
La preocupación por la presencia de micro y nanoplásticos en el agua del grifo y embotellada se ha colado de lleno en la agenda científica y sanitaria internacional. Estas partículas minúsculas pueden atravesar sistemas de tratamiento convencionales, llegar hasta nuestro vaso e incluso acumularse en distintos tejidos del organismo con posibles efectos adversos a largo plazo que todavía se están estudiando.
En este contexto, un equipo del Conicet en el Instituto de Investigaciones en Ciencia y Tecnología de Materiales (INTEMA, Conicet-UNMdP), con sede en Mar del Plata (Argentina), trabaja en un dispositivo de uso doméstico pensado para colocar en el hogar como complemento de los purificadores de agua de red. El objetivo es que cualquier vivienda pueda disponer de una herramienta adicional para reducir la carga de micro y nanoplásticos antes del consumo humano, con una tecnología que en el futuro podría inspirar soluciones similares en Europa y otros territorios.
Un dispositivo doméstico para ir más allá del filtrado tradicional
El proyecto, liderado por la investigadora Carla di Luca, busca desarrollar un equipo compacto que se integre con los filtros ya presentes en muchas cocinas, en lugar de sustituirlos. La idea es que este dispositivo actúe como un módulo adicional de tratamiento específicamente orientado a los micro y nanoplásticos, algo para lo que la mayoría de tecnologías comerciales actuales no fueron diseñadas.
Uno de los propósitos centrales es que el aparato pueda funcionar como complemento de los purificadores de agua de red que ya se utilizan para eliminar sedimentos, cloro, bacterias u otros compuestos químicos. Así, el usuario no tendría que cambiar por completo su sistema de filtrado, sino sumar una etapa extra enfocada en las partículas plásticas de tamaño microscópico.
Este enfoque encaja con las preocupaciones crecientes en Europa y España, donde se debate cómo reforzar el control de contaminantes emergentes en el agua potable. Aunque el proyecto se desarrolla en Argentina, las líneas de trabajo podrían ser transferibles a contextos urbanos europeos, donde la calidad del agua está muy regulada, pero la cuestión de los microplásticos sigue abierta.
El reconocimiento a esta línea de investigación llegó con la Distinción Franco-Argentina en Innovación 2025 en la categoría Senior, que destacó tanto el enfoque tecnológico como el potencial impacto sanitario y ambiental de la propuesta si se logra trasladar desde el laboratorio hasta el mercado.
Cómo funciona el sistema: luz UVC y materiales adsorbentes
El dispositivo se basa en un esquema de tratamiento en dos etapas cuidadosamente articuladas. Primero se aplica una fase de activación mediante luz UVC y, a continuación, una fase de captura usando materiales porosos de bajo coste desarrollados a partir de residuos industriales.
En la primera etapa, el agua pasa por un módulo donde se somete a fotólisis UVC, es decir, a una radiación ultravioleta de alta energía. En lugar de intentar destruir por completo los plásticos —algo que resultaría muy costoso en términos energéticos—, esta luz se utiliza para modificar químicamente la superficie de las partículas. Al alterar su capa externa, se vuelven más «pegajosas» o afines a otros materiales, lo que facilita su posterior captura.
En la segunda fase, el agua ya tratada con luz UVC entra en contacto con materiales adsorbentes porosos, desarrollados específicamente por el equipo a partir de la revalorización de residuos industriales locales. Estos sólidos actúan como «esponjas» a escala microscópica, capaces de atraer y retener de forma selectiva los micro y nanoplásticos activados en el paso anterior.
La clave está en que el proceso no se limita a un tamizado físico, como ocurre con muchos filtros convencionales, sino que se apoya en interacciones químicas y de superficie para fijar las partículas. De esta manera, se plantea una estrategia más prometedora para hacer frente especialmente a los nanoplásticos, de tamaño inferior a 1 micrómetro, que pueden traspasar con facilidad las barreras mecánicas estándar.
