En el imaginario colectivo, el murciélago suele llevar capa y colmillos prestados por leyendas, pero la realidad es mucho más fascinante. Lejos de ser simples criaturas nocturnas, estos mamíferos han desarrollado habilidades únicas que combinan un vuelo eficiente, una ecolocalización exquisita y capacidades cognitivas que, hasta hace poco, creíamos exclusivas de los seres humanos.
De hecho, su historia evolutiva los ha llevado a conquistar el cielo como ningún otro mamífero. Y aunque la propia etimología de “murciélago” deriva de la forma antigua “murciégalo” (“ratón ciego”), no están ciegos en absoluto: muchas especies ven sorprendentemente bien y algunas incluso presentan ojos grandes y funcionales en condiciones diurnas.
Qué habilidades hacen únicos a los murciélagos

Son los únicos mamíferos con un vuelo verdaderamente activo: no planean, baten sus alas. Su anatomía lo explica: el ala es en esencia una mano extraordinariamente modificada, con húmero, radio, cúbito, carpianos, metacarpianos y falanges alargadas que sostienen una membrana flexible. Este diseño les da maniobrabilidad extrema y, con huesos adaptados a las exigencias del vuelo, una eficiencia aerodinámica envidiable.
A nivel del comportamiento, los murciélagos no dejan de sorprender. Los bebés “balbucean” mientras afinan su repertorio sonoro, un paralelismo curioso con la infancia humana. También hay adultos con talentos singulares, como los vampiros (los únicos mamíferos hematófagos), capaces de distinguir a sus presas gracias a un olfato fino y a la detección de radiación infrarroja, algo nada común en mamíferos.
Además de su destreza aérea y sensorial, el grupo es muy diverso. Se han descrito alrededor de 1.100 especies en el mundo (en Estados Unidos se registran unas 40) y, pese a su tamaño, representan casi una cuarta parte de todos los mamíferos. Conviene tenerlo en cuenta cuando pensamos en su impacto ecológico y en la variedad de estrategias de vida que han evolucionado.
En cuanto al rendimiento, corren rumores (bien fundamentados por registros de campo) sobre velocidades muy altas. Algunas especies vuelan a 60 millas por hora, y se han documentado valores cercanos a 100 mph en el murciélago mexicano sin cola. También disfrutan de una longevidad notable: existen individuos que superan las tres décadas de vida en la naturaleza, algo llamativo para animales de pequeño tamaño.
Sus refugios preferidos, llamados dormideros, incluyen cuevas, grietas en árboles y estructuras humanas. Esos espacios ofrecen oscuridad y seguridad durante el día; desde allí emergen al anochecer para alimentarse, a menudo en grandes grupos que crean auténticos ríos de alas en el cielo.
Ecolocalización: ver con los oídos, incluso en un coro caótico

La ecolocalización es su superpoder sensorial más famoso. Emiten pulsos ultrasónicos y procesan los ecos rebotados por objetos y presas; construyen así una imagen acústica del entorno que les permite volar en plena oscuridad, esquivar obstáculos milimétricos y capturar insectos con una efectividad pasmosa.
Un episodio clásico ilustra hasta qué punto los ultrasonidos dominan la noche: bastó el chillido agudo de un corcho frotado en un vaso, durante una cena de verano en casa del zoólogo Donald R. Griffin, para que las polillas que revoloteaban cayeran como piedra. Ese sonido, en el rango de los depredadores alados, desencadenó un reflejo de supervivencia en las mariposas nocturnas, que se “dejaron caer” para evitar ser comidas. Cuando cesó el ruido, reanudaron el vuelo como si nada.
Los experimentos históricos con el murciélago de herradura dejaron claro que “ven” con sus oídos. En una habitación a oscuras, cruzada por hilos finísimos, un humano tropezaría sin remedio; un murciélago, en cambio, puede volar horas sin rozarlos. Sus orejas, enormes y orientables, son antenas de precisión que registran el eco de cada pulso emitido y permiten ajustes instantáneos en la trayectoria.
A esa proeza sensorial se suma la pericia social: en colonias numerosas, cada individuo distingue su propio eco entre cientos de llamadas similares. Esta capacidad de “filtro personal” evita confusiones al cazar y, según observaciones de campo, permite incluso interactuar competitivamente con congéneres, como cuando un murciélago con ventaja desplaza a otro para quedarse con la presa.
Ahora bien, ¿cómo pueden volar juntos en densas nubes sin chocar si todos gritan a la vez? Investigaciones recientes abordaron el llamado “Cocktail Party Nightmare”, el reto de orientarse en un mar de señales superpuestas. Un equipo internacional liderado por el Instituto Max Planck de Comportamiento Animal mostró, con seguimiento de alta resolución y grabaciones ultrasónicas “a bordo”, que los murciélagos ajustan su estrategia de ecolocalización de forma dinámica en bandos apretados.
Los resultados, publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences, revelan un dato llamativo: al salir de la cueva, hasta un 94% de las llamadas pueden quedar enmascaradas por las emisiones de los demás. Aun así, los animales reaccionan sin necesidad de “pelear” activamente contra la interferencia: se dispersan con rapidez para bajar la densidad, con lo que disminuye el enmascaramiento en cuestión de segundos.
Además, modulan sus pulsos hacia frecuencias más altas y duraciones más cortas, enfocando la información en el vecino más relevante: el que va justo delante y podría provocar un choque. Este algoritmo natural prioriza lo esencial para la seguridad en tiempo real. Un modelo sensoriomotor computacional que integra percepción y decisiones de vuelo apoyó esta interpretación: incluso en condiciones de enmascaramiento severo, los murciélagos apenas sufren perjuicios sensoriales significativos.
La orientación acústica convive, por cierto, con un notable uso de la memoria espacial. Griffin relató el caso de un murciélago doméstico que cada amanecer entraba en una jaula por una abertura concreta con una maniobra en “S”. Cuando retiraron la jaula y dejaron solo la barra donde dormía, repitió el mismo gesto durante semanas, como si siguiera existiendo. Al quitar también la barra, el animal intentó colgarse y cayó al vacío. Aquel “mapa interno” del refugio resultó ser tan fiable, que ignoró los cambios del entorno hasta que la realidad le obligó a recalibrar.
Cognición avanzada y memoria: mapas del tiempo, planificación y gratificación diferida

