La inteligencia artificial dispara la huella ecológica de internet

  • La expansión de la IA y los centros de datos dispara el consumo eléctrico de internet y podría duplicarlo de aquí a 2030.
  • Gobiernos de España y la Unión Europea exigen más transparencia sobre la huella de carbono e hídrica de las infraestructuras digitales.
  • Expertos reclaman una sostenibilidad digital que combine eficiencia energética, derechos sociales y gobernanza democrática.
  • La concentración de poder en pocas plataformas cuestiona el modelo de un internet abierto, descentralizado y al servicio del bien común.

Impacto ambiental de la inteligencia artificial en internet

El auge de la inteligencia artificial y los grandes centros de datos está cambiando a toda velocidad las tripas de internet… y también su impacto sobre el planeta y la huella ecológica.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) advierte de que la demanda eléctrica ligada a la IA y a las infraestructuras de datos crece a un ritmo muy superior al del consumo global de electricidad. Sus estimaciones apuntan a que, si no se ponen límites y medidas de eficiencia, la electricidad utilizada por los centros de datos en todo el mundo podría duplicarse hacia 2030, con la inteligencia artificial como principal factor de ese salto.

La IA como nuevo motor del consumo energético de internet

Hasta hace poco, el debate ambiental sobre lo digital se centraba casi siempre en la “basura electrónica” y el reciclaje de dispositivos, desde ordenadores hasta móviles. Sin embargo, la conversación se ha desplazado hacia la enorme cantidad de energía que requieren los algoritmos de IA, la computación en la nube y los grandes centros de datos, y su consumo energético.

Según la AIE, el sistema energético global ha entrado en una fase marcada por la rápida expansión de la inteligencia artificial y por un despliegue masivo de centros de datos repartidos por todo el planeta. Estas infraestructuras necesitan una alimentación eléctrica constante, sistemas de refrigeración y, en muchos casos, un uso intensivo de agua para mantener la temperatura de los equipos bajo control.

La demanda de electricidad asociada a estos servicios digitales crece mucho más deprisa que el consumo energético total, lo que tensiona los objetivos climáticos y obliga a replantear hasta qué punto es sostenible el actual modelo de crecimiento de la economía digital. Cada nueva aplicación basada en IA, cada servicio en la nube y cada proceso automatizado añaden una capa más de consumo. Más información sobre la huella ecológica ayuda a entender estos retos.

Además, la llamada huella invisible de la red incluye no solo las grandes nubes públicas, sino también todas las plataformas de streaming, redes sociales, servicios de mensajería y aplicaciones que dependen de estos centros de datos. Desde el punto de vista del usuario apenas se percibe, pero el impacto sobre la red eléctrica y sobre las emisiones de CO₂ es cada vez mayor; ver análisis sobre huellas ecológicas aporta contexto.

Este escenario ha puesto contra las cuerdas la idea de que lo digital es siempre más limpio por definición. Los expertos en energía recuerdan que, sin una transición decidida hacia fuentes renovables, eficiencia extrema y modelos de IA menos derrochadores, el empuje de la inteligencia artificial puede disparar la huella ecológica de internet en las próximas décadas.

Además, la llamada huella invisible de la red incluye no solo las grandes nubes públicas, sino también todas las plataformas de streaming, redes sociales, servicios de mensajería y aplicaciones que dependen de estos centros de datos. Desde el punto de vista del usuario apenas se percibe, pero el impacto sobre la red eléctrica y sobre las emisiones de CO₂ es cada vez mayor.

Este escenario ha puesto contra las cuerdas la idea de que lo digital es siempre más limpio por definición. Los expertos en energía recuerdan que, sin una transición decidida hacia fuentes renovables, eficiencia extrema y modelos de IA menos derrochadores, el empuje de la inteligencia artificial puede disparar la huella ecológica de internet en las próximas décadas.

Sostenibilidad digital en el punto de mira del Día de Internet

El Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, conocido popularmente como Día de Internet, se celebra cada año bajo el paraguas de la ONU desde 2006. En esta edición, el lema elegido es «La sostenibilidad en la era digital», un síntoma claro de que la cuestión ambiental ha dejado de ser un asunto lateral para colocarse en el centro del debate tecnológico.

