
La carrera por lograr fertilizantes sin emisiones de carbono está dando pasos clave tanto en Europa como en otros puntos del planeta, con iniciativas que combinan innovación tecnológica, alianzas empresariales y nuevas formas de producir nutrientes para los cultivos con una huella climática mucho menor.
En España, el sector agrario empieza a adoptar fertilizantes de baja huella de carbono en explotaciones reales, mientras que desde Australia llegan avances científicos que apuntan a una futura producción de urea prácticamente libre de combustibles fósiles. Todo ello va perfilando un nuevo modelo de fertilización más alineado con los objetivos climáticos y con la necesidad de mantener rendimientos agronómicos competitivos.
Fertiberia y Agro Cycle Life: impulso a la fertilización baja en carbono en cítricos

En el ámbito europeo, uno de los movimientos más relevantes es el acuerdo entre Fertiberia y la empresa agroindustrial Agro Cycle Life, que han firmado una colaboración a cinco años para transformar la forma de fertilizar los cítricos y otros cultivos leñosos en España.
El eje central de la alianza es la aplicación de la gama Impact Zero, fertilizantes de alto valor añadido y baja huella de carbono producidos con hidrógeno verde, junto con otras soluciones de base biotecnológica. El objetivo declarado pasa por reducir de manera notable las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la fertilización, al mismo tiempo que se mantienen o mejoran los rendimientos y se protege la salud del suelo.
Durante la vigencia del acuerdo, Agro Cycle Life tiene previsto utilizar de forma progresiva hasta 180 toneladas del producto Impact Zero Impulse Progress 2, lo que supone un volumen significativo de fertilizantes con un perfil climático mucho más favorable que las formulaciones convencionales.
Agro Cycle Life, con sede en la Comunidad Valenciana, gestiona 11 fincas y unas 366 hectáreas dedicadas a la producción sostenible de cítricos y aguacates. La empresa ya venía trabajando con agricultura de precisión para optimizar insumos, mejorar el estado del suelo y reducir el impacto ambiental, y ahora incorpora la dimensión climática de forma más explícita con fertilizantes de baja emisión.
Su director agrónomo, Jordi Camarena, subraya que el uso de fertilizantes de alto valor añadido y bajos en carbono les permite ajustar mejor las dosis, reducir insumos tradicionales y elevar la eficiencia nutricional de los cultivos, con efectos directos en el rendimiento y en la calidad de la tierra. Según explica, apostar por soluciones como Impact Zero encaja con una estrategia de producir “más y mejor” sin aumentar la presión ambiental y alineándose con los objetivos de reducción de emisiones.
Desde Fertiberia, Clément Knockaert, responsable de fertilizantes bajos en carbono del grupo, destaca que acuerdos de este tipo refuerzan una red de aliados comprometidos con la sostenibilidad del campo, gracias a un portafolio basado en tecnologías de última generación y reducidas emisiones. La compañía ve estas colaboraciones como una forma de situar a la agricultura española en la vanguardia de la innovación agrotech a escala internacional.
Esta alianza no se limita a un simple suministro de productos: refuerza el papel de ambas firmas dentro de una cadena de valor que empuja la transición hacia una agricultura más eficiente y climáticamente responsable, en línea con las políticas europeas de descarbonización del sector agrario.
Urea sin carbono: el giro científico desde Australia
Mientras en Europa se ponen en marcha acuerdos comerciales para recortar emisiones, en Australia un equipo de científicos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) ha desarrollado un proceso experimental que podría cambiar la forma de fabricar uno de los fertilizantes más utilizados del mundo: la urea.
El grupo de investigación ha diseñado un método capaz de convertir residuos con altas emisiones en fertilizantes sin generar carbono añadido
La clave del sistema reside en el uso de electricidad procedente de fuentes renovables para activar una reacción electroquímica que combina dióxido de carbono con contaminantes nitrogenados presentes en aguas y residuos industriales. En lugar de seguir el camino clásico basado en gas natural o carbón, el proceso apunta a una fabricación mucho más limpia de urea.
En los métodos actuales, la producción de urea se apoya en el amoníaco —generado mediante procesos intensivos en energía— y requiere altas temperaturas y presiones, lo que dispara tanto el consumo de combustibles fósiles como las emisiones asociadas. El nuevo enfoque pretende dejar atrás esa dependencia, integrando directamente los flujos de carbono y nitrógeno que hoy se consideran residuos.
Según explica el profesor asociado Rahman Daiyan, uno de los responsables del estudio, la urea es el fertilizante que alimenta los cultivos de más de la mitad de la población mundial, pero su fabricación actual es incompatible con los objetivos climáticos a largo plazo. De ahí la ambición de avanzar hacia una “urea sin carbono”, producida con energías renovables y reciclando emisiones que de otro modo seguirían contribuyendo al calentamiento global.
Catalizadores avanzados para un proceso más eficiente
El trabajo, publicado en la revista científica Nature Communications, describe con detalle el desarrollo de un catalizador especialmente diseñado para hacer viable este nuevo esquema de producción de urea. Se trata de un material de cobre y cobalto, configurado a escala atómica, que juega un papel fundamental en la eficiencia del sistema.
