de actividades humanas. Y, cuando se analizan en detalle los IVOC y SVOC, las cantidades liberadas por incendios y por fuentes antropogénicas resultan similares. Este equilibrio obliga a replantear el peso que se asigna a cada tipo de emisión en los modelos climáticos.

Para los autores, comprender mejor la composición real del humo es crucial si se quiere anticipar con mayor precisión tanto episodios de contaminación como impactos en el clima. Sin inventarios ajustados, advierten, cualquier política de mitigación corre el riesgo de quedarse corta o de centrarse en las fuentes equivocadas.

Retos y cambios necesarios en las políticas públicas

Una de las principales recomendaciones de los científicos es que las administraciones dejen de tratar los incendios forestales sólo como un problema local de extinción y restauración de ecosistemas. Dado que los contaminantes viajan a larga distancia y se mezclan con emisiones urbanas, la gestión del fuego debe considerarse también un asunto de salud ambiental global.

Los autores aconsejan aplicar estrategias diferenciadas según la combinación de fuentes de cada región. En zonas donde predominan los incendios de vegetación, las medidas de prevención, la regulación de quemas agrícolas y la gestión forestal son prioritarias. En áreas muy industrializadas, será imprescindible actuar sobre las emisiones de tráfico y fábricas a la vez que se refuerzan la vigilancia y la preparación frente a grandes incendios.

La investigación hace hincapié en que todavía faltan datos detallados sobre muchos compuestos orgánicos poco estudiados. Para avanzar, proponen ampliar las campañas de medición en campo, desarrollar nuevas técnicas analíticas y mejorar la integración entre observaciones y modelos informáticos.

En Europa y España, esta actualización del inventario mundial puede servir de base para ajustar los planes nacionales de calidad del aire y las estrategias de adaptación al cambio climático. Disponer de cifras más realistas de lo que emite el fuego ayuda a fijar prioridades y a justificar inversiones en prevención, vigilancia y sistemas de alerta temprana.

Las nuevas estimaciones pintan un escenario en el que los incendios forestales emergen como una fuente de contaminación mucho más relevante de lo que se venía asumiendo. Lo que a simple vista parece sólo humo y llamas es, en realidad, una compleja nube de sustancias invisibles que condiciona la salud de millones de personas y añade presión a un clima ya alterado.

consecuencias de los incendios forestales en el ecosistema
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