Las organizaciones que impulsan la jornada insisten en que internet y las tecnologías de la información atraviesan todos los ámbitos de la vida cotidiana: trabajo, educación, ocio, sanidad o administración pública, entre muchos otros. Por eso, sostienen que la sostenibilidad no puede limitarse a pequeños ajustes de eficiencia energética o a campañas puntuales de reciclaje, sino que ha de plantearse de forma amplia, estructural y con mirada de largo plazo.

En España, el acto central del Día de Internet volverá a celebrarse en el Senado, donde se darán cita representantes institucionales, empresas del sector digital, asociaciones de usuarios, internautas y organizaciones sociales. En ese espacio se abordará, entre otros puntos, cómo el despliegue de la IA y de las infraestructuras digitales está reconfigurando el mapa del consumo energético y qué papel deben jugar los poderes públicos para evitar un escenario insostenible.

Los promotores de la jornada recuerdan que, aunque internet ha sido un motor clave de innovación y crecimiento económico, también genera impactos materiales muy concretos: uso intensivo de energía, agua y minerales, residuos electrónicos difíciles de gestionar y una dependencia creciente de infraestructuras críticas concentradas en pocas manos. El desafío del agua y minerales se añade a este cóctel de impactos.

Con este contexto de fondo, el Día de Internet se convierte en una oportunidad para repensar tanto el modelo tecnológico dominante como las reglas del juego que deberían guiar el desarrollo de la inteligencia artificial y de la economía de datos, buscando que el progreso digital no choque frontalmente con los objetivos climáticos y de justicia social.

El Manifiesto de San Millán: una hoja de ruta para la sostenibilidad digital

En el marco de estas celebraciones se ha impulsado el llamado Manifiesto de San Millán, suscrito el pasado 17 de abril en esta localidad riojana, que aspira a servir como guía para orientar la transformación digital con criterios ambientales, sociales y democráticos. El documento plantea una visión amplia de la sostenibilidad digital, que va bastante más allá de optimizar consumos.

El manifiesto define la sostenibilidad digital como un enfoque que persigue minimizar el impacto ambiental del ecosistema tecnológico, promover la equidad social y garantizar el pleno respeto de los derechos de las personas en el entorno online. Entre sus propuestas destaca la necesidad de reducir la huella ecológica de la tecnología apostando por infraestructuras más eficientes, software optimizado y modelos de economía circular que alarguen la vida útil de los equipos.

También subraya la importancia de situar a las personas en el centro de la transformación digital, protegiendo los derechos digitales, reduciendo las brechas de acceso y garantizando la accesibilidad para colectivos vulnerables. Se insiste en impulsar una educación digital «sostenible, consciente y crítica» que permita a la ciudadanía comprender, cuestionar y decidir sobre la tecnología que utiliza.

Otro de los ejes clave del documento es la necesidad de promover una gobernanza tecnológica responsable, transparente y participativa, especialmente en lo que respecta al desarrollo y uso de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial. Esto implica reglas claras sobre la recogida y tratamiento de datos, el funcionamiento de los algoritmos y la rendición de cuentas de las grandes plataformas.

El espíritu del manifiesto enlaza directamente con la preocupación por el aumento de la huella hídrica y de carbono asociado a internet y a la IA. Sus impulsores defienden que cualquier estrategia de digitalización debe medir y controlar estos impactos, integrándolos en las políticas públicas y en las decisiones empresariales, para que la revolución tecnológica no se haga a costa del clima ni de los derechos de la ciudadanía.

España y la UE endurecen el control sobre centros de datos e infraestructuras digitales

Ante este panorama, el Gobierno español está trabajando en un proyecto de real decreto sobre eficiencia energética y sostenibilidad de los centros de datos. El objetivo es obligar a estas instalaciones a reportar de forma detallada sus consumos y su impacto ambiental, así como a introducir medidas de eficiencia y de aprovechamiento de recursos.

La normativa en preparación contempla que los centros de datos deberán informar sobre su consumo de energía, especificando la parte de origen renovable, y sobre el uso de agua, incluida el agua potable destinada a refrigeración u otros procesos. También se prevé impulsar la reutilización del calor residual generado por los servidores, de forma que pueda aprovecharse en redes de calefacción u otros usos industriales y urbanos.

