El dilema del biodiƩsel en Argentina: una potencia industrial a medio gas frente a los retos globales

  • La industria argentina opera actualmente con una capacidad ociosa cercana al 75%, afectando principalmente al polo productivo de Santa Fe.
  • El nuevo marco regulatorio propuesto busca elevar el corte obligatorio de biodiĆ©sel en el gasoil hasta el 10% para reactivar el mercado interno.
  • Las exportaciones hacia la Unión Europea se encuentran bajo amenaza debido a las crecientes exigencias ambientales y normativas del continente.
  • Córdoba lidera la innovación con la primera planta de biodiĆ©sel de segunda generación basada en la economĆ­a circular.

Planta de producción de biocombustibles

Argentina se encuentra en una encrucijada económica que recuerda a esas grandes oportunidades que se quedan en el tintero. Aunque el país posee una infraestructura envidiable y es uno de los mayores productores de aceite de soja del planeta, su industria del biodiésel parece estar atrapada en un laberinto de regulaciones y cambios de rumbo políticos que no permiten que el sector despegue del todo. Lo que hace quince años se perfilaba como la joya de la corona de la transición energética, hoy sobrevive a duras penas, mirando de reojo cómo sus competidores regionales, especialmente Brasil, le ganan la partida por la mano.

La realidad es que el país tiene todo lo necesario para triunfar: materia prima de sobra, tecnología de punta y una ubicación estratégica en los puertos. Sin embargo, la falta de una estrategia a largo plazo ha provocado que gran parte de las plantas procesadoras estén cogiendo polvo. No es solo una cuestión de dinero, sino de seguridad jurídica y visión de futuro, algo que el sector reclama con insistencia para poder competir en un mercado internacional que es cada vez mÔs exigente con las normas medioambientales, especialmente en el territorio europeo.

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El desplome de la producción y el peso de la capacidad ociosa

Infraestructura industrial aceitera

Si echamos un vistazo a las cifras, el panorama es un poco desalentador. Desde aquel pico de gloria en 2017, donde se alcanzaron los 2,8 millones de toneladas, la producción ha ido cuesta abajo y sin frenos. El pasado año apenas se rozó el millón de toneladas, lo que significa que el sector estÔ operando a menos de la mitad de su potencial real. Esta situación ha dejado a las plantas, especialmente las situadas en Santa Fe, en un estado de letargo preocupante, con una capacidad ociosa que ronda el 75%, algo que a cualquier empresario le quitaría el sueño.

Resulta llamativo que, mientras el mundo demanda combustibles mÔs limpios para frenar el cambio climÔtico, Argentina tenga sus fÔbricas mÔs grandes casi paradas. El sector apunta directamente al marco regulatorio actual, que redujo los incentivos y generó una incertidumbre que espanta cualquier inversión importante. A día de hoy, el motor de esta industria estÔ funcionando al ralentí, dependiendo casi exclusivamente de un mercado interno que no tiene la fuerza suficiente para absorber todo lo que estas plantas podrían ofrecer si se pusieran las pilas al cien por cien.

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Nuevos horizontes legislativos y el modelo de desregulación

Laboratorio de biocombustibles

En los despachos de Buenos Aires se estÔ cocinando un cambio de reglas que podría dar un vuelco a la situación. El gobierno actual busca desregular el mercado, bajo la premisa de que la industria ya es lo suficientemente madura como para competir sin muletas estatales ni precios administrados. El proyecto de ley que circula por el Senado propone elevar el corte obligatorio de biodiésel en el gasoil del actual 7,5% al 10%, con la vista puesta incluso en llegar al 15% en el futuro, siguiendo los pasos de otros países que ya han apostado fuerte por esta vía.

Esta propuesta no estÔ exenta de polémica, ya que plantea un escenario de ganadores y perdedores. Mientras que las grandes aceiteras ven con buenos ojos la posibilidad de entrar en el mercado doméstico, las pequeñas y medianas empresas temen que la apertura total del mercado termine por engullirlas. Lo que estÔ claro es que el sistema de cupos actual se percibe como un freno a la eficiencia, y el objetivo de la nueva ley de biocombustibles es crear un ecosistema mÔs Ôgil y transparente que atraiga divisas y reduzca la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles, que tanto pesan en la balanza comercial.

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El desafío europeo y la sostenibilidad de segunda generación

Camión de transporte de combustible renovable

Para la industria argentina, Europa es un cliente fundamental, pero también uno muy exigente. La Unión Europea estÔ revisando sus normativas para asegurarse de que los biocombustibles que importa sean realmente sostenibles y no contribuyan a la deforestación. Esto ha puesto a los exportadores argentinos en una situación delicada, obligÔndoles a certificar cada paso de su producción para no quedarse fuera del mercado comunitario. Si las fronteras europeas se cerraran por cuestiones ambientales, el golpe para el polo industrial del Gran Rosario sería monumental, dejÔndolos sin su principal vía de escape al exterior.

Como contrapartida a estas dificultades, estÔn surgiendo iniciativas innovadoras que apuestan por la economía circular. En Córdoba, por ejemplo, se ha puesto en marcha un proyecto para fabricar biodiésel de segunda generación utilizando aceite vegetal usado. Este enfoque es muy bien visto en Europa, ya que no compite con la producción de alimentos y transforma un residuo contaminante en energía limpia. Es un ejemplo de cómo la industria puede reinventarse para cumplir con los estÔndares internacionales mÔs estrictos y, de paso, echarle un cable al medio ambiente local evitando que el aceite acabe en los ríos.

Al final del día, Argentina se encuentra frente a un espejo que le devuelve la imagen de una potencia energética que todavía no se cree su propio potencial. La infraestructura estÔ ahí, la materia prima sobra y el conocimiento técnico es de primer nivel, pero sin un consenso político que garantice estabilidad, el sector seguirÔ operando muy por debajo de sus posibilidades. Conseguir que el biodiésel sea un pilar de la economía nacional requiere dejar de lado los parches temporales y apostar por una estrategia de Estado que permita a las fÔbricas volver a rugir a pleno rendimiento, asegurando un lugar relevante en el tablero de la transición energética global.

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