En los últimos años, varios trabajos han puesto el foco en lo que ocurre dentro de la cabeza de un murciélago libre. Investigadores de la Universidad de Tel Aviv rastrearon durante meses a murciélagos frugívoros egipcios equipados con GPS, reconstruyendo rutas y árboles visitados. El objetivo: averiguar si generan un “mapa del tiempo” que relacione lugares y fases de fructificación.
El diseño fue ingenioso: impedir que algunos individuos salieran durante distintos periodos (de un día a una semana) y ver qué pasaba. Al volver a la actividad tras un día, muchos regresaban a los mismos árboles; tras una semana, los más veteranos evitaban los que ya no daban fruto. La experiencia marcaba la diferencia: los jóvenes sin aprendizaje previo no mostraban esa discriminación temporal.
El estudio también examinó la primera decisión de la tarde: ¿hacia dónde vuelan nada más salir? Sorprendentemente, suelen dirigirse muy directos a un árbol conocido, incluso a 20-30 minutos, acelerando más cuanto mayor es la distancia cuando tienen hambre. Esa conducta sugiere planificación anticipada de la ruta y una forma de gratificación diferida, al ignorar tentaciones intermedias para llegar al objetivo escogido. Además, los primeros en partir buscan frutos más azucarados, mientras que quienes salen después priorizan fuentes proteicas.
En Panamá, otro equipo demostró que los murciélagos comedores de ranas (Trachops cirrhosus) conservan recuerdos durante años. Tras entrenar a 49 ejemplares salvajes para que asociaran ciertos tonos con comida, capturaron de nuevo algunos de ellos después de uno a cuatro años. Los animales reconocían los tonos “recompensados” y volaban hacia el altavoz incluso pasado ese tiempo.
Eso sí, también respondían a veces a sonidos no premiados previamente pero parecidos, quizá para verificar si seguían sin recompensa o por no distinguir ya con total nitidez tras tanto tiempo. Para descartar respuestas indiscriminadas, se probó con un tono completamente nuevo y la mayoría no acudió. En conjunto, estos hallazgos remarcan que la memoria a largo plazo en libertad es robusta y relevante para su supervivencia.
Este énfasis en estudiar animales en su entorno no es trivial: en cautividad, el cerebro se enfrenta a menos desafíos y oportunidades de aprendizaje, y se ha visto incluso una reducción de tamaño en algunos casos. Por eso, la ecología cognitiva de murciélagos libres abre una ventana más realista a cómo recuerdan, planean y optimizan su forrajeo noche tras noche.
Dieta y estrategias de caza: insectos, peces, escorpiones y ranas