Además de los aspectos estrictamente ambientales, el Gobierno quiere que estas infraestructuras presenten informes sobre su impacto social y económico en las zonas donde se ubican, ya que su llegada puede influir en el empleo, en la planificación urbanística y en la demanda local de recursos energéticos e hídricos.

Este movimiento legislativo se alinea con la normativa europea ya en vigor, que exige una mayor transparencia sobre la huella ambiental de las infraestructuras digitales y avanza hacia estándares comunes de medición y reporte. La Comisión Europea y los Estados miembros buscan evitar un escenario en el que el despliegue masivo de centros de datos y servicios de IA comprometa los objetivos climáticos del continente.

La combinación de regulaciones nacionales y europeas empieza a delinear un marco en el que las empresas tecnológicas deberán justificar con datos concretos su impacto, y no solo lanzar compromisos voluntarios de descarbonización. La presión regulatoria, unida al escrutinio público, puede convertirse en un incentivo poderoso para acelerar la transición hacia modelos de computación más eficientes y con menor huella ecológica.

Más allá de la energía: derechos digitales y concentración de poder

La discusión sobre la huella ecológica de internet está inevitablemente ligada a un debate más amplio sobre quién controla la tecnología y con qué reglas. El ingeniero de Telecomunicaciones Miguel Pérez Subías, presidente de la Asociación de Usuarios de Internet y uno de los impulsores del Día de Internet en España, insiste en que la sostenibilidad digital no puede reducirse a un problema técnico de kilovatios y emisiones.

En sus intervenciones públicas, Pérez Subías subraya que el impacto físico y ambiental de estas tecnologías —por su elevado consumo de energía, agua y minerales— debe abordarse junto con una dimensión social y democrática que asegure que la tecnología sea accesible, segura, transparente y realmente útil para mejorar la vida de las personas.

Para este experto, los derechos digitales —como la privacidad, la libertad de expresión, la neutralidad de la red o la protección frente a decisiones automatizadas— son tan fundamentales en el entorno online como lo fueron en su día los derechos civiles en el mundo físico. Si no se consolidan marcos normativos claros que garanticen estas protecciones, advierte, internet corre el riesgo de convertirse en un «lejano oeste» dominado por la opacidad y el abuso de posiciones dominantes.

Una de las grandes preocupaciones es la concentración de poder en unas pocas plataformas globales, que tienen capacidad para influir en lo que vemos, lo que compramos y en cómo se articula la conversación pública. Esta centralización choca con la promesa inicial de un internet descentralizado, plural y democratizador, y plantea dudas sobre quién se beneficia realmente del explosivo desarrollo de la inteligencia artificial.

En este contexto, Pérez Subías suele formular la que considera la cuestión clave de nuestro tiempo tecnológico: la pregunta no es solo qué puede lograr la tecnología, sino quién la gobierna, bajo qué valores y al servicio de qué intereses. Cuando los sistemas de IA que consumen ingentes cantidades de energía se diseñan y operan sin transparencia suficiente, el riesgo de que se priorice el beneficio a corto plazo por encima del bienestar colectivo aumenta notablemente.

El avance de la inteligencia artificial y de los centros de datos, con su fuerte demanda energética y su impacto ambiental cada vez más evidente, está obligando a replantear el relato triunfalista de la digitalización. A la vez que se multiplican las aplicaciones y servicios basados en IA, se abren debates incómodos sobre su coste ecológico, su compatibilidad con los objetivos climáticos y la necesidad de garantizar que la revolución digital responda al interés general y no solo a la lógica de unas pocas grandes corporaciones.

Al final, el impulso de la IA ha dejado claro que internet no es un espacio inmaterial sin consecuencias, sino una gigantesca infraestructura física sostenida por energía, agua y recursos finitos. El desafío para España y para Europa pasa por contener la huella ecológica de la red al mismo tiempo que se protege la innovación, se refuerzan los derechos digitales y se construye una gobernanza tecnológica más abierta, transparente y responsable, capaz de equilibrar progreso y sostenibilidad sin dejar a nadie atrás.

huella de carbono
Artículo relacionado:
Comprendiendo la huella de carbono: estrategias prácticas para hogares e instituciones