
El último balance de la comunidad científica ha colocado el despliegue global de las energías renovables en el centro del tablero energético y político. Lo que hace apenas una década sonaba a promesa lejana se ha convertido en un cambio estructural: la solar y la eólica han pasado de ser tecnologías complementarias a protagonizar el crecimiento de la generación eléctrica en buena parte del planeta.
La revista Science, una de las publicaciones científicas más influyentes del mundo, ha elegido este año el “crecimiento imparable” de las energías renovables como avance científico más destacado. No solo por su impacto climático, sino porque marca un giro de fondo en la economía y en la geopolítica de la energía, con implicaciones directas para Europa y para países como España, muy expuestos a la importación de combustibles fósiles.
Del dominio de los fósiles al punto de inflexión renovable
Durante más de un siglo, el modelo energético mundial estuvo cimentado en carbón, petróleo y gas, combustibles que impulsaron la industrialización pero también aceleraron el calentamiento global. Las emisiones de dióxido de carbono asociadas a ese patrón de consumo han sido uno de los motores principales de la actual crisis climática, algo que la literatura científica lleva subrayando décadas.
En este contexto, los datos que aporta la propia Science y centros de análisis como Ember dibujan un escenario nuevo: en la primera mitad del año, la generación conjunta de energía solar y eólica creció lo suficiente como para cubrir todo el aumento de la demanda mundial de electricidad. Y, además, la producción renovable ya ha superado al carbón como principal fuente de electricidad a escala global, un hito que se venía anticipando pero que ha llegado antes de lo previsto por muchos organismos internacionales.
La propia revista destaca que la modularidad y rapidez de despliegue de estas tecnologías ha permitido que tanto grandes sistemas eléctricos como proyectos de pequeña escala avancen a un ritmo inesperado. Desde gigantescos parques fotovoltaicos conectados a la red hasta instalaciones de autoconsumo en naves industriales y viviendas, las renovables han pasado a ocupar todo el espectro de soluciones energéticas.
China como motor industrial y político de la transición
Buena parte de este vuelco tiene un protagonista claro: China se ha consolidado como la gran potencia industrial de las energías renovables. Según recuerda Science, el país asiático produce cerca del 80 % de las células solares fotovoltaicas que se instalan en el mundo, alrededor del 70 % de las turbinas eólicas y un porcentaje similar de las baterías de litio que se emplean tanto en almacenamiento estacionario como en vehículos eléctricos.
Esta apuesta a gran escala ha generado un círculo virtuoso: enormes volúmenes de fabricación han reducido los costes y han permitido que paneles, aerogeneradores y baterías lleguen a precios difícilmente igualables por otros competidores. Como señalaba un reportero citado por la propia revista, los paneles solares de origen chino se han convertido en una de las formas de energía más baratas jamás disponibles, lo que explica su rápida difusión en todos los continentes.
Para China, el despliegue interno también ha sido masivo. La expansión de parques solares sobre desiertos y mesetas, y de gigantescos complejos eólicos en zonas costeras y terrestres, ha transformado el mapa energético del país. La generación fotovoltaica se ha multiplicado por más de veinte en la última década, hasta el punto de que las renovables ya cubren la mayor parte del incremento de la demanda eléctrica, contribuyendo a frenar el crecimiento de sus emisiones.
Este dominio tecnológico y productivo contrasta con la política energética de Estados Unidos, que, según denuncia el editorial de Science, ha optado por redoblar su apuesta por el carbón, el petróleo y el gas mientras el resto del mundo se vuelca en comprar tecnología limpia. La revista subraya la paradoja: muchas de las innovaciones que han permitido abaratar las renovables se originaron en laboratorios y empresas estadounidenses, pero es China quien está capitalizando ahora el negocio global y el poder geopolítico asociado.
En este pulso, Europa aparece como cliente estratégico de la tecnología verde china, pero también como espacio donde se intenta recortar la distancia industrial mediante políticas de reindustrialización y cadenas de suministro propias. Para España, fuertemente integrada en el mercado europeo, la cuestión no es menor: la dependencia de componentes importados convive con un enorme potencial de recurso solar y eólico que la sitúa bien posicionada para seguir instalando capacidad renovable a gran velocidad.