Muchos murciélagos son insectívoros incansables. Un solo individuo puede devorar hasta mil insectos por noche, lo que tiene implicaciones directas para los ecosistemas agrícolas. Son aliados naturales contra plagas, ayudando a reducir el uso de pesticidas y a proteger cultivos de forma sostenible.
Otras especies son especialistas sorprendentes. En el sudoeste de África, algunos murciélagos capturan escorpiones: vuelan rasantes, los agarran desde un ángulo que deja el aguijón hacia arriba, cortan de un mordisco el dardo y consumen luego la presa con calma. La precisión de la maniobra habla de un control motor y una percepción finísima a baja altura.
Los comedores de ranas de América del Sur llevan la ecolocalización a otro nivel: son capaces de inferir el tamaño de la presa por el eco e incluso distinguir si se trata de una especie comestible o venenosa. En la noche cerrada, una mala elección puede salir muy cara, de modo que la selección acústica es vital para su dieta.
Existen incluso murciélagos pescadores que, en completa oscuridad, localizan peces bajo la superficie y hunden las patas con rapidez para atraparlos. Son lances relámpago, raramente fallidos, en los que la acústica del agua y la superficie añade otra capa de complejidad. La versatilidad trófica del grupo explica gran parte de su éxito evolutivo.
Y entre medias, no faltan historias de presa y depredador a la carrera: el murciélago ajusta al instante su velocidad y su trayectoria cuando un insecto se desploma para esquivarlo, volviendo a interceptarlo en fracciones de segundo. La combinación de aerodinámica y ecolocalización dibuja persecuciones que un radar envidiaría.
Genomas exquisitos y “superpoderes”: vuelo, ecolocalización, virus y envejecimiento

Para entender de dónde salen tantas habilidades, hay que mirar al ADN. El consorcio Bat1K, empeñado en secuenciar los genomas de todas las especies vivas de murciélagos, ha generado ensamblajes de altísima calidad para varias especies. Estos genomas son diez veces más completos que los publicados previamente y permiten identificar con precisión genes y variantes relevantes.
Comparando con decenas de mamíferos, emergen pistas sobre adaptaciones clave: cómo han evolucionado el vuelo y la ecolocalización, por qué toleran infecciones que en otros animales son letales o qué mecanismos podrían estar ligados a su resistencia al cáncer y a un envejecimiento más lento. En el genoma quedan “fósiles virales”, integraciones antiguas de retrovirus que dejan un rastro de las interacciones patógeno-hospedador a lo largo de millones de años.
En murciélagos se ha detectado una diversidad sorprendente de retrovirus endógenos, incluso secuencias no registradas en otros mamíferos. Este archivo molecular apunta a una larga historia de exposición y tolerancia. Entender esas soluciones biológicas podría inspirar nuevas vías biomédicas en el futuro.
Los datos también sirven para ubicar a los murciélagos en el árbol de la vida. Métodos filogenéticos modernos apoyan su cercanía a un grupo llamado Ferreungulata, que incluye carnívoros (perros, gatos, focas), pangolines, ballenas y ungulados. Conforme crecen los genomas de referencia, se afina el mapa evolutivo y se aclaran parentescos largamente discutidos.
La clave técnica ha sido usar plataformas de vanguardia y nuevos métodos de ensamblaje que ordenan correctamente los fragmentos y anotan genes con rigor. Esta combinación de tecnología y biología comparada ha abierto la caja negra de sus “superpoderes”, revelando la base genética de rasgos que la observación natural llevaba décadas admirando.
Papel ecológico y amenazas: por qué protegerlos ahora

Más allá de su carisma científico, los murciélagos sostienen procesos esenciales. Muchos son polinizadores nocturnos: sin ellos, plantas como el agave (del que nace el tequila) o frutas tropicales como mangos y plátanos sufrirían. Otros dispersan semillas y, como ya vimos, controlan plagas de insectos a gran escala, con beneficios directos para la agricultura y la salud de ecosistemas.
Pero no todo son buenas noticias. La pérdida de hábitat, espoleada por la deforestación para agricultura intensiva (maíz y soja destinados a alimentar ganado), ha reducido sus refugios y forrajeo. A esto se suma el uso de pesticidas nocivos que merman poblaciones y biodiversidad de la que dependen. Más de 200 especies figuran ya como amenazadas en la UICN.
El comercio de fauna salvaje añade otra presión: todavía hoy se cazan murciélagos para consumo o incluso se venden como decoración. Estas prácticas, además de crueles, comprometen la estabilidad de poblaciones que cumplen funciones ecológicas irremplazables.
¿Qué podemos hacer a escala individual y colectiva? Reducir el consumo de carne contribuye a frenar la expansión de la ganadería industrial y, con ello, la deforestación asociada. Evitar el consumo de fauna silvestre y rechazar cualquier producto que la utilice como reclamo son gestos necesarios. Denunciar casos de maltrato o comercio ilegal ante autoridades y organizaciones especializadas ayuda a cortar la cadena.
En ciudades y pueblos, apoyar iniciativas de conservación local, respetar los dormideros y favorecer la conectividad de corredores verdes también suma. En conjunto, son pequeñas palancas con gran efecto: cuando protegemos murciélagos, reforzamos servicios ecosistémicos de los que dependemos más de lo que pensamos.
Todo este recorrido deja claro que hablamos de mamíferos capaces de volar con una precisión asombrosa, navegar acústicamente en “coros” imposibles, recordar durante años y planificar rutas como expertos estrategas, mientras sus genomas guardan pistas de una convivencia milenaria con virus y de la evolución del propio vuelo. Comprender sus habilidades y cuidarlas es, a la vez, una aventura científica y una urgencia de conservación que nos beneficia a todos.