
El panorama energético en el otro lado del charco está viviendo una transformación que muchos no vieron venir tan pronto. Lo que durante décadas fue el motor indiscutible de la industria estadounidense, el carbón, está perdiendo la batalla frente al empuje de las renovables. No se trata solo de una cuestión de conciencia ecológica, sino de una pura y dura realidad de mercado que está desplazando a los combustibles fósiles de su trono histórico de una forma que parece ya no tener vuelta atrás.
Durante el pasado mes de mayo, se registró un hito que marcará un antes y un después en las estadísticas del sector. Por primera vez en la historia de la red eléctrica estadounidense, los paneles solares inyectaron más electrones al sistema que las centrales térmicas de carbón. Mientras la tecnología fotovoltaica aportó un sólido 12,8% del total de la electricidad del país, el carbón se vio relegado a un 12,2%, marcando uno de sus niveles de participación más bajos de los que se tiene constancia hasta la fecha.
La fotovoltaica marca un hito sin precedentes
Esta situación no es fruto de la casualidad, sino de una tendencia que se ha ido cocinando a fuego lento durante el último lustro. Según los datos que maneja el laboratorio de ideas energético Ember, junto con la patronal solar SEIA, la caída del carbón ha sido constante, perdiendo primero su liderazgo frente al gas natural y ahora viéndose adelantado por la derecha por la energía del sol. De hecho, en mayo la solar ya se colocó como la tercera fuente de generación, solo por detrás del gas y la nuclear.
Si echamos la vista atrás, apenas en 2021 la solar representaba un escaso 6% frente al 20% que ostentaba el carbón. Que en solo cinco años las curvas se hayan cruzado dice mucho de la velocidad a la que se están moviendo las fichas. En el primer trimestre de este año, se añadieron más de 7,8 gigavatios de nueva capacidad solar a la red, lo que demuestra que el apetito de los inversores por esta tecnología está lejos de saciarse.
Resulta llamativo que el país ya haya superado la barrera de los seis millones de instalaciones repartidas por todo su territorio. Esto incluye desde las gigantescas plantas en mitad del desierto hasta la energía solar distribuida que los vecinos ponen en sus tejados. La flexibilidad de esta tecnología permite que se adapte a cualquier escala, algo que las viejas y pesadas centrales térmicas simplemente no pueden igualar en términos de agilidad y costes operativos.
Además, el sector no viene solo, sino que trae de la mano un aliado fundamental: las baterías. El informe de Wood Mackenzie destaca que la solar y el almacenamiento mediante baterías han supuesto el 91% de toda la nueva capacidad de generación construida recientemente. Esta combinación es la que permite que el sistema sea estable y que se pueda aprovechar la energía solar de día y de noche, resolviendo uno de los grandes peros que siempre se le han puesto a las renovables.
El empuje de la Inteligencia Artificial y la nueva demanda

Uno de los motores que está acelerando este cambio de forma inesperada es el auge tecnológico. El hambre de energía que tienen los centros de datos para alimentar procesos de inteligencia artificial es voraz. Estas instalaciones necesitan suministro constante y barato, y las grandes empresas tecnológicas, como ocurre cuando Microsoft refuerza su apuesta por la solar, han encontrado en ella la mejor forma de asegurar su suministro a largo plazo mediante contratos directos con los productores.
Este aumento de la demanda está sacando al sector eléctrico de un letargo de casi veinte años en los que el consumo apenas variaba. Ahora, la necesidad de electrificar el transporte y la calefacción, sumada a la expansión de la industria nacional, está obligando a levantar nuevas infraestructuras a una velocidad de vértigo. Y en esa carrera, la solar es la que mejor se adapta por su rapidez de instalación comparada con cualquier otra fuente.
Las proyecciones para los próximos años son bastante optimistas a pesar de las trabas administrativas. Se espera que la generación solar experimente un crecimiento de un 56,9% para el próximo ejercicio, superando con creces los volúmenes de energía que el carbón podrá ofrecer a medida que las centrales más antiguas sigan cerrando sus puertas por falta de rentabilidad económica.
El pulso entre la política federal y la realidad del mercado

Lo curioso de esta historia es que este avance se está produciendo incluso con un viento político que sopla en contra en las altas esferas. A pesar de que la administración de Donald Trump ha intentado por activa y por pasiva dar un apoyo federal al carbón, la inercia del mercado es mucho más fuerte que cualquier decreto. Los planes de gastar millones en rescatar minas y plantas térmicas no parecen convencer a unos inversores que prefieren poner su dinero donde el retorno sea más seguro y rentable.
El gobierno ha llegado a anunciar inversiones de 700 millones de dólares para apuntalar la industria del carbón, alegando que es un negocio fundamental para la seguridad nacional. Sin embargo, los expertos del sector tienen claro que el capital fluye hacia la solar porque es, a día de hoy, el combustible que más rápido crece y el que ofrece la mejor rentabilidad posible. Es una batalla de números en la que los combustibles fósiles lo tienen cada vez más crudo para competir.
En el ámbito judicial también hay mucha tela que cortar. Se han vivido tensiones por la cancelación de programas de financiación para energías limpias, como el famoso Solar for All. Aunque algunos tribunales han desestimado demandas por falta de jurisdicción federal, otros jueces han anulado normativas que pretendían limitar las ventajas fiscales para los proyectos de renovables. Es un estira y afloja constante donde la industria intenta proteger su crecimiento frente a los ataques regulatorios.
Un fenómeno que recorre todo el mapa estadounidense
Hay una idea muy extendida de que esto de las placas solares es cosa de las costas o de zonas con una mentalidad muy progresista, pero nada más lejos de la realidad. Curiosamente, los estados donde Trump ganó las elecciones concentraron el 74% de la potencia solar instalada en el primer trimestre. Lugares como Texas, Florida u Ohio están a la cabeza de este despliegue, demostrando que cuando la economía funciona, los colores políticos pasan a un segundo plano.
Esta transformación que vemos en Estados Unidos tiene un reflejo muy claro en lo que estamos viviendo en España y el resto de Europa. La caída de los precios de la tecnología fotovoltaica y la necesidad de reducir la dependencia de combustibles importados están empujando una transición energética imparable a ambos lados del Atlántico. La Agencia Internacional de la Energía ya apunta a que las renovables serán la fuente principal de electricidad en todo el mundo para el final de esta década.
Al final, lo que queda claro es que la solar ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en el pilar del presente. La convergencia de precios bajos, una demanda tecnológica creciente y la facilidad para escalar los proyectos han creado una tormenta perfecta que está jubilando al carbón antes de lo previsto. Ni siquiera los cambios de rumbo políticos parecen capaces de frenar una inercia económica que ha encontrado en el sol su fuente de energía más abundante, asequible y eficiente para los próximos años.


