En los últimos años, la presencia de microplásticos en el agua potable se ha convertido en una de las grandes preocupaciones ambientales y sanitarias a escala global. Estas diminutas partículas, casi siempre invisibles a simple vista, se han detectado en ríos, mares, acuíferos e incluso en el grifo de casa, también en Europa.
En este contexto, un árbol muy conocido en regiones tropicales está acaparando la atención de la comunidad científica: la moringa. Sus semillas, utilizadas desde tiempos antiguos para clarificar el agua, han demostrado en laboratorio ser capaces de eliminar hasta el 98% de ciertos microplásticos, lo que abre la puerta a un posible cambio de enfoque en el tratamiento de aguas residuales y potables.
Qué son los microplásticos y por qué preocupan tanto
Los microplásticos son fragmentos de material plástico de menos de cinco milímetros que proceden de envases degradados, neumáticos, textiles, pinturas y multitud de productos cotidianos. Con el tiempo, la radiación solar, la fricción y otros procesos físicos los van desmenuzando hasta tamaños microscópicos.
Estas partículas acaban en los sistemas hídricos a través de la lluvia, el escurrimiento superficial, las aguas residuales urbanas e industriales y la propia atmósfera. Una vez en ríos y mares, pueden ser ingeridas por organismos acuáticos y entrar en la cadena alimentaria, llegando indirectamente también a las personas.
El problema no se limita solo a su tamaño: los plásticos pueden transportar aditivos químicos y contaminantes adheridos, lo que multiplica los riesgos. Los llamados nanoplásticos, aún más pequeños, son especialmente preocupantes porque pueden penetrar en barreras biológicas.
Diversos estudios señalan que estas partículas minúsculas pueden alcanzar órganos vitales como pulmones, riñones, hígado, corazón o cerebro, además de circular por el torrente sanguíneo. Aunque la investigación aún está en marcha, se han asociado a posibles efectos sobre el sistema cardiovascular, el aparato respiratorio y la salud reproductiva.
La moringa, un «árbol milagroso» con larga historia en la depuración de agua

La moringa, conocida popularmente como árbol milagroso, se cultiva desde hace siglos en regiones de clima cálido por sus múltiples aplicaciones. Se le atribuyen usos en la alimentación, la medicina tradicional, la agricultura sostenible y, desde antiguo, en la clarificación del agua.
Se cree que ya en el antiguo Egipto se utilizaban las semillas de moringa para reducir la turbidez del agua y eliminar bacterias, aprovechando sus propiedades coagulantes naturales. Hoy, esa práctica tradicional está siendo revisitada con herramientas científicas modernas.
Este árbol se caracteriza por su rápido crecimiento, su notable resistencia a la sequía y su capacidad para prosperar en suelos áridos y degradados. Apenas necesita insumos intensivos, puede actuar como sumidero de carbono y ayuda a mantener e incluso mejorar la biodiversidad local.
Además de su potencial en la depuración de agua, la moringa se usa en el tratamiento de la desnutrición y diversas enfermedades, y forma parte de productos nutricionales y cosméticos. Esta combinación de usos hace que su cultivo tenga un interés añadido en proyectos de desarrollo rural y economía circular.
El estudio que demuestra que la moringa elimina hasta el 98% de los microplásticos
Un equipo de la Universidad Estatal Paulista (UNESP), en Brasil, liderado por la investigadora Gabrielle Batista, ha analizado en detalle la capacidad de las semillas de moringa para eliminar microplásticos del agua. Los resultados se publicaron en la revista ACS Omega.
En el trabajo se preparó un extracto salino a partir de semillas de moringa, que se empleó como coagulante, y se comparó con el sulfato de aluminio (alumbre), el producto químico más utilizado en muchas plantas de tratamiento, también en Europa, para clarificar el agua.
Ambos coagulantes se pusieron a prueba frente a partículas de microplástico de PVC de unos 15 micrómetros de diámetro. Este tamaño es especialmente problemático porque es lo bastante pequeño como para atravesar filtros estándar pero suficientemente grande para cargar con sustancias tóxicas adheridas.
