Usar herramientas de inteligencia artificial se ha vuelto algo tan habitual que ya ni nos paramos a pensar en lo que hay detrás. Para millones de personas, generar un texto o buscar una receta con un chatbot es parte del día a día, pero esa sensación de que todo ocurre en un entorno digital inmaterial es un poco engañosa, la verdad. No es solo código moviéndose por la red; hay toda una huella ambiental poco visible que empieza a preocupar seriamente a los expertos de Naciones Unidas, quienes advierten que no podemos separar la innovación del soporte físico que la mantiene viva.
Esa percepción de que la famosa ‘nube’ es algo abstracto e infinito choca de frente con la realidad de los cables, los chips y los servidores. La cuestión es que se activa una red tecnológica global cada vez que le pedimos a una máquina que piense por nosotros, consumiendo recursos naturales a un ritmo que da vértigo. El problema no es solo la luz que gastan los ordenadores, sino también los miles de litros de agua necesarios para que no se achicharren y el suelo que ocupan esas naves industriales gigantescas que no paran de crecer.
Una infraestructura que devora recursos naturales

Si juntáramos todos los centros de datos del mundo y los tratáramos como si fueran un país, para el año que viene estarían en el puesto número undécimo del ranking de consumo mundial, codeándose con potencias como Francia. Es una burrada de energía la que hace falta para que todo esto funcione, y lo peor es que las previsiones dicen que para 2030 este gasto se va a triplicar. En España, donde consumimos unos 256 TWh al año, vemos con asombro cómo la IA podría llegar a gastar casi mil TWh a nivel global, lo que supone una presión enorme para las redes eléctricas actuales.
En Europa ya tenemos ejemplos que nos hacen rascarnos la cabeza, como el caso de Irlanda. Allí, los centros de datos ya se comen el 21% de toda la electricidad del país, superando lo que gastan todas las casas de las ciudades juntas. La situación ha llegado a tal punto que en Dublín el operador de la red ha frenado nuevas conexiones hasta 2028 porque, simplemente, no dan abasto. Esto nos da una pista de lo que puede pasar en otros lugares si no se planifica con un poco de cabeza y se tiene en cuenta la estabilidad de la red eléctrica, ya que la energía no es infinita.
Pero ojo, que no todo es electricidad. La refrigeración de estas máquinas es una auténtica esponja; se estima que la huella hídrica de la IA llegará a los 9,3 billones de litros de agua. Para que te hagas una idea, eso serviría para cubrir las necesidades básicas de toda la población mundial durante más de un año y medio. Es paradójico que busquemos soluciones sostenibles con tecnología que, por su propia naturaleza, requiere un uso intensivo de recursos naturales y puede agravar una crisis de sequía persistente en las zonas donde se instalan estos centros.
El gasto invisible de nuestras consultas cotidianas

Un dato que mucha gente desconoce es que el mayor impacto no viene de cuando se ‘entrena’ a la IA, sino de cuando la usamos tú y yo. Lo que los técnicos llaman inferencia, que no es más que la ejecución continua del modelo para responder preguntas, se lleva casi el 90% de la energía total. Cada vez que le pedimos a un sistema que nos genere una imagen, estamos gastando unas 60 veces más electricidad que si solo le pedimos un texto corto. Es un goteo constante que, multiplicado por los miles de millones de consultas diarias, acaba sumando una factura ecológica impresionante.
Si hablamos de vídeo, la cosa ya se sale de las gráficas. Generar un clip de alta resolución consume tanta energía como cientos de imágenes, convirtiéndose en lo que los investigadores llaman la nueva frontera energética. Incluso algo tan tonto como ser educados con la máquina nos sale caro; quitar el ‘por favor’ y el ‘gracias’ de nuestras peticiones podría ahorrar muchísima luz al hacer las respuestas más cortas. Parece un detalle sin importancia, pero a escala global, ser directos ahorraría suficiente electricidad para abastecer a cientos de miles de hogares.
Existe además un fenómeno curioso llamado el efecto rebote: a medida que la tecnología se vuelve más eficiente y barata, la usamos mucho más, por lo que las mejoras por consulta pueden quedar anuladas por el simple aumento del volumen de uso. No sirve de mucho que el proceso gaste menos si al final acabamos pidiéndole diez veces más cosas a la máquina. Por eso, los expertos insisten en que no solo hay que mejorar los chips, sino también aprender a usar estas herramientas con un poco de conocimiento de causa y solo cuando sea necesario.
Para que esto no se convierta en un problema irreversible, la transparencia y un sistema estandarizado de medición son fundamentales. Ahora mismo es muy difícil comparar qué empresa es más limpia porque cada una cuenta la feria como quiere. Necesitamos saber cuánta agua y cuánta tierra se gasta realmente, no solo el CO2, porque a veces una solución baja en carbono puede ser un desastre para los acuíferos locales. Solo así podremos disfrutar de las ventajas de la IA sin hipotecar el futuro del planeta.
Lograr que este avance tecnológico sea una ayuda real para la salud o el clima requiere que sepamos mantenerlo dentro de los límites planetarios mediante un diseño responsable y una gestión con sentido común. No se trata de dejar de usar la inteligencia artificial, que al fin y al cabo nos hace la vida más fácil en muchas cosas, sino de asegurar que su crecimiento sea equilibrado y que no acabemos pagando un precio demasiado alto por la comodidad de tener un asistente digital a mano las veinticuatro horas del día.