Resulta difícil de creer que, mientras en Europa nos preocupa el precio del kilovatio hora para poner el lavavajillas, en el resto del globo la realidad sea tan dispar. Los datos más recientes arrojan una cifra que debería hacernos reflexionar: 655 millones de personas carecen de electricidad en sus hogares, una situación que no solo apaga bombillas, sino que frena en seco cualquier oportunidad de desarrollo económico o social en las regiones más vulnerables.
Esta brecha no es un problema estancado, sino que parece haber cogido una inercia peligrosa. Aunque muchas zonas del planeta han hecho los deberes y se acercan a una cobertura total, el informe sobre el progreso energético advierte que el ritmo de electrificación tiene que triplicarse si queremos cumplir con los objetivos internacionales antes de que termine esta década. La seguridad energética se ha puesto en el punto de mira de todos los gobiernos, pero las soluciones no están llegando con la misma rapidez a todos los rincones por igual.
La parálisis del progreso en el África Subsahariana

Si ponemos la lupa sobre el mapa, es evidente que el continente africano es el que se está llevando la peor parte de esta crisis. En el África Subsahariana, más de 560 millones de ciudadanos viven a dos velas, lo que supone una carga desproporcionada que lastra su futuro. Por si esto fuera poco, la tasa de acceso mundial se ha estancado en un 92%, y el crecimiento anual de las conexiones se ha reducido prácticamente a la mitad si lo comparamos con lo que se venía logrando hace diez años.
La diferencia entre vivir en una ciudad o en el campo marca un abismo insalvable en estas regiones. Mientras que en los núcleos urbanos la infraestructura suele llegar con más facilidad, en las zonas rurales del África Subsahariana el déficit de personas sin conexión ha aumentado de forma alarmante, pasando de 376 millones en 2010 a casi 450 millones en la actualidad. Esto demuestra que las políticas actuales no están siendo suficientes para alcanzar a quienes viven lejos de las grandes capitales.
Para que nadie se quede atrás, no basta con tirar cables; hace falta que la energía sea pagable. La asequibilidad es ahora mismo el gran muro que muchos hogares no pueden saltar. Incluso cuando hay postes eléctricos cerca de casa, el coste de engancharse a la red o las facturas mensuales básicas son prohibitivas para familias que luchan por lo más esencial, lo que obliga a buscar mecanismos de financiación mucho más imaginativos y humanos.
Salud pública y el estancamiento de la inversión
El problema no termina en la falta de luz, sino que se traslada directamente a los fogones. Unos 2.000 millones de personas, una cuarta parte de la humanidad, siguen cocinando con leña, carbón o queroseno, lo que convierte el aire de sus casas en un veneno invisible. De hecho, la OMS alerta de que tres millones de muertes anuales están directamente relacionadas con la contaminación por humos domésticos, afectando especialmente a mujeres y niños que pasan más tiempo en el hogar.
En cuanto a las energías limpias, no todo son malas noticias, aunque hay matices importantes. Es cierto que las renovables ya generan más del 30% de la electricidad mundial y que la capacidad por persona ha alcanzado un récord histórico, pero la distribución es de todo menos justa. Mientras que en los países con rentas altas se generan más de 1.200 vatios por habitante, en las naciones más pobres esta cifra cae drásticamente hasta apenas superar los 33 vatios, una cantidad ínfima que apenas daría para mantener un par de bombillas encendidas.
Lo más preocupante de todo es que, justo cuando más falta hace el dinero, los flujos financieros internacionales hacia los países menos desarrollados han pegado un bajón. Se ha registrado una caída del 11% en el apoyo a la energía limpia en estas zonas, dejando la inversión en niveles que no cubren ni de lejos las necesidades básicas. Además, la mayor parte de este dinero llega en forma de deuda, lo que supone una soga al cuello para economías que ya están bastante asfixiadas por la crisis global.
Para enderezar el rumbo, es fundamental que el liderazgo político internacional deje de mirar para otro lado y se tome en serio la eficiencia energética. Reforzar las medidas en todos los sectores no solo sirve para proteger el planeta, sino que es la vía más rápida para reducir costes y emisiones de un plumazo. Al final, asegurar que cada hogar tenga un enchufe y una cocina digna no es solo una cuestión de cables y voltios, sino un imperativo de salud y justicia social que definirá nuestro éxito como sociedad global en los próximos años.