Los resultados mostraron que la moringa y el alumbre lograron eliminar más del 98% de las partículas de PVC presentes en el agua en las condiciones de laboratorio empleadas. En otras palabras, la eficacia de la solución vegetal fue, al menos, comparable a la del coagulante químico convencional.
Cómo funciona la moringa como coagulante natural
El mecanismo que explica este comportamiento se basa en la coagulación y la floculación. Muchas partículas de microplástico tienen carga eléctrica negativa, lo que hace que se repelan entre sí y se mantengan dispersas en el agua, esquivando así los filtros físicos.
Cuando se añade al agua el extracto de moringa o el alumbre, se neutraliza parcialmente esa carga. Al reducirse la repulsión eléctrica, las partículas comienzan a acercarse y a unirse, formando agregados de mayor tamaño llamados flóculos.
Estos flóculos resultantes son lo bastante grandes como para ser retenidos por un filtro de arena u otros sistemas mecánicos habituales en las estaciones de tratamiento. De este modo, el proceso permite atrapar lo que antes escapaba a los métodos tradicionales.
El estudio comprobó, además, que la moringa era eficaz tanto en filtración en línea como en filtración directa. Esto implica que podría prescindirse de una fase específica de floculación, que suele requerir equipamiento adicional y un consumo energético significativo.
Otro aspecto destacado es que el coagulante derivado de moringa mostró una mayor estabilidad en un rango amplio de pH, manteniendo su eficacia sin necesidad de ajustar tanto las condiciones químicas del agua como ocurre a menudo con el alumbre.
Ventajas frente a los coagulantes químicos usados en Europa
En la actualidad, muchas plantas de tratamiento de aguas residuales y potables en Europa emplean métodos físicos y químicos combinados para reducir la presencia de microplásticos. Entre los químicos, el sulfato de aluminio sigue siendo uno de los coagulantes estrella.
El alumbre es efectivo, pero no está exento de efectos secundarios. Un uso inadecuado o excesivo puede incrementar la concentración de aluminio en el agua tratada, algo que se ha relacionado en algunos estudios con posibles trastornos neurológicos, incluida la enfermedad de Alzheimer, aunque la evidencia definitiva sigue en debate científico.
Además, el proceso de coagulación con sulfato de aluminio genera grandes volúmenes de lodos difíciles de gestionar. Esos residuos suelen terminar en vertederos y, con el tiempo, pueden liberar compuestos que se filtran al suelo y a las masas de agua cercanas.
A todo ello hay que sumar el impacto ambiental ligado a la producción del propio alumbre. Requiere la explotación minera de bauxita a cielo abierto en regiones como Australia, Brasil, Guinea, Guyana o Jamaica, lo que puede provocar deforestación, pérdida de hábitats y emisiones asociadas al transporte y refinado.
Frente a este escenario, la moringa se presenta como una alternativa vegetal, renovable y no tóxica. Su cultivo no necesita infraestructuras industriales complejas, puede integrarse en proyectos agroforestales y, si se gestiona de forma sostenible, reduce de forma notable la huella ambiental del proceso de tratamiento de agua.
Microplásticos y normativa en Europa: dónde encaja la moringa
La Unión Europea ha ido reforzando en los últimos años sus protocolos de control de microplásticos en el agua potable y en las aguas residuales, conscientes de que se trata de un contaminante emergente con potencial impacto en la salud pública.
A pesar de estos avances regulatorios, los métodos de tratamiento actualmente en marcha pueden no ser plenamente eficaces frente a las partículas más pequeñas, como los nanoplásticos o ciertos microplásticos finos que atraviesan filtros estándar y no siempre quedan retenidos en las etapas de coagulación y sedimentación tradicionales.
La investigación sobre la moringa llega en este contexto, ofreciendo una herramienta adicional que podría integrarse en los esquemas de tratamiento vigentes. En teoría, podría complementar o sustituir parcialmente a los coagulantes químicos, sobre todo en instalaciones que busquen reducir su dependencia de productos de origen mineral o sintético.
