El agua se ha convertido en un bien escaso en amplias zonas de España. Las lluvias del invierno y la primavera dieron una falsa sensación de normalidad, pero el calor intenso y el aumento del consumo han dejado los embalses bajo mínimos en varios territorios. La situación es especialmente crítica en el norte peninsular y en Baleares, donde ya se han activado restricciones y se pide a la población un uso responsable del recurso.
Esta escasez no solo afecta al suministro doméstico o al riego, sino que también ha encendido las alarmas en el ámbito financiero. El Banco de España ha señalado que el estrés hídrico se ha convertido en un factor de riesgo para la economía, con impacto directo en la inflación, los préstamos y la estabilidad de sectores clave como la agricultura o el turismo. La sequía, por tanto, ya no es una cuestión meramente ambiental, sino un problema que toca el bolsillo de los ciudadanos y las cuentas de las empresas.

Alerta en el norte y Baleares
La escasez de agua ha obligado a declarar la alerta oficial en varias cuencas gallegas. El Diario Oficial de Galicia publicó el 14 de agosto la resolución de Augas de Galicia que activa la situación de escasez severa en el subsistema de abastecimiento de Baiona, así como en los ríos Lérez y Anllóns. Esta medida implica restricciones en usos no esenciales, como el riego de jardines o el llenado de piscinas, y un control exhaustivo del consumo. En municipios como Vigo o Pontevedra se ha pedido a los ayuntamientos reducir el gasto en un 15%.
La situación no es exclusiva de Galicia. Greenpeace ha alertado de que las reservas acumuladas durante el invierno se han evaporado por el calor y el sobreconsumo. En Baleares, los acuíferos de Mallorca han caído hasta el 39% de su capacidad en plena temporada turística, lo que condiciona la gestión del agua en los destinos con mayor demanda. Asturias también sufre los efectos, con ganaderos que dependen de camiones cisterna para abastecer a sus animales.
El agua como riesgo financiero
El impacto de la sequía va más allá de las restricciones. El Banco de España ha puesto el foco en el agua como un activo estratégico y una fuente de riesgo crediticio. Según la subgobernadora Soledad Núñez, la falta de agua puede reducir rendimientos agrícolas, encarecer insumos y tensionar las cadenas de suministro, lo que acaba afectando a los balances empresariales y a la capacidad de repago de los préstamos. De hecho, el Banco Central Europeo estima que el 72% de las empresas no financieras del área del euro dependen de servicios ecosistémicos, y una parte sustancial de esa dependencia está vinculada al agua.
Los shocks de escasez hídrica pueden generar pérdidas económicas superiores a las de otros fenómenos climáticos por su carácter multisectorial. Además, alrededor del 20% de los préstamos bancarios en España están ligados a actividades sensibles a la degradación del agua, como la agricultura, la alimentación o el turismo. Esto obliga a las entidades a integrar el riesgo hídrico en sus análisis de crédito y en las pruebas de resistencia.
Medidas para afrontar la escasez
Desde Greenpeace se insiste en que la sequía no se gestiona solo con medidas de última hora, sino con una planificación estructural. La organización denuncia que el 30% del agua potable se pierde por fugas en las tuberías y que la sobreexplotación de los ríos para la agroindustria agrava el problema. Por eso, reclama la reparación urgente de las redes, el cierre de captaciones ilegales y la garantía de caudales ecológicos.
En el ámbito financiero, la coordinación entre administraciones, empresas y supervisores es esencial para canalizar capital hacia soluciones que reduzcan la vulnerabilidad hídrica. La inversión en eficiencia, reutilización y digitalización del riego no solo protege el medio ambiente, sino que también estabiliza los ingresos de sectores estratégicos y mejora la resiliencia de la economía española ante un futuro cada vez más seco.
La situación actual en Galicia, Baleares o Asturias es un aviso de lo que puede venir si no se actúa con contundencia. La frontera entre lo ambiental y lo financiero se ha vuelto porosa, y el agua, que durante décadas se consideró un recurso estable, ahora condiciona desde el precio de los alimentos hasta la solidez del sistema bancario. Urge pasar de la reacción a la prevención, con datos fiables, inversión en infraestructuras y una gestión que anteponga el interés común a los intereses particulares.