El agujero de ozono más pequeño en años: qué significa realmente

  • El agujero de ozono antártico de 2025 fue el más pequeño y de menor duración de los últimos cinco años.
  • Se cerró el 1 de diciembre, el final de temporada más temprano desde 2019, con un máximo de 21,08 millones de km².
  • NASA, NOAA y Copernicus vinculan esta mejora al Protocolo de Montreal y a la reducción de sustancias que agotan el ozono.
  • La capa de ozono sigue en recuperación lenta y se prevé su restauración completa a mediados o finales de siglo, si se mantienen las medidas.

agujero de ozono mas pequeño

El agujero de ozono más pequeño observado en años sobre la Antártida ha encendido una luz de optimismo prudente en la comunidad científica. Los datos de los servicios europeos de observación, junto con las mediciones de NASA y NOAA, confirman que la temporada de 2025 ha sido inusualmente corta y menos intensa, tras varios años con aperturas muy grandes y persistentes.

Aun así, los expertos recuerdan que este fenómeno es estacional y recurrente: se abre cada primavera austral y se cierra semanas después. La diferencia de 2025 no es que haya desaparecido el problema, sino que el agujero ha sido más pequeño, se ha cerrado antes y ha mostrado mayores concentraciones de ozono que en los últimos años, lo que sugiere que las políticas internacionales empiezan a dar frutos, aunque la vigilancia debe continuar.

Qué es el agujero de ozono y por qué importa tanto

La llamada capa de ozono es una franja de gas situada en la estratosfera que actúa como escudo natural frente a la radiación ultravioleta (UV) más dañina procedente del Sol. Cuando esta barrera se debilita, una mayor cantidad de radiación llega a la superficie, elevando el riesgo de cáncer de piel, cataratas y daños en ecosistemas y cultivos.

El agujero de ozono no es un orificio literal, sino una amplia región donde los niveles de ozono caen por debajo de 220 Unidades Dobson. Ese umbral marca el inicio de lo que se considera “agujero” sobre la Antártida. En esa zona, la columna de ozono se adelgaza de forma muy acusada durante la primavera del hemisferio sur.

Este fenómeno empezó a detectarse en los años 80, cuando se comprobó que determinados productos químicos creados por el ser humano, en especial los clorofluorocarbonos (CFC) utilizados en aerosoles, refrigerantes y espumas aislantes, estaban destruyendo el ozono estratosférico. Antes de la industrialización, estas sustancias no existían en la atmósfera, por lo que el equilibrio natural se mantuvo durante miles de años.

Cuando estos compuestos llegan a la estratosfera, la radiación solar los rompe y libera átomos de cloro y bromo muy reactivos que desencadenan cadenas de reacciones químicas capaces de destruir miles de moléculas de ozono por cada átomo liberado. El resultado es una caída brusca de la concentración de este gas protector, sobre todo en las latitudes polares.

Además de los clásicos CFC, otras sustancias como algunos halones, plaguicidas y determinados hidrofluorocarbonos también contribuyen al deterioro, aunque en menor medida. Incluso hoy, gases como el óxido nitroso, no tan regulado, siguen teniendo un papel en el desgaste de la capa de ozono, y existen maneras de reducir el agotamiento de ozono que deben aplicarse.

capa de ozono antartida

Un fenómeno estacional que se repite cada año

El agujero de ozono antártico es, por naturaleza, estacional. No se mantiene abierto todo el año, sino que aparece y desaparece en función de unas condiciones muy específicas de temperatura, radiación solar y dinámica atmosférica en la estratosfera del hemisferio sur.

En invierno, la región antártica se sumerge en la oscuridad y las temperaturas estratosféricas caen con fuerza. Ese frío extremo favorece la formación de nubes estratosféricas polares, donde se acumulan las sustancias agotadoras de ozono procedentes de emisiones humanas. Cuando llega la primavera austral, la luz del Sol vuelve a la zona y activa una cascada de reacciones químicas que, en presencia de esas nubes, destruyen grandes cantidades de ozono.

De este modo, el agujero se desarrolla principalmente entre finales del invierno y la primavera australes, alcanzando su máxima extensión normalmente entre septiembre y octubre. Después, conforme cambian los vientos y la temperatura aumenta, la estructura se debilita y acaba cerrándose, para volver a reproducirse al año siguiente.

Aunque la atención suele centrarse en la Antártida, sobre el Ártico también pueden formarse episodios puntuales de fuerte disminución de ozono, aunque son menos frecuentes y, en general, más variables. En cualquier caso, el foco principal sigue siendo el hemisferio sur, donde el fenómeno es recurrente cada primavera.

