
La sensación de que cada vez llueve menos y hace más calor no es una simple impresión. Un nuevo mapa elaborado por el Joint Research Centre (JRC), el servicio científico de la Comisión Europea, confirma que la desertificación avanza en el continente, y España se sitúa a la cabeza de los países más afectados. El estudio, que por primera vez aplica una metodología armonizada a los 27 Estados miembros, revela que el 52,92% del territorio español presenta condiciones de desertificación, el porcentaje más alto de la UE, seguido de Chipre (45,15%) y Grecia (36%).
La desertificación, definida por la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) como la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, no significa que media España se haya convertido en un desierto. Se trata de un proceso más sutil pero igualmente preocupante: la pérdida de productividad del suelo por la combinación de variaciones climáticas y actividades humanas, como la sobreexplotación de acuíferos, la erosión o los incendios.
Un mapa que no deja lugar a dudas
El informe del JRC identifica las zonas áridas (drylands) mediante el índice de aridez y las cruza con indicadores de degradación del suelo, cobertura y productividad. El resultado es un mapa en el que las manchas rojas se concentran en la Península Ibérica, el sur de Italia, Grecia, Chipre, Bulgaria y Rumanía. Las zonas áridas cubren actualmente el 15% de la UE, unos 611.000 kilómetros cuadrados, y de esa superficie, el 86,56% ya sufre desertificación, lo que equivale a unos 530.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 12% del territorio comunitario. Cerca de 42 millones de personas viven en estas áreas degradadas.
España no solo destaca por la superficie afectada, sino también por la población expuesta: alrededor del 43% de sus habitantes reside en zonas con desertificación, una de las proporciones más elevadas de la Unión. El informe también señala que la nueva metodología detecta entre dos y tres veces más terreno degradado que los enfoques anteriores, lo que no significa necesariamente que la situación haya empeorado de repente, sino que ahora se mide con una regla más precisa.
El futuro: el problema se expande hacia el centro de Europa
Lo más preocupante del nuevo mapa no es solo la situación actual, sino las proyecciones. El JRC identifica otros 1.004.608 kilómetros cuadrados con riesgo elevado de desertificación según los escenarios del índice de aridez para 2021-2040. Una parte importante de estas zonas se encuentra fuera de los territorios que actualmente se clasifican como áridos, incluyendo áreas de Alemania, República Checa y Polonia. Los modelos prevén que las regiones secas podrían expandirse entre 200.000 y 400.000 kilómetros cuadrados en las próximas décadas, con los cambios más acusados en España, Italia, Grecia y los Balcanes, aunque también avanzando hacia zonas de transición de Francia, Hungría y Rumanía.
En España, el primer Atlas de Desertificación, publicado en 2025, ya advertía que el 40% del territorio está en proceso de desertificación, una cifra que duplica las estimaciones previas al incluir las zonas afectadas por la sobreexplotación de los recursos hídricos. Asturias, Galicia, Cantabria y el País Vasco, por su clima atlántico y su orografía, escapan por ahora de esta tendencia, pero los expertos advierten de que el cambio climático puede alterar progresivamente sus condiciones ambientales.
La COP17 de Mongolia: un pulso por la sequía
En este contexto, la COP17 de la UNCCD, que se celebra del 17 al 28 de agosto en Ulán Bator (Mongolia), llega con un reto pendiente: cerrar el acuerdo vinculante sobre sequía que quedó sin resolver en la cumbre de Riad (Arabia Saudí) en 2024. Mongolia, con casi el 82% de su territorio degradado, es la sede simbólica de una cita que reunirá a delegados de 197 países para abordar la degradación de la tierra, la resiliencia ante la sequía y la restauración de pastizales. La cumbre incluirá cuatro jornadas temáticas dedicadas a finanzas, agua, tierra y población, y sistemas alimentarios y salud del suelo.
Los científicos españoles, como Sergio Vicente-Serrano (IPE-CSIC) y Víctor Castillo Sánchez (CEBAS-CSIC), han insistido en que la sequía es un problema recurrente en España y que es necesario pasar de una política reactiva a una proactiva. “Hace falta una concienciación a nivel sociedad de que la sequía es recurrente y tenemos que estar preparados para cuando vuelva a ocurrir”, señaló Castillo Sánchez. La COP17 también servirá para marcar el tono de las otras dos cumbres ambientales que se celebrarán este año: la COP17 de biodiversidad en Armenia (octubre) y la COP31 de clima en Turquía (noviembre).
Soluciones: de la tecnología a la gestión tradicional
Frente a este panorama, existen experiencias que ofrecen esperanza. En China, el cinturón verde de 3.046 kilómetros alrededor del desierto de Taklamakán combina barreras mecánicas, vegetación y proyectos fotovoltaicos, con estaciones científicas como la de Cele que llevan cuatro décadas investigando cómo frenar la arena. En África, la Gran Muralla Verde ha restaurado 18 millones de hectáreas mediante técnicas comunitarias como los hoyos zaï o la regeneración natural gestionada por agricultores. En Israel, el riego por goteo y la reutilización del 84% de las aguas residuales demuestran que la tecnología puede maximizar la eficiencia hídrica.
En el Mediterráneo, la respuesta pasa por la conservación del suelo: restaurar bancales, mantener cubiertas vegetales, reducir el arado profundo y gestionar el monte para prevenir incendios. La Comisión Europea estima que más del 60% de los suelos de la UE presenta algún grado de degradación, con costes asociados de entre 40.900 y 72.700 millones de euros anuales. España, pionera en planes de sequía, debe ahora reforzar la sensibilización social y la coordinación entre administraciones para evitar que el problema siga avanzando.
La desertificación no es un fenómeno inevitable. Con datos contrastados, ciencia y voluntad política, es posible frenar la degradación del suelo y adaptarse a un clima más seco. Pero el tiempo corre, y el mapa europeo ya muestra en rojo el futuro que nos espera si no actuamos con decisión.