Renovables en los tejados y soberanía energética desde abajo
El auge renovable no se limita a los grandes proyectos conectados a la red. Los sistemas solares de autoconsumo en tejados se han convertido en una de las caras más visibles de esta transformación, especialmente en Europa y en muchos países del llamado Sur Global. La caída del precio de los paneles y de los equipos de gestión hace posible que hogares, cooperativas y pequeñas empresas se conviertan en productores de su propia electricidad.
Expertas como Vanesa Castán Broto, catedrática de Urbanismo Climático, destacan que esta expansión del autoconsumo supone un avance real hacia la soberanía energética de comunidades y territorios. Instalar paneles en tejados y pequeñas parcelas permite llevar luz y servicios básicos a zonas donde la red tradicional no llega en condiciones fiables, o donde conectarse a ella resulta demasiado caro.
En regiones de África, Asia meridional o América Latina, el alza de las importaciones de paneles demuestra que millones de personas han visto en la solar distribuida una manera sencilla de alimentar iluminación, refrigeración básica o la carga de teléfonos móviles. La energía comunitaria deja de ser un concepto abstracto y se concreta en cooperativas rurales, proyectos de barrio y soluciones locales que reducen la dependencia de combustibles fósiles caros y poco accesibles.
En Europa, y concretamente en España, la combinación de tejados industriales, cubiertas residenciales y suelo disponible para pequeñas plantas compartidas abre un campo enorme para este tipo de iniciativas. El marco regulatorio —como el autoconsumo compartido y las comunidades energéticas— ha empezado a despegar, aunque todavía arrastra barreras administrativas y de tramitación que ralentizan su expansión a la escala que señalan los objetivos climáticos y energéticos europeos.
La revista Science subraya que esta “democratización” tecnológica no es un efecto colateral, sino uno de los pilares del avance. La capacidad de instalar soluciones modulares, escalables y cada vez más baratas es lo que permite que la revolución renovable no dependa únicamente de gigantes energéticos, sino que incorpore a municipios, cooperativas y pequeños inversores.
Impacto climático: desaceleración de emisiones, pero con matices
Desde la firma del Acuerdo de París, las renovables han ido ganando terreno en la mezcla energética mundial. Según cálculos de la Agencia Internacional de la Energía citados por Science, desde 2015 estas tecnologías han cubierto alrededor de dos tercios del incremento de la demanda eléctrica. Sin ellas, el aumento de las emisiones globales de CO₂ en los últimos años habría sido hasta tres veces superior.
En países como China o India, donde el consumo de energía ha crecido a un ritmo vertiginoso, la expansión renovable ha logrado frenar el ritmo de aumento de las emisiones procedentes del sector eléctrico. La revista interpreta este fenómeno como un posible punto de inflexión global en la lucha contra el calentamiento, una señal de que el tan mencionado “pico de carbono” podría estar cada vez más cerca.
Aun así, diversos expertos consultados por Science y por medios especializados alertan de que ese punto de inflexión no significa que el problema esté resuelto. La cuota de los combustibles fósiles en el suministro energético mundial sigue rondando el 80 % de toda la energía primaria, una cifra que apenas se ha reducido desde mediados de la década pasada.
Además, sectores como la aviación, el transporte marítimo o determinadas ramas de la industria pesada continúan fuertemente dependientes del gas, el petróleo y el carbón, y todavía no cuentan con alternativas comerciales maduras a gran escala. La electrificación de estos usos finales y el desarrollo de combustibles sintéticos de bajo carbono aparecen como retos de largo recorrido.
Aunque el despliegue de parques solares y eólicos continúa a gran velocidad, la construcción de nuevas centrales de carbón como respaldo en algunos países, así como la inercia de infraestructuras fósiles ya amortizadas, mantiene una presión al alza sobre las emisiones que complica alcanzar el objetivo de limitar el calentamiento a 1,5 ºC, la referencia más ambiciosa del Acuerdo de París.
Redes, almacenamiento y planificación: la trastienda técnica de la transición
Más allá de los titulares, el informe de Science insiste en que el avance renovable solo podrá consolidarse si se abordan una serie de desafíos estructurales ligados a la propia naturaleza de estas tecnologías. El primero de ellos es la adaptación de las redes eléctricas: se necesitan sistemas capaces de integrar grandes volúmenes de generación variable, con flujos bidireccionales y millones de pequeños productores distribuidos.
