¿Qué pasa cuando la producción de energía solar o eólica cae repentinamente? ¿Cómo reacciona una red eléctrica cuando pierde más de la mitad de su suministro en cuestión de segundos? Estas preguntas han dejado de ser hipotéticas: varios eventos recientes han demostrado que la intermitencia propia de las energías renovables puede poner a prueba la estabilidad de los sistemas eléctricos nacionales, especialmente si no se toman medidas adecuadas de prevención, gestión y adaptación.
La transición energética hacia fuentes menos contaminantes no solo es urgente, sino también inevitable. Sin embargo, como se ha visto en España, Chile, Australia y otros países con alta penetración renovable, este cambio implica desafíos técnicos complejos. La clave no está en frenar el avance de las renovables, sino en entender sus particularidades y asegurar que la red eléctrica esté preparada para integrarlas sin que eso signifique comprometer su funcionamiento.
¿Qué es la intermitencia energética y por qué afecta al sistema eléctrico?
La intermitencia en la generación de energía hace referencia a la variabilidad no programable de algunas fuentes renovables, como la solar fotovoltaica o la eólica. A diferencia de las centrales térmicas o nucleares, que pueden ajustar su producción según la demanda, estas tecnologías dependen de factores externos como el sol o el viento.
Esta naturaleza variable provoca desajustes entre la generación y el consumo eléctrico. Si no hay suficiente almacenamiento o respaldo, se genera un desequilibrio que hace fluctuaciones en frecuencia y voltaje, pudiendo desencadenar crisis como apagones o desconexiones masivas.
Por ejemplo, durante el apagón del 28 de abril de 2025 en España, la frecuencia de la red bajó drásticamente de 50 Hz a 49 Hz en cinco segundos, provocando el cierre automático de buena parte del sistema eléctrico. En ese momento, más del 70% de la generación provenía de energías renovables intermitentes.
Factores estructurales que intensifican los efectos de la intermitencia renovable

La realidad es que la red eléctrica tradicional no fue diseñada para operar con alta penetración renovable. Existen varios factores que complican aún más el escenario:
- Redes con infraestructura obsoleta: muchas líneas de transmisión no están adaptadas para transportar grandes volúmenes desde zonas alejadas, donde se ubican los parques solares o eólicos, hasta los centros urbanos.
- Escaso almacenamiento: sin baterías suficientes que absorban exceso de producción durante el día y la liberen por la noche, la red sufre picos y valles de manera abrupta.
- Descentralización no acompañada de digitalización: una red descentralizada necesita sistemas inteligentes de gestión y control para saber en tiempo real qué está generando o consumiendo cada nodo.
- Dificultades de integración: la conexión de nuevas plantas renovables suele ralentizarse por la burocracia o la falta de capacidad disponible en la red.
Todo esto aumenta exponencialmente la posibilidad de inestabilidad, especialmente en escenarios donde se alcanza entre el 80% y el 100% de generación renovable —como ocurrió en España semanas antes del apagón—.
El caso español: la intermitencia renovable y el apagón histórico de 2025
El 28 de abril de 2025 se convirtió en un punto de inflexión. A mediodía, con la red abastecida por un 82% de fuentes limpias, un fallo en la generación solar en el suroeste peninsular desencadenó una reacción en cadena que colapsó la red de toda la península ibérica, incluyendo Portugal, Andorra y parte del sur de Francia.
15 GW de energía desaparecieron en solo cinco segundos. Las centrales nucleares se desconectaron por seguridad. La red quedó aislada de Francia y sin soporte externo. El sistema, falto de respaldo y con baja inercia (ausencia de grandes rotaciones sincrónicas como las que ofrecen turbinas hidroeléctricas o térmicas), no logró estabilizarse.
Este evento puso sobre la mesa una serie de problemas técnicos, políticos y estructurales que reflejan los riesgos de una transición energética mal planificada:
- Inercia insuficiente en el sistema: las renovables no sincrónicas (como la solar PV) no aportan fuerza rotacional al sistema, lo que dificulta la contención de perturbaciones.
- Falta de reactivos y potencia controlable: sin mecanismos inmediatos para compensar cambios rápidos, la frecuencia cae a niveles inseguros.
- Subinversión en interconexiones: España tiene una conexión con Francia escasa (3–5% de la potencia instalada), muy por debajo del 10% recomendado por la UE.
- Ausencia de protocolos de aislamiento: no se pudo desconectar la zona afectada para evitar el fallo en cascada.
¿Qué consecuencias tiene para la economía y la sociedad?
El apagón de 2025 dejó al descubierto la vulnerabilidad de una sociedad cada vez más electrificada. Según la CEOE, las pérdidas económicas fueron de 1.600 millones de euros, casi el 0,1% del PIB español en medio día. Más preocupante aún fue que siete personas fallecieron durante el incidente a causa de la interrupción de servicios eléctricos críticos como hospitales.
Además, el evento generó dudas sobre la confiabilidad de la red, afectando la percepción de seguridad energética y frenando inversiones internacionales. En un contexto de electrificación acelerada —vehículos eléctricos, cocinas de inducción, bombas de calor—, tener una red inestable puede ser catastrófico.
