La contaminación del aire en Barcelona marca mínimos históricos

  • Barcelona encadena tres años cumpliendo los límites europeos de NO₂ y registra en 2025 su mínimo histórico de contaminación del aire.
  • El dióxido de nitrógeno cae entre un 4% y un 12% en todas las estaciones y las partículas PM10 y PM2,5 se estabilizan dentro de los valores legales.
  • El cambio en el parque de vehículos, la Zona de Bajas Emisiones y el uso del transporte público explican buena parte de la mejora.
  • Pese al descenso y a unas 800 muertes anuales evitadas, los niveles siguen por encima de los objetivos para 2030 y de las recomendaciones de la OMS.

Contaminación del aire en Barcelona

Barcelona ha cerrado 2025 con los niveles de contaminación del aire más bajos desde que existen registros, consolidando por tercer año seguido una mejora que, a ojos del Ayuntamiento y de los expertos, ya no es una simple racha puntual, sino una tendencia clara. Las estaciones de la red de vigilancia repartidas por la ciudad dibujan un escenario en el que, aunque sigue habiendo margen de mejora, se respira algo mejor que hace apenas unos años.

Esta evolución positiva se nota sobre todo en el dióxido de nitrógeno (NO₂), el contaminante más ligado al tráfico rodado, y en el impacto sobre la salud pública. Según los cálculos de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, la reducción de la polución en el periodo reciente ha permitido evitar alrededor de 800 muertes anuales respecto a la etapa previa a la pandemia, un dato que da una idea del peso real de la calidad del aire en la vida cotidiana.

Niveles de NO₂ en mínimos, pero aún por encima de los objetivos futuros

Vista de la contaminación del aire en Barcelona

Los registros de 2025 muestran que todas las estaciones de la Red de Vigilancia y Previsión de la Contaminación Atmosférica cumplen el valor límite anual vigente de la Unión Europea para el NO₂, establecido en 40 microgramos por metro cúbico (µg/m³). El descenso es generalizado: las mediciones anuales de dióxido de nitrógeno caen entre un 4% y un 12% con respecto a 2024 en los distintos puntos de control.

La estación de tráfico del Eixample, históricamente la más conflictiva por la alta densidad de vehículos y la intensidad del tráfico, ha pasado de 33 µg/m³ en 2024 a 29 µg/m³ en 2025. Gràcia-Sant Gervasi, otra de las zonas donde se concentra buena parte de la movilidad motorizada, baja de 27 a 25 µg/m³ de media anual. En barrios como Ciutadella y Poblenou los valores se sitúan en 22 µg/m³, después de descender desde los 25 y 23 µg/m³, respectivamente, mientras que en Palau Reial los niveles se quedan en torno a los 15 µg/m³, entre los más bajos de la ciudad.

El Ayuntamiento subraya que, con estas cifras, Barcelona está más cerca del objetivo europeo de 20 µg/m³ para 2030 que del límite legal actual de 40 µg/m³. Sin embargo, la ciudad continúa lejos de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que desde 2021 sitúan el valor de referencia en 10 µg/m³, muy por debajo incluso de los objetivos comunitarios de final de década.

La teniente de alcaldía de Urbanismo y Acción Climática, Laia Bonet, ha defendido que Barcelona ya cumple la directiva europea vigente y avanza hacia los nuevos umbrales, aunque ha reconocido que el salto adicional necesario para bajar por debajo de 20 µg/m³ será exigente. Investigadores como el especialista del CSIC Xavier Querol coinciden en que el descenso de los últimos años ha sido notable, pero advierten de que, a partir de ahora, cada punto de mejora será más difícil de conseguir y requerirá recortes más profundos en el tráfico motorizado.

Partículas en suspensión: estabilización dentro de los límites legales

Partículas en suspensión en el aire de Barcelona

Más allá del NO₂, los datos provisionales de 2025 apuntan a una estabilización de las partículas en suspensión PM10 y PM2,5, otros contaminantes clave por su efecto sobre el sistema respiratorio y cardiovascular. Todas las estaciones barcelonesas cumplen los valores límite anuales fijados por la UE —40 µg/m³ en el caso de las PM10 y 25 µg/m³ para las PM2,5—, aunque, de nuevo, los valores se mantienen por encima de las metas más estrictas previstas para los próximos años y de las guías de la OMS.