Para Europa, donde existe una red extensa de estaciones depuradoras y plantas potabilizadoras, la adopción de coagulantes vegetales como la moringa requeriría ajustes técnicos, ensayos a gran escala y una evaluación rigurosa de los costes logísticos asociados al suministro de semillas y a su procesamiento.
En paralelo, el posible uso de la moringa podría resultar especialmente interesante en zonas rurales, pequeñas poblaciones o proyectos de cooperación donde el acceso a productos químicos industriales es limitado o demasiado caro, y donde el cultivo local del árbol pueda integrarse en la economía de la comunidad.
Beneficios ambientales y sociales del cultivo de moringa
Desde el punto de vista ambiental, la moringa aporta varias ventajas: su rapidez de crecimiento y su resistencia a la sequía la convierten en una candidata idónea para programas de reforestación y restauración de suelos degradados, también en países mediterráneos con estrés hídrico.
Su capacidad para prosperar en terrenos pobres la hace interesante como sumidero de carbono y elemento de mejora del suelo, ayudando a fijar materia orgánica y a frenar la erosión en entornos vulnerables. Al mismo tiempo, sus flores y hojas contribuyen a la biodiversidad local, ofreciendo hábitat y alimento a insectos y otros organismos.
En el plano social y económico, el cultivo de moringa puede generar nuevas oportunidades de ingresos para agricultores locales gracias a la venta de semillas, hojas, aceite y otros derivados. Si a ello se suma su uso en el tratamiento de agua, se refuerza su valor estratégico en regiones con problemas de acceso a agua potable.
En España y otros países europeos con zonas áridas o semiáridas, algunos proyectos ya exploran el potencial agronómico de la moringa. Aunque todavía es un cultivo minoritario, la creciente demanda de soluciones naturales para la depuración y la nutrición podría impulsar su implantación de manera gradual.
Conviene, no obstante, planificar su expansión con criterios de sostenibilidad y adaptación al territorio, evitando introducirla en ecosistemas sensibles donde pudiera comportarse como especie invasora o alterar equilibrios ecológicos existentes.
Limitaciones del método y retos pendientes de la moringa
Pese a los resultados prometedores, los propios autores del estudio de la UNESP advierten que aún hay interrogantes importantes por resolver antes de que la moringa pueda incorporarse de forma generalizada a las plantas de tratamiento.
Uno de los puntos señalados es la liberación de carbono orgánico disuelto durante el proceso de coagulación con el extracto de semillas. Este carbono puede interferir en las etapas posteriores del tratamiento del agua, por ejemplo, incrementando la carga orgánica que deben gestionar otros procesos como la desinfección.
También es necesario comprobar cómo se comporta este sistema en condiciones reales de operación, con caudales grandes y agua de distinta composición química, más allá del entorno controlado del laboratorio donde se han realizado las primeras pruebas.
Otro reto tiene que ver con la logística: habría que garantizar un suministro estable y sostenible de semillas, así como desarrollar procesos sencillos para la obtención del extracto coagulante a escala industrial sin perder eficacia.
Por último, será fundamental que los estudios futuros analicen de manera exhaustiva la calidad final del agua tratada con moringa, incluyendo posibles subproductos o residuos, y comparen su comportamiento con el de los coagulantes convencionales en distintos escenarios climáticos y regulatorios, tanto en Europa como en otras regiones.
Con todo, el interés creciente por soluciones naturales y de menor impacto ambiental coloca a la moringa en el radar de administraciones, científicos y empresas del sector del agua. Si las próximas investigaciones confirman su rendimiento y seguridad, este árbol de crecimiento rápido podría convertirse en una pieza relevante en la lucha contra los microplásticos y en la modernización de los tratamientos de agua, ofreciendo a España y al resto de Europa una herramienta adicional para proteger la salud pública y el medio ambiente.