Los científicos insisten en que el hecho de que el agujero se cierre cada año no significa que el problema esté resuelto: lo relevante es su tamaño máximo, la duración de la temporada y la cantidad de ozono perdida. Es ahí donde los datos de 2025 aportan una señal positiva.

Cómo fue el agujero de ozono de 2025: más pequeño y cierre anticipado

Según el Servicio de Monitoreo de la Atmósfera de Copernicus (CAMS), que opera para la Unión Europea, el agujero de ozono de 2025 se formó a mediados de agosto, algo pronto en comparación con el patrón típico. Sin embargo, su comportamiento posterior marcó la diferencia respecto a los últimos años.

A principios de septiembre alcanzó su extensión máxima de 21,08 millones de kilómetros cuadrados, muy por debajo del récord reciente de 26,1 millones de kilómetros cuadrados observado en 2023. Durante septiembre y octubre, el área del agujero osciló aproximadamente entre 15 y 20 millones de kilómetros cuadrados, un tamaño que, aunque sigue siendo gigantesco a escala continental, resulta menor que el de los episodios más extremos de la década pasada.

El punto de mayor extensión en un solo día se registró el 9 de septiembre, cuando el agujero alcanzó unos 22,86 millones de kilómetros cuadrados, cifra que la NASA y la NOAA sitúan como alrededor de un 30% menos que el máximo histórico de 2006, año en el que la media alcanzó los 26,60 millones de kilómetros cuadrados.

A partir de la primera mitad de noviembre, el área empezó a disminuir rápidamente. Solo persistió una pequeña región con niveles de ozono especialmente bajos durante unos días más, hasta que los servicios de monitoreo declararon el cierre completo el 1 de diciembre. Es la clausura más temprana de la temporada desde 2019 y el segundo año consecutivo con un agujero relativamente reducido tras una serie de temporadas muy intensas entre 2020 y 2023.

En términos de intensidad, Copernicus señala que el agujero de 2025 presentó un mínimo de la columna de ozono superior al promedio de los años recientes y un déficit de masa de ozono más bajo. NASA y NOAA, por su parte, lo sitúan como el quinto agujero más pequeño desde 1992 si se toma como referencia el área media durante el pico de la temporada (del 7 de septiembre al 13 de octubre, con unos 18,71 millones de kilómetros cuadrados).

recuperacion agujero ozono

Qué dicen NASA, NOAA y Copernicus sobre esta mejora

Los distintos organismos que vigilan la atmósfera coinciden en que el comportamiento de 2025 encaja con la tendencia de lenta recuperación de la capa de ozono. Para la NASA y la NOAA, estos resultados confirman que los agujeros actuales son, en general, más pequeños, se forman algo más tarde y se desintegran antes que a principios de los años 2000.

El científico Paul Newman, responsable del equipo de investigación de ozono del Centro Goddard de la NASA, explica que, desde el máximo de degradación en torno al año 2000, las sustancias que agotan el ozono presentes en la estratosfera antártica han disminuido aproximadamente un tercio. Si la cantidad de cloro fuese hoy la misma que hace 25 años, el agujero de esta temporada habría sido, según sus cálculos, más de un millón de millas cuadradas mayor.

El seguimiento con globos y satélites muestra también una mejora en los valores mínimos de ozono sobre el Polo Sur. En 2025, las mediciones indican un descenso hasta 147 Unidades Dobson a principios de octubre, frente al récord negativo de 92 Unidades Dobson registrado en 2006. Aunque sigue siendo un valor bajo, la diferencia refleja una recuperación gradual.

Desde Europa, la directora del CAMS, Laurence Rouil, ha descrito el cierre temprano y el tamaño relativamente reducido de este año como “una señal alentadora”. A su juicio, los datos ponen de manifiesto un “progreso estable de un año a otro” en la recuperación gracias a la prohibición de las sustancias que dañan el ozono, y sirven como recordatorio de lo que puede lograrse cuando la comunidad internacional actúa de forma coordinada frente a un problema global.

Los expertos advierten, sin embargo, de que las variaciones anuales siguen siendo importantes porque el tamaño del agujero depende también de factores como la temperatura estratosférica, la fuerza del vórtice polar y la circulación de vientos. Un vórtice polar más débil de lo habitual, con temperaturas algo más altas en altura, puede contribuir a un agujero más reducido en ciertas temporadas.

El papel clave del Protocolo de Montreal y los acuerdos internacionales

La mejora observada no es casual. Los científicos coinciden en que la recuperación actual no se entendería sin el Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y reforzado con posteriores enmiendas, que obligó a los países a eliminar gradualmente la producción y uso de unas 100 sustancias que destruyen el ozono, encabezadas por los CFC.

