
La posibilidad de racionar el combustible en Europa ha pasado de ser un escenario remoto a una opción que las instituciones comunitarias ya se toman muy en serio. La combinación de guerra en Oriente Medio, bloqueo parcial de rutas clave y fuerte volatilidad en los mercados energéticos ha llevado a la Unión Europea (UE) a diseñar planes de emergencia por si la situación se complica aún más.
En este contexto, la Comisión Europea estudia medidas excepcionales que van desde limitar el uso de combustibles críticos hasta liberar más petróleo de las reservas estratégicas. Aunque el mensaje oficial insiste en que todavía no hay una crisis de suministro inmediata, Bruselas reconoce abiertamente que se prepara para escenarios «prolongados» y nada descartables.
Bruselas admite que se prepara para «los peores escenarios»
El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, ha puesto negro sobre blanco las preocupaciones que circulan en las capitales europeas. En varias entrevistas concedidas a la prensa internacional, el responsable comunitario ha admitido que la UE estudia «todas las opciones» para garantizar el abastecimiento energético en los próximos meses, incluida la del racionamiento de determinados combustibles.
Según Jørgensen, el análisis que se maneja en Bruselas es que se trata de «una situación larga» en la que los precios de la energía seguirán en niveles elevados durante bastante tiempo. Aunque insiste en que Europa «no se encuentra todavía» en una crisis de seguridad de suministro, sí advierte de que los gobiernos deben «asegurarse de que tienen lo que necesitan» y anticiparse antes de que el problema estalle.
El comisario recalca que por ahora las medidas más contundentes se contemplan solo como prevención. «Nos estamos preparando para los peores escenarios, pero aún no hemos llegado al punto de tener que racionar productos críticos como el queroseno o el diésel», ha señalado, remarcando que «es mejor estar preparados que lamentarlo».
En paralelo, la Comisión trabaja en un paquete de actuación para frenar, en la medida de lo posible, la escalada de precios y el impacto estructural de la crisis energética en la economía europea. El objetivo es evitar que un problema que hoy es coyuntural se traduzca en daños duraderos para la industria, el transporte y los hogares.
Guerra en Oriente Medio y cierre del estrecho de Ormuz: el origen del problema
El detonante de este clima de tensión es el conflicto abierto en Oriente Medio, con un enfrentamiento directo que implica a Estados Unidos e Israel frente a Irán. La dimensión geopolítica del choque ha ido mucho más allá del terreno militar y ha golpeado de lleno al sistema energético mundial.
Una de las consecuencias más visibles ha sido el cierre de facto del estrecho de Ormuz, un paso marítimo controlado por Teherán por el que transitaba alrededor de una quinta parte del transporte marítimo de crudo del planeta. Para mercados como el asiático, la dependencia de esta vía era aún mayor, lo que ha terminado tensionando precios y flujos de suministro en todos los continentes.
En los primeros compases de la guerra, el barril de Brent, referencia para Europa, llegó a rozar los 120 dólares. Desde entonces las cotizaciones se han moderado ligeramente y se mueven en el entorno de los 107-109 dólares, pero la palabra que más se repite en los mercados es volatilidad: cualquier noticia sobre el conflicto o las negociaciones para una hipotética tregua se traduce en movimientos bruscos en cuestión de horas.
La incertidumbre se ve agravada por mensajes dispares de los principales actores internacionales, desde las declaraciones de Washington sobre la duración de la contienda hasta las señales contradictorias sobre la disposición de Irán a pactar un alto el fuego. Todo ello alimenta el temor de que el suministro pueda verse comprometido si la crisis se alarga más de lo previsto inicialmente.
Qué combustibles podrían racionarse y a quién afectaría
Por ahora, Bruselas centra su preocupación en dos productos especialmente sensibles: el diésel y el queroseno. Se trata de carburantes con un peso enorme en la economía europea: el primero mueve buena parte del transporte por carretera y la logística, mientras que el segundo es vital para la aviación comercial y de carga.
La Comisión Europea admite que, en un escenario de empeoramiento claro, no descarta fijar límites al consumo o al repostaje de estos combustibles. La prioridad, llegado ese punto, sería mantener en funcionamiento los servicios considerados esenciales: transporte público, cadenas de suministro de alimentos y medicinas, servicios de emergencia, actividades agrícolas y, en última instancia, determinados sectores industriales clave.
En otros países del mundo ya se han visto ejemplos de medidas de este tipo, incluidos apagones y restricciones. Estados con mayor vulnerabilidad energética han limitado la cantidad de litros que cada conductor puede repostar al día o a la semana, han fijado prioridades para transportistas y agricultores o han restringido el uso del vehículo privado en determinados días.
En el caso europeo, las aerolíneas figuran entre los sectores más inquietos. La posibilidad de escasez de queroseno se suma a las divergencias normativas entre la UE y Estados Unidos sobre las especificaciones técnicas del combustible de aviación. Por el momento, Bruselas no ha tocado la regulación vigente, pero ha dejado la puerta abierta a cambios si la crisis se agrava.
Reservas estratégicas y papel de la Agencia Internacional de la Energía
Antes de llegar al racionamiento generalizado, la Comisión contempla una herramienta clave: la liberación adicional de reservas estratégicas de petróleo. Los países de la OCDE, coordinados a través de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), ya recurrieron hace poco tiempo a estas reservas en una operación calificada de histórica.
Jørgensen no cierra la puerta a que se repita una acción de este tipo si las tensiones en el mercado del crudo empeoran. La idea sería inyectar más oferta de forma puntual para aliviar los precios y asegurar el suministro en los momentos más delicados, aun a costa de reducir temporalmente el colchón de seguridad.