Según Di Luca y su equipo, esta combinación de fotólisis UVC y adsorción permite aspirar a una mayor eficiencia de remoción de nanoplásticos, con un consumo energético inferior al de los procesos de oxidación total y con costes contenidos gracias al uso de materiales procedentes de residuos valorizados, lo que también suma un componente de economía circular.
Qué pasa con los filtros de agua actuales y por qué se quedan cortos
La mayoría de los dispositivos de tratamiento de agua disponibles en el mercado, tanto en América Latina como en Europa, fueron diseñados para abordar otros problemas de calidad: sedimentos, cloro, bacterias, arsénico u otros compuestos químicos. El reto de los micro y nanoplásticos llegó después, cuando muchos sistemas ya estaban ampliamente implantados en hogares y redes urbanas.
Los filtros de carbón activado granular (GAC), muy comunes en purificadores domésticos, tienen capacidad para retener parte de los microplásticos presentes en el agua, pero lo hacen mediante un mecanismo fundamentalmente físico: las partículas quedan atrapadas si su tamaño es mayor que el de los poros del filtro. Este principio funciona relativamente bien para fracciones más grandes, pero deja margen de paso a las más finas.
La ventaja de estos filtros es que son económicos, fáciles de instalar y utilizar, razones por las cuales su adopción es amplia tanto en viviendas particulares como en pequeñas instalaciones. No obstante, su eficacia depende en gran medida de la porosimetría y calidad del carbón activado, y no están concebidos para garantizar la retención de las partículas más diminutas, especialmente en el rango nanométrico.
En el otro extremo se sitúan las tecnologías de membranas, como la ultrafiltración y la ósmosis inversa. Estos sistemas sí han demostrado una gran capacidad para retirar un alto porcentaje de micro y nanoplásticos del agua potable, ya que actúan como barreras muy finas capaces de frenar incluso las partículas más pequeñas.
El problema es que, aunque efectivas, estas soluciones resultan costosas, demandantes en energía y agua y, en el caso de la ósmosis inversa, tienden a eliminar minerales esenciales del agua potable, lo que plantea un debate sobre su uso continuo en el entorno doméstico. Además, requieren un mantenimiento especializado y generan un volumen considerable de rechazo, algo que complica su implantación masiva en hogares.
Otras estrategias, como los procesos de oxidación total que buscan degradar completamente las partículas plásticas, muestran un gran potencial en ensayos de laboratorio, pero su aplicación práctica se ve limitada por el elevado consumo de energía y reactivos. En este panorama, se abre hueco para soluciones intermedias, más asequibles y fáciles de integrar en sistemas de filtrado doméstico ya existentes.
El reto específico de los nanoplásticos
Cuando se habla de plásticos en el agua, muchas veces se piensa en microplásticos visibles solo al microscopio, pero dentro de esa categoría existe un grupo aún más complicado de gestionar: los nanoplásticos, partículas cuya dimensión es inferior a 1 micrómetro. Su tamaño extremadamente pequeño les permite atravesar con relativa facilidad filtros mecánicos convencionales.
Los nanoplásticos surgen de la degradación progresiva de fragmentos de plástico mayores en el medio ambiente. Con el paso del tiempo, la radiación solar, la acción mecánica y otros procesos físicos y químicos van reduciendo el tamaño de las partículas, hasta llegar a escalas que desafían los sistemas de tratamiento tradicionales.
La preocupación radica en que estas partículas tan finas tienen mayor superficie específica en relación a su volumen, lo que puede favorecer su interacción con otros contaminantes y con los tejidos biológicos una vez que entran en el organismo. Aunque la ciencia aún está aclarando el alcance de sus efectos, la posibilidad de bioacumulación y de impactos crónicos a largo plazo se considera un riesgo emergente.
Por este motivo, la remoción de nanoplásticos se encuentra todavía en fase de investigación activa a nivel internacional. Se exploran distintas estrategias, desde membranas avanzadas hasta tratamientos químicos o físicos combinados, pero ninguna ha logrado consolidarse como solución universal y accesible para el entorno doméstico.
El dispositivo impulsado por el equipo de Di Luca intenta cubrir precisamente ese hueco: ofrecer una alternativa que, sin llegar a la complejidad de una planta industrial, mejore la retención de las fracciones más pequeñas con un coste y unas necesidades de mantenimiento asumibles para un hogar medio.