Lecciones desde otros países: Australia, Chile y Latinoamérica
España no es el único país enfrentando estos desafíos. En el sur de Australia, un apagón de gran escala estuvo relacionado con la desconexión masiva de parques eólicos durante una tormenta, debido a la falta de respuesta de los inversores a eventos de bajo voltaje.
En Chile, la sobreproducción solar en el norte del país ha saturado las líneas de transmisión hacia el sur, forzando a desconectar hasta un 25% de la energía generada y generando precios negativos en el mercado mayorista. Sin almacenamiento, esta energía se pierde.
Países como México, Argentina o Colombia enfrentan problemas similares: infraestructura de transmisión insuficiente, restricciones en la interconexión, cuellos de botella en zonas con alta capacidad solar o eólica, y dificultades burocráticas para nuevas conexiones.
Almacenamiento: la pieza clave para estabilizar la red
Uno de los pilares fundamentales para mitigar los efectos de la intermitencia es el almacenamiento energético. Las baterías permiten absorber el excedente de energía renovable y liberarlo cuando la demanda lo requiere, suavizando los picos de tensión y reduciendo la dependencia de centrales térmicas. Para más detalles, visita nuestra sección sobre sistemas de almacenamiento energético.
En huertos solares, por ejemplo, la instalación de baterías puede evitar pérdidas económicas por cortes no planificados, y además permite vender energía en momentos de mayor precio, estabilizando el sistema y beneficiando a todo el mercado eléctrico.
El gobierno chileno ya ha comenzado a incentivar proyectos de grandes baterías, como parte de su estrategia para evitar desperdicios solares. España también ha anunciado programas piloto, pero el despliegue aún es lento si se compara con el ritmo exponencial de nuevas instalaciones fotovoltaicas.
Mejores inversores, más protección: la tecnología también necesita avanzar
Las plantas solares y eólicas modernas se conectan a la red mediante inversores que transforman corriente directa en alterna. Sin embargo, muchos inversores actuales no están preparados para situaciones extremas: frente a bajadas de tensión, se desconectan automáticamente, agravando el desequilibrio.
La solución pasa por desarrollar e implementar inversores inteligentes, capaces de:
- Participar activamente en la estabilización (por ejemplo, inyectando potencia reactiva).
- Resistir bajadas de voltaje o frecuencia sin abandonar la red inmediatamente.
- Sincronizarse con otros elementos del sistema (como un «generador síncrono virtual»).
Este tipo de tecnología permitiría que las propias renovables no solo no sean un problema en momentos críticos, sino que contribuyan a resolverlos.
La digitalización del sistema y la gestión activa de la demanda

Uno de los errores comunes es pensar que solo debemos actuar sobre la producción. La demanda eléctrica también puede flexibilizarse. Servicios como la respuesta activa de la demanda permiten que grandes consumidores industriales se desconecten temporalmente cuando hay un peligro de colapso, a cambio de una compensación económica. Para profundizar en ello, visita nuestra guía sobre energías renovables e inteligencia artificial.
Este enfoque, si se expande y se digitaliza, puede incluir a miles de consumidores residenciales y comerciales. Por ejemplo, cargadores de coches eléctricos o bombas de calor pueden ralentizar su consumo durante minutos sin que eso afecte su funcionamiento, pero sí aporta enorme estabilidad al sistema.
Además, la digitalización de la red, con sensores IoT, control en tiempo real, inteligencia artificial y sistemas de mantenimiento predictivo, permite detectar y evitar fallos antes de que ocurran, mejorando la eficiencia y reduciendo el riesgo de apagones.
¿Puede ser 100% renovable una red eléctrica estable?
Muchos expertos coinciden en que es técnicamente viable tener un mix eléctrico 100% renovable, pero siempre que se adopten medidas complementarias, como:
- Descentralizar la producción, acercando los puntos de generación a las zonas de consumo.
- Variar las fuentes: no centrarse solo en solar o eólica, sino incluir hidráulica, bioenergía y almacenamiento.
- Invertir en interconexiones internacionales: poder importar y exportar energía estabiliza los flujos.
- Planificar la red según nodos inteligentes y basados en datos.
Algunas voces, sin embargo, apuntan a que al menos durante la próxima década será necesario mantener cierta capacidad de respaldo con ciclos combinados de gas, que puedan arrancar rápidamente cuando las condiciones extremas lo requieran.
Otros defienden explorar nuevas formas de energía despachable, como la geotermia o incluso reabrir el debate sobre la energía nuclear como complemento de bajas emisiones.
Sea cual sea el enfoque, lo que está claro es que la seguridad de la red no puede hipotecarse a la ideología. Las decisiones deben basarse en datos, tecnología e ingeniería.
Con la transición energética en marcha, el crecimiento de las fuentes renovables es imparable. Sin embargo, la intermitencia propia de tecnologías como la solar o la eólica sigue siendo una amenaza técnica que debe tratarse con seriedad. Eventos como el apagón de 2025 en España han demostrado que no basta con generar energía limpia en grandes cantidades, sino que debemos hacerlo de forma controlada, predecible y estable.
Modernizar la red, apostar por el almacenamiento, implementar inversores inteligentes, descentralizar la producción y digitalizar el sistema son pasos imprescindibles si queremos que el futuro de la electricidad sea limpio y seguro. No se trata de elegir entre renovables o estabilidad, sino de integrar ambas mediante planificación, inversión, innovación y visión a largo plazo.

