
Parece que el sector de la aviación, uno de los huesos más duros de roer en esto de la descarbonización, por fin está viendo la luz al final del túnel. Mientras que los coches eléctricos ya son parte del paisaje, los aviones lo tienen mucho más crudo porque no pueden cargar con baterÃas pesadÃsimas para cruzar el charco. La solución que está ganando papeletas no es otra que fabricar combustible de la nada, o mejor dicho, aprovechando el CO2 que ya nos sobra en la atmósfera y combinándolo con energÃa limpia.
La noticia ha saltado con fuerza tras la apertura de la primera instalación comercial de este tipo en Estados Unidos, pero en nuestro lado del mapa, concretamente en España y el resto de Europa, no nos estamos quedando de brazos cruzados. Se trata de una tecnologÃa que suena a ciencia ficción pero que ya es una realidad tangible: capturar el carbono del aire para darle una segunda vida en forma de hidrocarburo lÃquido, cerrando asà un cÃrculo que hasta ahora era una lÃnea recta hacia el calentamiento global.
AirPlant One y el despegue de la tecnologÃa Power-to-Liquid
En Moses Lake, Washington, la empresa Twelve ha marcado un antes y un después con la inauguración de AirPlant One. Esta planta no utiliza petróleo, sino que se basa en el proceso denominado Power-to-Liquid (PtL), permitiendo transformar la luz solar y el CO2 en combustibles sintéticos. Básicamente, lo que hacen es pillar CO2 capturado, agua y electricidad de fuentes renovables para montar moléculas de queroseno. El resultado es el bautizado como E-Jet, un combustible que ha pasado todas las certificaciones oficiales para ser usado en vuelos comerciales sin que haya que tocar ni un tornillo de los motores actuales.
Lo mejor de todo es que este invento no se limita solo a hacer volar aviones. De la misma cadena de producción sale la E-Nafta, una materia prima que es como el santo grial para la industria quÃmica. Gracias a ella, se pueden fabricar plásticos, fibras para ropa o envases sin tener que sacar una sola gota de crudo del subsuelo. Es una forma de atacar la dependencia del petróleo y de los combustibles fósiles desde varios frentes a la vez, algo que nos viene de perlas para ganar autonomÃa energética.
Si nos ponemos a mirar las cifras, la cosa promete bastante. Según los responsables del proyecto, el uso de este queroseno sintético puede llegar a recortar las emisiones de carbono en un 90% a lo largo de todo su ciclo de vida. Esto ocurre porque el CO2 que escupe el avión por la turbina es exactamente el mismo que se ha quitado del aire previamente para fabricar el combustible. Al final, es como si estuviéramos reciclando el aire sucio para movernos, lo cual no está nada mal viendo cómo está el patio.
El papel de España y el proyecto europeo STEROPE

Pero ojo, que en España tenemos mucho que decir en esta carrera. El Consejo Superior de Investigaciones CientÃficas (CSIC), a través del Instituto de Catálisis y PetroleoquÃmica en Madrid, lidera una parte fundamental del proyecto europeo STEROPE. Aquà no se andan con chiquitas: han diseñado una planta piloto dentro de un contenedor de transporte que es capaz de fabricar metanol a partir de CO2 e hidrógeno verde. Este metanol es la base para luego crear el combustible final que necesitan los barcos y los aviones.
La investigadora Silvia Morales de la Rosa es una de las voces cantantes en este proyecto, y tiene claro que España tiene una ventaja competitiva brutal. Gracias a que nos sobra sol y viento, podemos generar ese hidrógeno verde de forma barata, aprovechando los proyectos de hidrógeno verde en España, que es el ingrediente que encarece todo el proceso. La idea es que estas fábricas portátiles se muevan por toda Europa, desde refinerÃas en Grecia hasta laboratorios en Bélgica o Italia, demostrando que podemos ser independientes energéticamente sin necesidad de importar gas o petróleo de fuera.
El objetivo de la Unión Europea es ambicioso, ya que para el año 2050 el 70% del combustible que usen los aviones debe ser de origen renovable. Con proyectos como STEROPE, no solo se busca llegar a esa meta, sino que se aspira a superar las expectativas de reducción de emisiones, alcanzando niveles del 95% si todo el proceso se alimenta con energÃa limpia. Es una apuesta estratégica que coloca a la ciencia española en el centro del tablero mundial de la energÃa.
Escalabilidad y el reto de los costes industriales
A diferencia de otros combustibles sostenibles que se hacen con aceites usados o restos de agricultura, la ruta electroquÃmica (la que usa CO2 y luz) tiene un potencial de crecimiento mucho mayor. No dependemos de si hay buena cosecha o de cuánta biomasa se puede recolectar; aquà el lÃmite lo pone la capacidad de generar electricidad renovable y la tecnologÃa de los electrolizadores. Es un proceso que imita la fotosÃntesis de las plantas pero a lo bestia, de forma industrial y mucho más rápida.
Eso sÃ, todavÃa hay una piedra en el camino: el precio. A dÃa de hoy, fabricar este «queroseno de laboratorio» sale más caro que seguir quemando el de toda la vida. Sin embargo, los expertos son optimistas porque el coste de las placas solares y los molinos de viento no para de bajar. Además, a medida que se construyan más plantas como la de Washington o las de España, la economÃa de escala hará su magia y los precios se irán ajustando para que las aerolÃneas no tengan excusa a la hora de llenar el depósito.
Esta transición hacia un modelo de transporte aéreo que no castigue al planeta es un camino largo, pero los pasos que se están dando ahora son de gigante. Al utilizar infraestructuras que ya existen, como los tanques de los aeropuertos y los motores actuales, se gana un tiempo precioso que no tenemos para frenar el cambio climático. Contar con una alternativa que aproveche los recursos más abundantes de la Tierra, como son el sol y el propio carbono que nos sobra, es la jugada más inteligente que podemos hacer para seguir volando sin cargo de conciencia.


