La reciente adjudicación de un macroproyecto energético ha desatado una auténtica tormenta política que ha pillado a muchos por sorpresa. Se trata de la construcción de una planta térmica de gas en las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, una decisión que ha puesto contra las cuerdas la relación entre el Gobierno central y las directrices de transición ecológica. Lo que en principio parecía un trámite administrativo para garantizar que no nos quedemos a oscuras, ha terminado por convertirse en un debate sobre la soberanía de los pueblos indígenas y el futuro de los combustibles fósiles.
El lío empezó a cobrar dimensiones épicas cuando se hicieron públicos los resultados de la subasta de energía. Resulta que una parte sustancial de la potencia adjudicada recayó en una iniciativa que había pasado desapercibida durante años, resurgiendo ahora con una fuerza inusitada. El propio mandatario no ha tardado en poner el grito en el cielo, calificando la jugada de traición a los principios progresistas, mientras que los responsables técnicos defienden que los procesos se han llevado a cabo con total transparencia y rigor normativo.
La capacidad técnica del proyecto Nencol 5
Para entender de qué estamos hablando exactamente, hay que mirar las cifras, que no son moco de pavo. El proyecto, liderado por Nodo Energético del Norte de Colombia (Nencol) y Termoinduenergy, tiene un potencial que alcanza los 2.200 MW, aunque por ahora solo se han comprometido 288 megavatios. La idea es que este complejo funcione con gas natural importado, utilizando una terminal de regasificación flotante, lo que permitiría que el suministro eléctrico sea estable y continuo incluso cuando las renovables no den abasto.
Según el calendario previsto, la planta debería estar echando humo —en el buen sentido operativo— para diciembre de 2029. Los promotores aseguran que llevan más de una década preparando el terreno y que cuentan con todos los papeles en regla, incluyendo las garantías financieras necesarias para que el sistema interconectado no sufra sobresaltos. Es fundamental recalcar que, según las empresas, este tipo de instalaciones actúan como un seguro de vida frente a periodos de sequía extrema donde las hidroeléctricas se quedan bajo mínimos.
El conflicto sagrado de la Línea Negra

El principal escollo no es solo técnico, sino profundamente cultural y espiritual. La ubicación de la planta se sitúa a escasos 500 metros de la Línea Negra, una delimitación que protege 348 sitios sagrados de los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo. Para estas comunidades, el territorio es un organismo vivo y cualquier intervención de este calibre supone una herida en su cosmovisión. El Gobierno ha insistido en que proteger este ecosistema es una prioridad absoluta, lo que choca frontalmente con la necesidad de infraestructuras energéticas de gran escala.
Desde la otra orilla, los representantes legales de las compañías aseguran que ni cortos ni perezosos han realizado las consultas previas correspondientes con las comunidades locales. Afirman que la Agencia Nacional de Consultas Previas ha dado el visto bueno y que se ha respetado escrupulosamente el marco legal. Sin embargo, la sensibilidad del área es tal que cualquier movimiento se mira con lupa, y no son pocos los que temen que el equilibrio ecológico y ritual de la Sierra se vea comprometido de forma irreversible por la actividad industrial.
Tensiones políticas y modelos de transición
El rifirrafe ha llegado incluso al seno del propio gabinete ministerial, evidenciando que no todos reman en la misma dirección. Mientras una parte del Ejecutivo aboga por una desconexión rápida de los hidrocarburos, el sector técnico del Ministerio de Minas recuerda que la firmeza energética no se consigue de la noche a la mañana solo con paneles solares. Esta dualidad ha generado un cruce de acusaciones donde se habla incluso de falta de coordinación interna, dejando al sector energético en una situación de incertidumbre bastante incómoda.
Jorge Castellanos, la cara visible tras el entramado empresarial, defiende que su proyecto es la pieza que falta para evitar apagones en el futuro. Sostiene que hablar de renovables es muy romántico, pero que cuando el sol no brilla o el viento no sopla, se necesita gas para que la industria no se detenga. Es un choque de modelos en toda regla: la pureza de las renovables frente al respaldo pragmático que ofrecen las térmicas en momentos críticos de demanda nacional.
La estructura corporativa tras la adjudicación también ha levantado alguna que otra ceja, dado que se trata de empresas con capitales modestos gestionando contratos de miles de millones. A pesar de las dudas sembradas sobre la solidez financiera de los ganadores de la subasta, estos insisten en que tienen el respaldo necesario y una experiencia contrastada en el sector. Al final del día, lo que está en juego es la confianza de los inversores internacionales y la capacidad del país para cumplir con sus compromisos de reducción de emisiones sin sacrificar la luz en los hogares.
El panorama actual queda marcado por una espera tensa donde los trámites ambientales y las licencias definitivas dictarán sentencia sobre si las turbinas llegarán a girar algún día. Lo que es innegable es que la Sierra Nevada se ha convertido en el tablero de una partida donde se mezclan intereses económicos, derechos ancestrales y una visión política que busca cambiar las reglas del juego. No se trata solo de producir energía, sino de decidir a qué precio estamos dispuestos a obtenerla y si el respeto al territorio sagrado es una línea roja infranqueable o un obstáculo negociable en el camino hacia el desarrollo.
