El ajolote y el Mundial: entre el postureo publicitario y la amenaza de extinción

  • Críticas por el uso masivo de la imagen del ajolote como reclamo turístico sin una inversión real en su hábitat natural.
  • Los expertos advierten que no se ha avistado físicamente un solo ejemplar silvestre en libertad durante los últimos dos años.
  • El presupuesto para el Mundial 2026 prioriza la estética de los embarcaderos de Xochimilco sobre la recuperación de la especie.
  • La iniciativa 'Adopta un ajolote' se presenta como la principal vía de financiación ciudadana ante la falta de recursos públicos.

Ajolote mexicano y preparativos para el mundial

Con la llegada del Mundial 2026 a la vuelta de la esquina, las calles y el transporte público de la capital mexicana se han llenado de una marea morada con la cara del ajolote. Esta salamandra, que parece sonreír siempre, se ha convertido en la cara amable del evento, apareciendo en murales, vagones de metro y hasta en estatuas donde se la ve dándole toques a un balón. Sin embargo, lo que para muchos es una campaña de marketing redonda, para los que saben de esto es poco más que un lavado de cara que no soluciona el marrón que tienen encima estos animales en su casa de Xochimilco.

Resulta llamativo que, mientras se gasta un pastizal en decorar la ciudad con esta especie, en los canales donde deberían vivir no se ve ni uno desde hace tiempo. La paradoja es total: el ajolote está en todas partes menos en el agua. Esta situación ha provocado que muchos ciudadanos y expertos hablen de un fenómeno de axolowashing, una forma de quedar bien usando la imagen de un animal en peligro crítico de extinción para atraer turistas, pero sin soltar la pasta necesaria para que no desaparezca de la faz de la tierra.

El ajolote: historia, amenazas y acciones para evitar su extinción-4
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Conservación del ajolote en Xochimilco

La administración actual no ha escatimado en gastos para que los visitantes que lleguen a disfrutar del fútbol se encuentren una ciudad tematizada. Se han invertido cerca de 182 millones de pesos en poner a punto siete embarcaderos de Xochimilco, pero si rascamos un poco en los presupuestos, vemos que ese dinero va para modernizar trajineras y mejorar el servicio turístico. Lo que viene siendo el bienestar del anfibio y la limpieza de sus canales parece que se ha quedado en el fondo del cajón, algo que mosquea bastante a los que pelean por su supervivencia a diario.

Científicos de la UNAM, que se conocen los canales de memoria, llevan dos años haciendo censos y no han conseguido ver ni un solo ejemplar en libertad. Es verdad que han detectado rastros de ADN en el agua, lo que da un poco de esperanza porque significa que alguno queda por ahí escondido, pero la cifra de 6.000 ajolotes por kilómetro cuadrado que había a finales de los noventa es hoy en día un sueño imposible. La masificación turística que se espera para el Mundial, lejos de ayudar, podría ser la puntilla para un ecosistema que ya está bastante tocado por la contaminación y las especies invasoras.

A pesar de que el ajolote rosa es el que sale en todas las fotos y anuncios, los investigadores recuerdan que esa variante es más de cautiverio. El ajolote silvestre es de color pardo o verdoso, un tono que le sirve para camuflarse en el lodo. Esta diferencia parece una tontería, pero demuestra cómo se ha creado un producto comercial que poco tiene que ver con la realidad biológica de la especie, alimentando una imagen que vende mucho pero que no ayuda a entender los problemas reales de conservación en su entorno natural.

El problema no es solo el bicho en sí, sino todo lo que le rodea. Xochimilco sufre una urbanización salvaje donde se han llegado a montar campos de fútbol sobre las chinampas, que son esas islas de cultivo tradicionales. Esto es un despropósito porque se carga el suelo y aumenta los vertidos de aguas residuales. Para que el ajolote vuelva a campar a sus anchas, no basta con soltar ejemplares criados en laboratorios; hay que arreglar el desaguisado que tenemos con la calidad del agua y el mantenimiento de los canales tradicionales.

Propuestas científicas y el reto de la conservación real

Investigación científica sobre el ajolote

Para intentar salvar los muebles, han surgido iniciativas como «Adopta un ajolote», donde cualquier persona, incluso desde España o Europa, puede aportar su granito de arena. Con este dinero se financian los refugios en las chinampas y se ayuda a los agricultores locales que pasan de usar pesticidas. Es una forma de crear zonas seguras donde el agua está limpia y las carpas o tilapias, que son las que se comen a los ajolotes, no pueden entrar a molestar. Al final, se trata de trabajar codo con codo con la gente del lugar, que son los que mejor conocen el terreno.

El doctor Luis Zambrano, una de las voces más autorizadas en este tema, tiene claro que restaurar este ecosistema es un reto de narices. No es solo una cuestión de biología, sino que hay intereses políticos y económicos cruzados que hacen que todo sea muy lento. Según sus cálculos, harían falta unos 500 millones de pesos en la próxima década para que el sistema de chinampas-refugio funcione a una escala que de verdad marque la diferencia, una cifra que parece calderilla comparada con lo que se mueve en el mundo del fútbol profesional.

Lo positivo de toda esta exposición mediática es que la gente joven se está empezando a mover y a exigir resultados. Ya no cuela eso de pintar un puente de morado y decir que se está protegiendo la naturaleza. La presión social está obligando a conectar la imagen del ajolote con su hábitat, y aunque no fuera la intención inicial del gobierno, esa discusión está calando en la sociedad. Si queremos que el ajolote siga siendo un símbolo de identidad, toca ponerse las pilas y pasar de las palabras a los hechos antes de que el último ejemplar silvestre desaparezca.

La cita mundialista de 2026 debe servir para algo más que para hacerse un selfi con una estatua de cartón piedra a las puertas de un estadio. El verdadero éxito de este evento no se medirá solo en goles o en beneficios hoteleros, sino en la capacidad de generar una conciencia ambiental que perdure cuando los focos se apaguen. La supervivencia de este anfibio único depende de que entendamos que su hogar es sagrado y que la conservación no es un gasto, sino una inversión necesaria para no perder una parte fundamental de la biodiversidad de nuestro planeta.


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