En paralelo, Bruselas mantiene su hoja de ruta para diversificar proveedores de gas y petróleo. La Comisión insiste en que, si es necesario, puede incrementar las importaciones procedentes de Estados Unidos y otros socios para compensar eventuales recortes desde regiones más inestables.
Eso sí, el Ejecutivo comunitario no prevé por ahora modificar este año el marco normativo que regula la entrada de gas natural licuado procedente de Rusia, un asunto especialmente sensible desde el inicio de la guerra en Ucrania. La prioridad inmediata está en evitar un shock de suministro al tiempo que se mantienen los objetivos de transición energética ya marcados.
Medidas de ahorro en movilidad y consumo antes de racionar
Mientras diseña planes de contingencia, la Comisión Europea ha enviado a los Estados miembros una serie de recomendaciones de ahorro energético pensadas para reducir el consumo de queroseno y diésel sin llegar al racionamiento obligatorio.
Entre las propuestas se incluyen fomentar el teletrabajo cuando sea posible, reducir los límites de velocidad en autopistas al menos 10 km/h y dar más peso al transporte público frente al vehículo privado. También se anima a promover el uso compartido del coche, mejorar los hábitos de conducción eficiente y evitar viajes en avión cuando existan alternativas razonables por tren, especialmente en trayectos de media distancia.
Algunos países ya han empezado a explorar restricciones puntuales al consumo o a la acumulación de carburantes para evitar compras masivas motivadas por el miedo. Se han visto límites de litros por repostaje o topes semanales en determinadas jurisdicciones europeas, siempre con el argumento de garantizar que la gasolina y el diésel lleguen a todos.
En otras regiones del mundo, con menos capacidad de refino o más dependencia del crudo importado, las medidas han ido más lejos: cierres parciales de gasolineras, sistemas de racionamiento por matrícula o prohibiciones de exportar combustible para priorizar el consumo interno. Todo ello sirve como referencia del tipo de decisiones que podrían llegar si la crisis diera un giro aún más negativo.
Impacto para España: sin racionamiento, pero con precios inestables
En el caso español, los expertos descartan que se vayan a imponer en el corto plazo límites directos al repostaje de gasolina o diésel similares a los ya aplicados en otros países. España cuenta con una de las mayores capacidades de refino de Europa, lo que le permite cubrir su propia demanda y, además, exportar carburantes a otros mercados del entorno.
Esto no significa, sin embargo, que España quede al margen de la crisis. El precio del crudo se fija en un mercado global y, cuando sube fuera, el efecto acaba trasladándose a las estaciones de servicio nacionales. Los conductores españoles ya han notado semanas de fuertes oscilaciones en los precios, coincidiendo con los momentos de mayor tensión internacional.
Para amortiguar el impacto en los bolsillos, el Gobierno ha optado por rebajar la carga fiscal sobre los combustibles. Entre las medidas aplicadas destacan la reducción del IVA del 21% al 10% y la bajada del Impuesto sobre Hidrocarburos hasta el mínimo permitido por la normativa europea. Estas decisiones han contribuido a contener parcialmente las subidas en el surtidor, aunque asociaciones de consumidores sostienen que el alivio es limitado frente a la magnitud de la crisis.
Los analistas consultados insisten en que, en el escenario actual, lo más probable es que los conductores sigan enfrentándose a una alta volatilidad de precios más que a problemas para encontrar combustible. La recomendación general es no caer en compras compulsivas ni acaparar, ya que ese comportamiento puede generar tensiones adicionales sin que exista una escasez real a corto plazo.
Una crisis que va más allá del coche: aviación, industria y economía europea
El debate sobre racionar el combustible no se limita a lo que pagamos al llenar el depósito del coche. La aviación comercial se encuentra entre los sectores más expuestos, por su dependencia absoluta del queroseno y por operar en un entorno ya presionado por regulaciones ambientales y costes crecientes.
Las aerolíneas siguen con lupa cada movimiento de la Comisión Europea, preocupadas por la posibilidad de que restricciones al queroseno o cambios regulatorios acelerados encarezcan aún más los vuelos o limiten la oferta en determinadas rutas. De haber problemas de suministro, la prioridad sería asegurar los enlaces considerados estratégicos, dejando en segundo plano rutas menos esenciales.
La industria europea tampoco es ajena al problema. Sectores que dependen del transporte pesado, de materias primas cuyo coste está muy ligado al precio de la energía o de procesos intensivos en combustibles fósiles ven cómo sus márgenes se reducen con cada subida del Brent. El riesgo de deslocalizaciones o pérdida de competitividad es uno de los grandes temores en Bruselas.
En los mercados financieros, la crisis energética derivada de la guerra en Irán también ha tenido reflejo en metales industriales y otros activos. La combinación de un dólar fuerte, temor a recesión y costes energéticos elevados ha provocado movimientos intensos en los precios, con semanas de subidas rápidas seguidas de correcciones bruscas ante cualquier cambio en las expectativas sobre el conflicto.
Con todo este panorama, la Unión Europea intenta caminar por una delgada línea: por un lado, lanzar un mensaje de tranquilidad sobre el suministro actual y evitar el pánico entre consumidores y empresas; por otro, reconocer abiertamente que se prepara para un escenario en el que racionar el combustible, especialmente diésel y queroseno, podría dejar de ser una hipótesis teórica para convertirse en una herramienta real de gestión de crisis. Para países como España, la elevada capacidad de refino reduce el riesgo de desabastecimiento, pero no los sobresaltos en el precio de la gasolina y el diésel, que seguirán muy vinculados a lo que ocurra en Oriente Medio y a las decisiones que se tomen en Bruselas en los próximos meses.