Este catalizador de cobre-cobalto favorece una sinergia muy marcada en la unión controlada de carbono y nitrógeno, lo que incrementa la tasa de formación de urea respecto a otros métodos electroquímicos ya existentes. Al mejorar ese paso clave de la reacción, se abre la puerta a una fabricación más competitiva en términos energéticos y de rendimiento.
El procedimiento combina dióxido de carbono residual con compuestos nitrogenados como nitratos y nitritos, habituales en cursos de agua asociados a la agricultura intensiva o a determinados procesos industriales. Al transformarlos en urea mediante electricidad renovable, se plantea una doble ventaja: mitigación de la contaminación y generación de un fertilizante esencial.
Otro aspecto relevante del trabajo es que el sistema propone prescindir del amoníaco como intermediario, simplificando la cadena de producción y, a la vez, evitando uno de los eslabones con mayor carga de emisiones. Si el escalado industrial confirma estos resultados, se podría hablar de una reducción drástica de la huella de carbono de la urea en comparación con la tecnología convencional.
Los investigadores insisten en que el proceso todavía se sitúa en un estadio de desarrollo tecnológico, pero subrayan su potencial para integrarse en instalaciones que ya generan CO₂ y residuos nitrogenados, aprovechando lo que hoy se considera un problema ambiental como materia prima para la fertilización.
Impacto para la agricultura y la seguridad alimentaria
Las implicaciones de una urea producida prácticamente sin combustibles fósiles son amplias, tanto para países exportadores como para regiones importadoras netas de fertilizantes. En el caso de Australia, uno de los grandes actores agrícolas del planeta, la dependencia de la urea del exterior es considerable.
En 2024, el país llegó a importar alrededor de 3,8 millones de toneladas de urea por la limitada capacidad productiva local. Una tecnología electroquímica basada en electricidad renovable podría reducir esa dependencia, reforzar la seguridad de suministro y, de paso, rebajar la huella de carbono de todo el sistema alimentario.
El proceso propuesto por la UNSW no solo se centra en la sustitución del gas natural o el carbón, sino también en la revalorización de emisiones inevitables procedentes de sectores como la industria cementera o determinados residuos agrícolas. Convertir esos flujos en fertilizantes abre la puerta a modelos de economía circular en los que nada —o casi nada— se desaprovecha.
Desde la óptica del cambio climático, la combinación de reciclaje de CO₂, uso de electricidad renovable y captura de contaminantes nitrogenados podría suponer un descenso significativo de las emisiones asociadas a uno de los insumos más utilizados en el campo mundial. Todo ello sin renunciar a la productividad, un aspecto crítico para garantizar el abastecimiento de alimentos.
Para Europa y España, tecnologías de este tipo resultan especialmente interesantes en un contexto de transición energética y transformación del modelo agrario. Aunque el desarrollo se haya llevado a cabo en Australia, los principios en los que se basa podrían aplicarse en plantas de fertilizantes europeas, siempre que existan fuentes de electricidad renovable y corrientes de residuos adecuadas.
Un cambio de paradigma en los fertilizantes sin emisiones de carbono
La adopción de fertilizantes de baja huella de carbono en explotaciones como las de Agro Cycle Life, junto con la investigación puntera de la UNSW, refleja un cambio de paradigma en la forma de entender la fertilización. Ya no se trata solo de aportar nutrientes, sino de hacerlo minimizando su impacto climático y aprovechando mejor los recursos.
En España, acuerdos como el de Fertiberia y Agro Cycle Life muestran que el sector está dispuesto a incorporar soluciones tecnológicas más limpias, desde fertilizantes elaborados con hidrógeno verde hasta herramientas de agricultura de precisión que permitan ajustar dosis y reducir pérdidas. Estos movimientos encajan con las estrategias europeas de descarbonización y con los requisitos ambientales crecientes para la producción agraria.
En paralelo, la investigación en fertilizantes sin emisiones de carbono avanza hacia escenarios en los que la urea podría producirse a partir de CO₂ capturado y contaminantes nitrogenados, con el apoyo de energías renovables. Si estos procesos llegan a escalarse de manera competitiva, la industria mundial de fertilizantes podría dar un salto similar al de otros sectores que ya están electrificando sus operaciones.
La combinación de innovación industrial y científica sugiere que la fertilización del futuro será más local, más eficiente y menos dependiente de materias primas fósiles. A medio plazo, es probable que veamos una oferta creciente de fertilizantes sin emisiones o de muy baja huella de carbono, respaldados por certificaciones y estándares que permitan verificar su contribución real a la lucha contra el calentamiento global.
Aunque todavía queda camino por recorrer, el avance de acuerdos empresariales en Europa y de proyectos científicos como el de la UNSW indica que la transición hacia fertilizantes sin emisiones de carbono ha dejado de ser una mera aspiración para convertirse en una línea de trabajo concreta, con aplicaciones prácticas y un impacto potencial significativo sobre la agricultura y el clima.