En la estación de tráfico del Eixample, las PM10 se mantienen en 22 µg/m³ y las PM2,5 en 11 µg/m³, prácticamente calcando los registros de 2024. En la estación de fondo urbano de Vall d’Hebron, más alejada del tráfico intenso, la media anual se sitúa en 17 µg/m³ para PM10 y 9 µg/m³ para PM2,5, lo que sitúa esta zona entre las que presentan una atmósfera relativamente más limpia dentro del municipio.

Las autoridades municipales recuerdan que la concentración de partículas no depende solo del tráfico, sino también de factores meteorológicos y ambientales, como los episodios de estabilidad atmosférica, la intrusión de polvo sahariano o determinadas actividades industriales y de obra pública. Pese a estas variables externas, la evolución de los últimos años ha permitido mantener las PM10 y PM2,5 dentro de los límites legales y sin repuntes significativos, un aspecto que el consistorio considera esencial para poder seguir reduciendo su impacto sanitario.

En este contexto, la ciudad sigue trabajando en el Pla Cima y otras estrategias de transición ecológica con el fin de avanzar hacia una Barcelona climáticamente neutra en 2030, enlazando la lucha contra la contaminación local con los objetivos más amplios de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Red de estaciones: una nueva medición en la avenida Meridiana

Estaciones de medición de calidad del aire en Barcelona

Barcelona dispone actualmente de una red de diez estaciones fijas que miden en continuo los principales contaminantes regulados, coordinada con la Generalitat y la Agencia de Salud Pública de Barcelona. Estas estaciones se dividen en puntos de tráfico intenso, situados junto a grandes ejes viarios, y estaciones de fondo urbano, más alejadas de la influencia directa de los vehículos, lo que permite elaborar un mapa bastante completo de la calidad del aire en distintos entornos de la ciudad.

Con el objetivo de ampliar la representatividad de las mediciones en los accesos a Barcelona, el Ayuntamiento ha anunciado la incorporación de una nueva estación de tráfico en la avenida Meridiana, a la altura del número 216, en el barrio de Navas (distrito de Sant Andreu), en sentido salida. El equipo ya está instalado, homologado y en fase de estabilización de datos, y se integrará plenamente en la red a lo largo de 2026.

Esta nueva estación permitirá afinar la radiografía de la contaminación en uno de los principales corredores de entrada y salida de la ciudad, donde el patrón de movilidad está muy ligado a los horarios lectivos y laborales. La previsión municipal es que los niveles que registre sean similares a los de otros entornos de tráfico del centro, como el Eixample, tanto en dióxido de nitrógeno como en partículas.

La red de vigilancia no solo sirve para constatar el cumplimiento de los límites legales, sino también para extrapolar datos a otras calles con características parecidas. Según los responsables municipales, esta capacidad de extrapolación permite elaborar un mapa territorializado de la contaminación y diseñar políticas de movilidad y urbanismo que se adapten a la realidad de cada distrito.

El papel del tráfico y la renovación del parque de vehículos

Buena parte de la mejora en la calidad del aire se atribuye a la transformación del parque automovilístico de la ciudad y al despliegue de la Zona de Bajas Emisiones (ZBE). La práctica desaparición de los vehículos más contaminantes —especialmente los diésel antiguos sin etiqueta ambiental— y la renovación forzada por las restricciones de acceso han sido determinantes para reducir las emisiones ligadas a la movilidad diaria.

Según los datos presentados por el Ayuntamiento, los vehículos con etiqueta ECO y Cero emisiones representan ya alrededor del 31% del parque circulante, tres puntos más que el año anterior. Si se miran únicamente los turismos, este porcentaje se eleva aproximadamente hasta el 38%. En cambio, los vehículos con etiqueta B —los más contaminantes que todavía pueden circular dentro del marco actual— han descendido hasta situarse en torno al 12% del total, frente al 15% registrado hace un año.

El consistorio vincula también la tendencia a la baja de la contaminación a la apuesta por el transporte público. En 2024 se registraron cifras récord de usuarios de autobús y metro, y el tranvía incrementó su demanda en torno a un 35% tras la ampliación del tramo entre Glòries y Verdaguer. A esto se suma el impulso a la movilidad ciclista y la puesta en marcha de programas de ayudas, como la subvención de 600 euros para la compra de ciclomotores eléctricos con el objetivo de que, de cara a 2030, la flota de este tipo de vehículos sea totalmente eléctrica y sin emisiones directas.

En paralelo, el Ayuntamiento destaca la recuperación del arbolado y las zonas verdes tras los episodios de sequía de años anteriores, así como diversas actuaciones urbanas orientadas a pacificar calles, reducir carriles de circulación y priorizar el espacio para peatones y bicicletas. Todo ello, argumentan, contribuye a mantener la curva de emisiones en descenso y a consolidar un modelo de movilidad con menos peso del coche privado.