El segundo gran frente es el almacenamiento de energía a gran escala. Las baterías de ion litio, cuya producción también lidera China, han experimentado caídas de precio y mejoras de prestaciones muy significativas. Aun así, su despliegue masivo en redes eléctricas y sistemas aislados todavía se encuentra en una fase inicial si se compara con el volumen de renovables ya instalado.
Junto a las baterías, tecnologías como el bombeo hidroeléctrico, el almacenamiento térmico o los sistemas de aire comprimido están llamadas a jugar un papel relevante. Expertos consultados por la revista apuntan que la combinación de distintas soluciones —y no una única tecnología milagrosa— será la que permita estabilizar sistemas eléctricos con alta penetración renovable.
El tercer elemento tiene que ver con la planificación a largo plazo del sistema energético. Voces como la de Miguel de Simón Martín, profesor de Ingeniería Eléctrica, recuerdan que el despliegue masivo de renovables es una condición necesaria para hacer frente a la crisis climática, pero “no suficiente” si no va acompañado de reformas profundas en la operativa del sistema, en los mercados eléctricos y en la coordinación internacional.
Innovación tecnológica: nuevas células solares y baterías más avanzadas
Junto a la rápida expansión de los proyectos ya maduros, Science presta atención a un conjunto de innovaciones tecnológicas que podrían acelerar aún más la transición energética en los próximos años. Entre ellas, destacan las células solares de mayor eficiencia que combinan diferentes materiales para aprovechar mejor el espectro solar, y que prometen aumentar la cantidad de electricidad generada por metro cuadrado.
En paralelo, varias líneas de investigación trabajan en baterías con nuevas químicas capaces de superar a las actuales de ion litio en capacidad, durabilidad, seguridad o coste. Sistemas basados en sodio, litio-ferrofosfato mejorado u otras composiciones alternativas se perfilan como opciones para abaratar el almacenamiento estacionario sin comprometer el rendimiento.
Estas mejoras tecnológicas no son neutrales desde la perspectiva geopolítica. A medida que las capacidades de producción se consolidan en determinados países, el desarrollo de nuevos materiales y procesos de fabricación puede reordenar el mapa industrial y alterar la actual concentración de mercado, especialmente si Europa o Estados Unidos logran escalar sus propias cadenas de suministro.
Expertos del ámbito académico, como Julio J. Melero, director del instituto ENERGAIA, señalan que el reconocimiento de Science a las renovables refleja el grado de madurez industrial y tecnológica alcanzado. La cuestión ya no es tanto si las soluciones existen, sino la velocidad con la que se llevan a tierra mediante inversiones, marcos regulatorios estables y planificación coordinada.
En este sentido, el consenso entre especialistas es que las energías limpias tienen capacidad para convertirse en la opción más práctica y rentable de cara a una economía descarbonizada, siempre que se mantenga el impulso inversor y que las políticas públicas no generen incertidumbre que frene los proyectos.
Costes ocultos: materias primas, impactos ambientales y conflictos sociales
El relato optimista de la revolución renovable convive con una realidad más compleja. La propia transición descansa sobre una intensa demanda de materias primas como el litio y el cobalto para las baterías, el polisilicio para los paneles fotovoltaicos o las tierras raras utilizadas en los imanes de los aerogeneradores.
A medida que escala el despliegue, crece también la presión sobre las zonas extractivas y las cadenas de suministro globales. Diversos informes y organizaciones han documentado casos de impactos ambientales significativos ligados a minas de litio o cobalto, así como denuncias creíbles de trabajo forzoso en ciertas fases de la producción de polisilicio para la industria solar.
Además de la huella vinculada a los materiales, numerosos proyectos de gran escala —parques eólicos marinos, centrales solares en desiertos, grandes líneas de evacuación— han generado conflictos con comunidades locales e indígenas. El desplazamiento de poblaciones, la pérdida de medios de vida tradicionales, la deforestación o la alteración de ecosistemas terrestres y marinos forman parte del reverso menos visible de la transición si no se gestiona con criterios de justicia social y ambiental.
Casos como las protestas contra parques eólicos en Noruega, México o ciertas regiones de India evidencian que el despliegue rápido de infraestructuras renovables sin participación real de los territorios afectados puede derivar en una resistencia social importante. La aceptación pública de la transición —clave para sostenerla a largo plazo— dependerá de cómo se aborden estas tensiones.
