La próxima cita mundialista en Norteamérica no solo será recordada por ser la más grande de la historia en términos de participación, sino también por el enorme reto que supone para la sostenibilidad del planeta. Con 48 selecciones compitiendo en tres países diferentes, la logística necesaria para mover a millones de personas a través de un continente entero ha encendido todas las alarmas. Este evento se perfila como una prueba de fuego para las promesas de sostenibilidad de las instituciones deportivas, que deben lidiar con una emergencia climática que ya no permite medias tintas ni estrategias de marketing vacías.
El despliegue de 104 partidos repartidos entre México, Estados Unidos y Canadá conlleva una paradoja evidente: mientras se busca batir récords de audiencia, la presión sobre los ecosistemas locales y la atmósfera se dispara. Los científicos advierten que las emisiones derivadas del transporte aéreo, principal motor de este gigantismo deportivo, podrían alcanzar niveles nunca vistos en una competición, lo que pone en entredicho la viabilidad de seguir organizando torneos de tal magnitud sin un plan de descarbonización radicalmente más ambicioso.
La huella ecológica de un torneo a gran escala
El impacto ambiental previsto para esta edición es, sencillamente, abrumador. Según diversas estimaciones de expertos en responsabilidad global, la huella de carbono total podría rondar los nueve millones de toneladas de CO2, lo que supone prácticamente el doble de lo generado en el pasado mundial de Qatar. Esta cifra equivale a la circulación de más de seis millones de coches durante todo un año, una comparación que da una idea clara de la magnitud del problema al que nos enfrentamos.
La expansión del torneo ha multiplicado las emisiones de lo que los expertos llaman alcance 3, que son las fuentes indirectas vinculadas a los desplazamientos de aficionados y delegaciones. Al tener sedes tan distantes como Vancouver y Miami, los vuelos internos serán constantes, lo que convierte al transporte en el responsable del 85% de la contaminación total del certamen. A pesar de que la organización ha presumido de utilizar estadios ya construidos para evitar el uso masivo de cemento, el crecimiento del formato a 48 equipos anula cualquier ahorro energético logrado por la infraestructura.
Riesgos para la salud: jugar al límite del agotamiento
Uno de los temas que más preocupa a los servicios médicos de las selecciones, incluida la española, es el efecto del calor extremo sobre el organismo de los jugadores. Se estima que una cuarta parte de los encuentros se disputarán bajo condiciones que superan los límites recomendados para el ejercicio de alta intensidad. El indicador clave en este sentido no es la temperatura seca habitual, sino el bulbo húmedo, que combina calor, humedad y radiación solar para medir el estrés térmico real.

Sedes como Dallas, Houston o Monterrey presentarán picos térmicos que pueden mermar drásticamente el rendimiento. Por encima de los 28 grados de temperatura de bulbo húmedo, la capacidad del cuerpo para enfriarse mediante el sudor pierde eficacia, lo que aumenta exponencialmente el riesgo de golpes de calor y fatiga crónica. Para el aficionado español, esto será especialmente relevante en el duelo contra Uruguay previsto en Guadalajara, donde la probabilidad de sufrir este calor asfixiante es altísima debido a las anomalías climáticas registradas recientemente.
El peso de la televisión y el horario europeo
A pesar de los riesgos evidentes para la salud de los deportistas, la planificación de los partidos parece responder más a intereses económicos que al bienestar físico. La FIFA suele programar los encuentros más importantes en franjas que coincidan con el prime time de los mercados más lucrativos. Esto significa que muchos partidos se jugarán a las tres de la tarde en la costa este de Estados Unidos para que coincidan con la noche en Europa, obligando a los futbolistas a saltar al césped en el momento de mayor radiación solar.
Esta decisión ha sido duramente criticada por jugadores y entrenadores, que ven cómo se repiten errores del pasado. Ya en ediciones anteriores se vivieron escenas dramáticas de desmayos y atención médica urgente en las gradas. El hecho de que solo cuatro de los dieciséis estadios cuenten con sistemas de climatización y techo retráctil deja a la mayoría de los participantes a merced de un sol que, debido al cambio climático, es ahora mucho más intenso que hace tres décadas.
Patrocinios fósiles y la sombra del greenwashing
Otro punto de fricción es la contradicción que supone hablar de un mundial verde mientras se firman acuerdos multimillonarios con empresas del sector del petróleo y el gas. La alianza con gigantes energéticos de Oriente Medio ha sido calificada por diversos colectivos como un caso flagrante de ecoimpostura. Se calcula que el impulso publicitario de estas marcas durante el evento podría incentivar un aumento de las ventas de combustibles fósiles equivalente a 30 millones de toneladas de CO2 adicionales, agravando el impacto de los combustibles fósiles en el cambio climático.
La presión sobre la FIFA para que establezca estándares ambientales obligatorios y rompa sus vínculos con los grandes contaminadores es cada vez mayor. Muchos científicos sugieren que, si no se mitigan las emisiones de forma inmediata, el fútbol tal como lo conocemos tendrá que cambiar sus reglas de juego, modificando calendarios hacia los meses de invierno o limitando la dispersión geográfica de las sedes para evitar el colapso logístico y ambiental.
La realidad climática se ha convertido en un jugador más en el terreno de juego, condicionando desde las tácticas de los entrenadores hasta la seguridad de los miles de aficionados que viajarán para animar a sus equipos. El equilibrio entre el gran espectáculo comercial y la protección de la integridad física de los protagonistas es más frágil que nunca, lo que obliga a replantear si el modelo de crecimiento ilimitado de los torneos deportivos es compatible con los límites de un planeta que ya muestra signos evidentes de agotamiento térmico y ambiental.