Este acuerdo internacional, que comenzó a aplicarse de forma efectiva en la década de 1990, marcó la retirada progresiva de los compuestos más dañinos de aerosoles, equipos de refrigeración, espumas aislantes, disolventes industriales y otros productos. En Europa, la Unión Europea ha ido más lejos con regulaciones adicionales que restringen o prohíben el uso de hidrofluorocarbonos y otros gases fluorados, buscando reducir tanto su impacto sobre el ozono como su fuerte efecto invernadero.

El Servicio de Monitoreo de la Atmósfera de Copernicus subraya que, sin el Protocolo de Montreal y sus enmiendas, los niveles globales de ozono habrían caído hasta valores calificados como “catastróficos” para la vida en la Tierra. Los episodios muy extensos registrados entre 2020 y 2023 sirven de aviso de lo que podría haber ocurrido si la producción de estos compuestos hubiera continuado sin control.

Aun así, el problema dista de estar resuelto. Muchos de los químicos prohibidos permanecen atrapados en materiales antiguos, como aislantes de edificios o aparatos viejos, además de en vertederos y sistemas de refrigeración aún en servicio. Esas fuentes “heredadas” continúan liberando gases poco a poco, por lo que la completa desaparición de las sustancias agotadoras de ozono llevará décadas.

La experiencia con la capa de ozono se cita a menudo en Europa como uno de los pocos ejemplos claros de éxito colectivo en política ambiental global. Para la ONU, la NASA, la NOAA y los organismos europeos, el caso muestra que los acuerdos multilaterales vinculantes, acompañados de sistemas de vigilancia robustos, pueden revertir incluso daños muy severos si se mantienen en el tiempo.

Monitoreo global y previsiones para las próximas décadas

La vigilancia constante de la capa de ozono depende de una red global de satélites, globos y estaciones de superficie. En el caso de la Antártida, la observación se basa en instrumentos a bordo del satélite Aura de la NASA, los satélites NOAA-20 y NOAA-21 y la misión Suomi NPP, operada conjuntamente por NASA y NOAA, además de mediciones directas con globos y equipos instalados en el Observatorio Atmosférico de la Base del Polo Sur.

En Europa, Copernicus integra datos de satélites meteorológicos y de observación de la atmósfera junto a modelos numéricos avanzados para ofrecer análisis casi en tiempo real del estado del ozono, su evolución estacional y las condiciones meteorológicas en la estratosfera. Esta información es clave no solo para entender la recuperación, sino también para identificar posibles desviaciones que puedan requerir respuestas políticas.

Las proyecciones respaldadas por la Organización Meteorológica Mundial, la ONU, NASA y NOAA apuntan a que la capa de ozono podría regresar a valores cercanos a los previos a 1980 en torno a 2040 en latitudes medias, algo más tarde sobre el Ártico (hacia 2045) y, ya de cara a la década de 2060 en la Antártida, donde las condiciones extremas hacen más lenta la regeneración.

Esto implica que, aunque el agujero de 2025 sea el más pequeño de los últimos cinco años y uno de los de menor extensión desde que hay registros detallados, todavía quedan varias décadas de seguimiento científico y control estricto de emisiones. Cualquier relajación en las normas, un aumento de emisiones imprevistas o la aparición de nuevas sustancias podría retrasar la recuperación.

Organismos europeos insisten en que hay que leer las cifras de 2025 con optimismo mesurado: son un paso en la buena dirección, pero no significan que pueda darse el problema por zanjado. Lo más probable es que en 2026 y en años posteriores vuelvan a formarse nuevos agujeros, cuyo tamaño y duración dependerán tanto de la química de la atmósfera como de las condiciones meteorológicas de cada temporada.

El balance de 2025 deja un mensaje claro: el agujero de ozono más pequeño observado en los últimos años es una señal real de que la cooperación internacional funciona y de que la capa protectora del planeta empieza a recuperarse, aunque muy poco a poco. Las cifras de extensión, la mejora en la columna de ozono y el cierre temprano confirman que las prohibiciones impuestas hace más de tres décadas están dando resultados, pero también recuerdan que las sustancias que dañan el ozono siguen presentes y que la atmósfera tarda décadas en “olvidar” los excesos del pasado. Mantener la presión regulatoria, reforzar la vigilancia desde Europa y el resto del mundo y evitar nuevos focos de contaminación serán decisivos para que, dentro de unas décadas, el agujero de ozono deje de ser noticia.

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