En Europa y España, el debate sobre la ubicación de macroparques, la protección de la biodiversidad y el papel de las comunidades locales ha ido ganando peso. La experiencia de los últimos años apunta a que una transición energética percibida como impuesta o injusta corre el riesgo de perder legitimidad social, incluso entre quienes apoyan el abandono de los combustibles fósiles.
Transición justa: reparto de beneficios y poder sobre la energía
Frente a estos desafíos, cada vez más voces reclaman que la expansión de las renovables se inserte en el marco de una “transición energética justa”. Este enfoque no se limita a reducir emisiones, sino que busca repartir de manera equitativa los beneficios y las cargas del nuevo modelo energético, tanto entre países como dentro de cada territorio.
Una transición justa implica reconocer el derecho de las comunidades a decidir cómo se produce, se distribuye y se utiliza la energía en sus regiones. También supone garantizar que los proyectos renovables generan retornos económicos y empleo local, en lugar de limitarse a ocupar espacio y evacuar electricidad hacia otros puntos sin dejar apenas valor añadido.
En la práctica, esto se traduce en impulsar fórmulas como las comunidades energéticas locales, el reparto de ingresos de los parques entre los municipios afectados o mecanismos de participación temprana en la planificación. La transparencia en la información y la integración de distintas voces —incluidas las de colectivos vulnerables— se presentan como condiciones para reducir los conflictos.
Organismos internacionales y parte de la comunidad científica señalan que la transición energética justa no es un lujo opcional, sino un requisito para que el cambio de modelo sea políticamente sostenible. De lo contrario, el riesgo es que la oposición a determinados proyectos se convierta en oposición generalizada a las renovables, ralentizando el abandono de los combustibles fósiles.
La voluntad política, los marcos legales y el respaldo social serán, por tanto, tan decisivos como las curvas de coste o los avances tecnológicos. La experiencia europea, con debates intensos sobre la reforma del mercado eléctrico y la protección de consumidores vulnerables, muestra que la dimensión social del cambio energético es ya uno de los ejes centrales del debate público.
Europa y España en el tablero renovable global
Aunque el protagonismo industrial recaiga en gran medida en China, Europa mantiene un papel clave en la transición, tanto desde el punto de vista regulatorio como por su volumen de mercado. Las políticas climáticas comunitarias, desde el Pacto Verde Europeo hasta los paquetes legislativos de energía y clima, han marcado un rumbo ambicioso de reducción de emisiones y despliegue renovable.
El continente se ha consolidado como uno de los principales destinos de la tecnología fotovoltaica y eólica de fabricación asiática, pero también está avanzando en la creación de capacidades propias de producción para reducir riesgos de dependencia excesiva. La discusión sobre subsidios, ayudas a la industria verde y normas de contenido local forma parte de una estrategia más amplia para mantener competitividad frente a otras potencias.
En este contexto, España ocupa una posición destacada por su recurso solar excepcional y por una importante disponibilidad de viento, tanto en tierra como en mar. El país ha experimentado en los últimos años un fuerte incremento de parques fotovoltaicos y eólicos, acompañado de una bajada significativa de los costes de generación y de un crecimiento del autoconsumo.
A la vez, la red eléctrica española afronta retos similares a los descritos por Science: necesidad de reforzar infraestructuras, reducir cuellos de botella administrativos y acelerar la integración de almacenamiento y flexibilidad en la gestión de la demanda. El debate sobre la ubicación de plantas, las líneas de alta tensión y la protección del medio rural está plenamente vigente.
La experiencia europea y española puede leerse, en cierto modo, como un laboratorio político y técnico de la transición: una región con objetivos climáticos ambiciosos, capacidad regulatoria y recursos renovables abundantes, pero también con tensiones sociales y económicas que obligan a hilar fino para que el cambio de modelo sea percibido como una oportunidad compartida y no como una imposición desde arriba.
Todo este panorama que dibuja la comunidad científica deja un mensaje bastante claro: el impulso de la solar y la eólica ha dejado de ser una nota al margen y se ha convertido en el núcleo de la transformación energética global; el liderazgo productivo de China, la apuesta regulatoria de Europa y las demandas crecientes de una transición justa marcarán hasta qué punto estas tecnologías se consolidan como la forma más lógica, accesible y socialmente aceptable de producir la energía que va a sostener nuestras economías en las próximas décadas.



