La comunidad científica internacional ha activado todas las alarmas ante la inminente llegada de uno de los eventos climáticos más determinantes del planeta. Según los últimos informes de los principales organismos meteorológicos, existe una probabilidad del 80% de que El Niño se establezca de forma oficial durante el trimestre comprendido entre junio y agosto, extendiéndose con casi total seguridad hasta finales de año. Este cambio en los patrones oceánicos y atmosféricos no es una cuestión menor, ya que tiene la capacidad de alterar el termómetro mundial y los regímenes de lluvias en cuestión de semanas.
Desde las Naciones Unidas se ha lanzado un mensaje contundente sobre lo que esto supone para la estabilidad del clima. António Guterres ha señalado que este fenómeno funcionará como leña al fuego del calentamiento global, lo que implica que nos enfrentamos a impactos que podrían ser mucho más severos y rápidos de lo que hemos visto en décadas anteriores. No se trata simplemente de un ciclo natural más, sino de un evento que se desarrolla sobre un océano que ya está inusualmente cálido debido a la actividad humana, lo que potencia cualquier anomalía meteorológica.
¿Qué es exactamente el fenómeno de El Niño?
Para entender el jaleo que se está montando, hay que mirar hacia el océano Pacífico. En condiciones normales, los vientos alisios empujan el agua caliente hacia Asia, permitiendo que el agua fría suba a la superficie en la costa de Sudamérica. Sin embargo, cuando aparece El Niño, estos vientos se debilitan o incluso cambian de dirección, provocando que el agua cálida se desplace hacia el este, llegando hasta las costas de Perú y Ecuador. Este baile de masas de agua altera por completo la circulación del aire y la formación de nubes a escala planetaria.
Históricamente, los pescadores sudamericanos fueron los primeros en notar este cambio allá por el mes de diciembre, motivo por el cual lo bautizaron con este nombre tan navideño. Lo que hoy preocupa a los expertos es que estamos viendo anomalías térmicas subsuperficiales de hasta 6 grados por encima de lo normal en algunas zonas del Pacífico tropical. Esta reserva de calor bajo la superficie es la que alimenta el calentamiento externo y sugiere que el evento que viene podría ser especialmente intenso.

Un «Super Niño» en el horizonte: probabilidades e incertidumbre
Aunque la mayoría de los modelos matemáticos apuntan maneras, los meteorólogos prefieren ser cautos debido a lo que llaman la «barrera de la predictibilidad». Se trata de un periodo durante la primavera donde los pronósticos suelen fallar más que una escopeta de feria, ya que la atmósfera está en plena transición. Aun así, los datos más recientes de la NOAA y el Centro Europeo sugieren que podríamos estar ante un episodio de intensidad moderada o fuerte, con un 22% de posibilidades de que se convierta en un «Super Niño» antes de que termine el verano.
La diferencia entre un evento normal y uno de gran magnitud radica en el impacto económico y humanitario. Un fenómeno muy intenso suele traducirse en sequías devastadoras en el Sudeste Asiático y Australia, mientras que el sur de Estados Unidos y parte de América Central sufren inundaciones catastróficas. La Secretaria General de la OMM, Celeste Saulo, ha insistido en que las alertas tempranas son la única herramienta eficaz para salvar vidas y proteger las infraestructuras ante el riesgo creciente de olas de calor extremas tanto en tierra como en el mar.

El impacto directo en España y el continente europeo
Si nos centramos en lo que nos toca de cerca, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha sido bastante clara para no generar pánico innecesario. Lo cierto es que España no presenta una correlación directa y sistemática con lo que ocurre en el Pacífico. A diferencia de lo que sucede en los trópicos, donde los efectos son inmediatos, en la península ibérica el clima depende de otros muchos factores atlánticos que pueden camuflar o anular la influencia de El Niño durante los meses de verano.
No obstante, algunos estudios apuntan a que, cuando el fenómeno es muy potente, se nota un aumento de la inestabilidad a finales de año. Rubén del Campo, portavoz de la AEMET, ha mencionado que en ocasiones se ha observado un incremento de las lluvias durante el otoño o el inicio del invierno en nuestra región. Pero ojo, que esto no significa que nos vayamos a librar del calor; de hecho, la previsión para este verano ya indica temperaturas por encima de lo normal en casi todo el país, independientemente de lo que pase en el otro lado del mundo.

Consecuencias globales y la crisis climática
Uno de los puntos que más preocupa a los climatólogos es cómo este ciclo natural se acopla con la tendencia de calentamiento global que llevamos arrastrando. Al haber cada vez más gases de efecto invernadero, el sistema no tiene tiempo de enfriarse entre un episodio y otro. Esto provoca que el nivel térmico de referencia sea cada vez más alto, haciendo que los años en los que coincide El Niño se conviertan casi automáticamente en los más cálidos de la historia, tal y como sucedió recientemente en el periodo 2023-2024.
Las repercusiones van más allá de tener que poner el aire acondicionado un poco más fuerte. La sequía en regiones clave como el Sahel o el norte de Australia puede disparar el precio de los alimentos a nivel mundial y provocar crisis migratorias. Además, este fenómeno suele debilitar la formación de huracanes en el Atlántico, pero por el contrario, vuelve mucho más peligrosas las tormentas en el Pacífico, afectando gravemente a zonas como Hawái o el este de Asia, donde las infraestructuras pueden verse superadas por la fuerza de la naturaleza.
A pesar de que todavía quedan algunas semanas para ver cómo se acopla definitivamente la atmósfera con el océano, la vigilancia es constante y los modelos meteorológicos se actualizan casi a diario para ofrecer la mayor precisión posible. La clave reside en entender que, aunque estemos ante un proceso natural que se repite cada pocos años, su interacción con una atmósfera ya sobrecalentada nos sitúa en un territorio desconocido. Mantener la solidaridad internacional con los países más vulnerables y acelerar la transición energética son pasos fundamentales para que estos vaivenes del clima no nos pillen con el paso cambiado ni comprometan nuestro bienestar futuro.