Impacto en la salud: menos muertes atribuibles, pero un problema todavía grave

La mejora de la calidad del aire en Barcelona no es solo una cuestión ambiental o de cumplimiento normativo: tiene una traducción directa en indicadores de salud pública. La concejal de Salud, Marta Villanueva, recuerda que la exposición crónica a contaminantes atmosféricos aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer de pulmón, diabetes y patologías neurodegenerativas, y afecta a todas las etapas de la vida, incluida la gestación.

Los datos de la Agencia de Salud Pública de Barcelona señalan que, entre 2020 y 2024, la mortalidad atribuible a la contaminación del aire se redujo alrededor de un 32% respecto al periodo 2018-2019, lo que equivale a unas 600 muertes menos. Las estimaciones para 2025 apuntan a una caída de entre un 40% y un 45% en comparación con los niveles previos a la pandemia, situando el número de defunciones atribuibles a la mala calidad del aire en torno a 1.100 al año frente a las aproximadamente 1.900 de antes. Es decir, unas 800 muertes anuales que se habrían evitado gracias a la reducción de la contaminación.

Villanueva insiste en que estos datos son un incentivo para seguir endureciendo las políticas de calidad del aire, no un punto final. Aunque las cifras muestran una mejora significativa, más de un millar de muertes al año vinculadas a la contaminación continúan siendo una carga sanitaria considerable para una ciudad del tamaño de Barcelona, y recuerdan que los niveles actuales aún superan de forma clara las recomendaciones más estrictas de los organismos internacionales.

Las autoridades locales señalan también que Barcelona es, proporcionalmente, una de las ciudades españolas donde menos se utiliza el coche privado para ir a trabajar, y que alrededor del 42% de los desplazamientos internos se realizan a pie. Este patrón de movilidad relativamente favorable ofrece margen para seguir profundizando en la reducción de emisiones sin depender únicamente de grandes saltos tecnológicos en el parque de vehículos.

Datos cuestionados y debate sobre la fiabilidad de algunas mediciones

Aunque la foto global de la calidad del aire en Barcelona es positiva, no todos los colectivos coinciden plenamente con la lectura optimista del Ayuntamiento. Entidades vecinales y ecologistas, como Eixample Respira o Ecologistas en Acción, han puesto en duda la representatividad de algunos registros, especialmente en el caso de la estación del Eixample situada en la calle Comte d’Urgell, afectada por las obras de prolongación de la L8 de Ferrocarrils de la Generalitat.

Estas organizaciones sostienen que los cortes de tráfico y la reducción de carriles en este eje han provocado un descenso temporal de la circulación que habría “enmascarado” la contaminación real del distrito, tradicionalmente uno de los más castigados por la densidad de vehículos. Señalan que la bajada de NO₂ observada en esa estación —de alrededor de 3,5 µg/m³ en un solo año— es más acusada que en otros puntos de la red, lo que, a su juicio, sugiere un efecto puntual ligado a las obras más que una reducción estructural del tráfico.

Desde el Ayuntamiento, Laia Bonet ha respondido que los datos están validados por la Generalitat y que la estación forma parte de la red oficial, por lo que sus mediciones se consideran “plenamente representativas”. El consistorio reconoce que una pequeña parte de la reducción en esa estación —en torno a un 2%— podría atribuirse a la menor movilidad derivada de las obras, pero defiende que el conjunto de la red muestra una tendencia homogénea a la baja que no puede explicarse solo por afectaciones puntuales.

La discusión sobre la fiabilidad de algunos puntos de control refleja, en el fondo, la tensión entre la necesidad de celebrar las mejoras y el temor de parte de la ciudadanía a que se caiga en la autocomplacencia. Expertos como Xavier Querol advierten de que, a partir de ahora, será necesario un esfuerzo redoblado para seguir reduciendo emisiones, y que los descensos logrados en los últimos tres años podrían ralentizarse si no se implementan medidas más ambiciosas de reducción del tráfico y cambios estructurales en la movilidad y el urbanismo.

En este escenario, Barcelona se encuentra en un punto intermedio: cumple la normativa europea vigente, se aproxima a los objetivos marcados para 2030 y ha conseguido recortar de forma notable la mortalidad asociada a la contaminación, pero continúa claramente por encima de las recomendaciones de la OMS y afronta el reto de mantener la calidad del aire como prioridad política y social más allá de los titulares puntuales y de los debates sobre determinadas estaciones de medición.

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