Fase de desarrollo: del laboratorio al posible prototipo doméstico
Actualmente, el proyecto se encuentra en una etapa de investigación y validación a escala de laboratorio. El grupo trabaja en dos líneas principales de manera paralela: por un lado, en profundizar el estudio de la fotólisis UVC como herramienta de activación superficial de micro y nanoplásticos; por otro, en perfeccionar la captura selectiva mediante materiales funcionalizados de bajo coste obtenidos a partir de residuos industriales.
En las pruebas realizadas se evalúan las eficiencias de remoción en condiciones similares a las del agua de red, simulando escenarios que podrían encontrarse en viviendas reales. La intención es no limitarse a soluciones que funcionen solo en aguas muy controladas de laboratorio, sino comprobar cómo responde el sistema ante mezclas más complejas y representativas del uso cotidiano.
Entre los próximos hitos del proyecto destaca el diseño y construcción de un prototipo doméstico, un equipo físico que permita evaluar el rendimiento del sistema híbrido en entornos más cercanos a una aplicación real. Este paso será clave para identificar ajustes necesarios en el diseño, en la durabilidad de los materiales y en la facilidad de uso para usuarios no especializados.
Si los resultados se mantienen alentadores, el equipo de investigación prevé avanzar en el aumento del grado de madurez tecnológica de la propuesta, un proceso que incluye desde la optimización del dispositivo hasta el estudio de modelos de negocio viables, ya sea a través de licencias tecnológicas o de colaboraciones con fabricantes de equipos de tratamiento de agua.
En paralelo, se contemplan oportunidades de transferencia hacia empresas del sector, tanto en el ámbito latinoamericano como, potencialmente, en mercados europeos donde el tratamiento avanzado del agua goza de una fuerte implantación. Esto podría abrir la puerta a adaptar la tecnología a normativas más exigentes, como las que se aplican en la Unión Europea.
Impacto potencial en salud pública y gestión de residuos
Más allá del aspecto estrictamente tecnológico, el dispositivo plantea un doble impacto en salud pública y sostenibilidad. Por un lado, contribuiría a reducir la exposición cotidiana de la población a micro y nanoplásticos presentes en el agua potable, un factor que, aunque todavía se investiga, se percibe como un riesgo emergente que conviene minimizar.
Por otro lado, el hecho de que los materiales adsorbentes se desarrollen a partir de residuos industriales revalorizados introduce un componente de gestión de residuos particularmente interesante. Se trata de transformar desechos en insumos tecnológicos útiles, alineándose con estrategias de economía circular que también se están impulsando con fuerza en Europa. Esta línea conecta además con iniciativas sobre gestión de aguas residuales y su tratamiento.
Este enfoque permite reducir costes de fabricación del dispositivo y, al mismo tiempo, da salida a subproductos industriales que de otro modo requerirían tratamientos adicionales o acabarían en vertederos. La idea de convertir un residuo en parte de la solución frente a otra forma de contaminación añade un valor añadido al proyecto.
Si se consiguiera llevar esta tecnología al mercado, podría servir de referencia para nuevos desarrollos en distintos países, incluyendo España, donde existe una creciente sensibilidad hacia la calidad del agua de consumo y la presencia de contaminantes emergentes. Adaptar la propuesta a marcos regulatorios europeos podría implicar ajustes técnicos, pero el concepto de fondo —un módulo doméstico específico para micro y nanoplásticos— encaja con las tendencias actuales.
En conjunto, la línea de trabajo impulsada desde el INTEMA muestra cómo la investigación aplicada puede generar herramientas prácticas para el uso cotidiano, conectando el laboratorio con la vida diaria. Un eventual dispositivo doméstico que ayude a reducir la carga de micro y nanoplásticos en el agua del grifo, aprovechando además residuos industriales como recurso, sería un paso más en la búsqueda de soluciones realistas a uno de los desafíos ambientales y sanitarios que más inquietud despiertan en la ciudadanía.