El mar Mediterráneo ha vivido este verano una situación sin precedentes. Las temperaturas de sus aguas han batido todos los registros conocidos para estas fechas, y no es una casualidad: detrás de este calor extremo está la mano del ser humano. Un equipo internacional de científicos ha confirmado que el cambio climático ha añadido alrededor de dos grados a la temperatura superficial del Mediterráneo, una cifra que duplica la media del calentamiento global. El estudio, coordinado por la red World Weather Attribution (WWA), deja claro que el mar que baña nuestras costas ya no es el de hace décadas.
Los investigadores, procedentes de Suiza, Suecia, Estados Unidos, Irlanda y Reino Unido, han analizado cuatro regiones costeras europeas, desde los mares celtas hasta el Mediterráneo oriental. En todas ellas han encontrado una tendencia al alza que supera los promedios mundiales. Pero es en el Mediterráneo donde el fenómeno resulta más acusado. Mientras que en el golfo de Vizcaya y la península ibérica el calentamiento atribuible a la actividad humana se sitúa en 1,4 grados, en el Mediterráneo occidental alcanza los 1,9 grados. Y los datos observacionales apuntan incluso a incrementos mayores: hasta 3,1 grados en el Mediterráneo occidental y 2,6 en el oriental desde la era preindustrial.
Un calor que antes era milenario y ahora se repite cada cinco años
Para llegar a estas conclusiones, el equipo de WWA no se ha limitado a mirar el termómetro. Ha combinado tres registros satelitales con datos de barcos, boyas y flotadores, y los ha contrastado con doce modelos climáticos del proyecto internacional CMIP6. Después, ha comparado el mundo actual, 1,4 grados más cálido que en la época preindustrial, con un escenario hipotético sin calentamiento humano. El resultado es demoledor: un episodio de calor marino como el de 2026, que antes se esperaba una vez cada 1.200 años frente a la península y cada 2.000 en el Mediterráneo occidental, ahora puede repetirse cada cinco años.
La máxima media de 14 días consecutivos alcanzó este año 21,4 grados en la región del golfo de Vizcaya y la península, y 27,9 grados en el Mediterráneo occidental. Son promedios de áreas extensas, no mediciones aisladas. Y lo más llamativo: este récord se ha batido ya en julio, cuando el mar suele alcanzar su punto más cálido en agosto o septiembre. Un mes tan extremo como el de julio de 2026 no se esperaría más de una vez cada 20 o 90 años según los registros históricos.

El Mediterráneo avanza más rápido que los modelos
Uno de los aspectos que más preocupa a la comunidad científica es que las observaciones van por delante de las predicciones. Los termómetros registran un calentamiento mayor que el que proyectan los modelos climáticos. Los máximos anuales han aumentado 3,1 grados en el Mediterráneo occidental y 2,6 en el oriental, mientras que la parte atribuible al calentamiento humano se queda en 1,9 y 1,8 grados respectivamente. Los autores del estudio admiten que las cifras podrían quedarse cortas.
Carlos García-Soto, investigador del CSIC-IEO ajeno al trabajo, explica que la incertidumbre no está tanto en la dirección del cambio como en su magnitud regional. Más mediciones directas ayudarían a aclarar esta diferencia. El mar europeo está entrando en un territorio climático desconocido, y los modelos aún no logran captar toda la velocidad del fenómeno.
El calor que empieza bajo el agua llega a la costa
Las consecuencias de este calentamiento van mucho más allá de lo que se ve en la superficie. Claire Bergin, investigadora de la Universidad de Maynooth y autora principal del informe, advierte de que unas aguas más cálidas pueden parecer atractivas para los bañistas, pero las consecuencias para la vida marina son graves. El calor extremo provoca mortandades masivas de corales, esponjas y praderas submarinas, y favorece la expansión de especies invasoras, bacterias y algas tóxicas. Todo ello con efectos directos sobre la pesca, el turismo y la salud humana.
Ángel Borja, investigador de AZTI ajeno al estudio, pone un ejemplo muy cercano: en el País Vasco, el agua ya alcanzaba los 25 grados a finales de junio, y durante todo el verano se ha mantenido en torno a los 24. Antes, esa temperatura solo se registraba puntualmente en agosto. Cada vez son más frecuentes las llegadas masivas de medusas, salpas y otras especies que causan daños en la pesca, la acuicultura y el turismo.
Un mar más caliente, más humedad y más riesgo de lluvias torrenciales
El calor marino no se queda en el agua. Por cada grado de aumento, el aire sobre el mar puede contener alrededor de un 7% más de vapor de agua. Esa humedad extra, cuando coinciden otros factores atmosféricos, puede alimentar lluvias torrenciales como las que provocaron las inundaciones de Valencia en octubre de 2024. El mar Balear, frente a la costa valenciana, alcanzaba entonces unos 23 grados, 1,5 por encima de la media, y el episodio dejó registros extraordinarios como los 771 litros por metro cuadrado en Turís.
Los expertos matizan que un mar cálido no garantiza por sí solo una dana destructiva. Pero sí actúa como un multiplicador del riesgo: proporciona más energía y humedad a los sistemas convectivos. Si el planeta alcanza los 2,8 grados sobre el nivel preindustrial, un escenario compatible con las políticas actuales, episodios como el de 2026 se repetirían prácticamente todos los años en las cuatro regiones estudiadas.
La expansión de las olas de calor marinas es otro de los datos más impactantes del estudio. En 2026, el 90% de la región del golfo de Vizcaya y la costa ibérica sufrió una ola de calor marina, y en el Mediterráneo occidental la superficie afectada alcanzó el 80%. Sin cambio climático, esas cifras se reducirían al 40% en ambos casos, y en el Mediterráneo oriental pasarían del 70% actual a solo un 9%. La región celta, por su parte, bajaría del 80% al 30%.
Friederike Otto, catedrática de Ciencias del Clima en el Imperial College de Londres, es contundente: los mares se están calentando a un ritmo que supera los promedios del calentamiento global, con consecuencias directas para la vida en la tierra y en el mar. Retrasar la transición hacia fuentes de energía alternativas está empujando a muchos ecosistemas oceánicos más cerca de la extinción. Y añade que no podemos limitarnos a intentar adaptarnos: en los océanos existen límites infranqueables para la adaptación, y cuanto más tardemos en abandonar los combustibles fósiles, mayor será el precio a pagar.
El análisis se cerró a comienzos de agosto, cuando el mar seguía anormalmente caliente y aún no había alcanzado el momento del año en que suele registrar sus máximos. Las cifras de 2026 son, por tanto, una fotografía todavía provisional de un fenómeno que no da tregua. El Mediterráneo no consigue salir del episodio de calor, y los expertos advierten de que las consecuencias serán irreversibles si no se actúa con urgencia.

