La petrolera estatal de Ecuador ha arrancado por primera vez la extracción de petróleo mediante fracking en plena selva amazónica, un paso que marca un giro en la estrategia energética del país y que llega rodeado de debate por sus posibles impactos ambientales. La decisión sitúa a Ecuador en el reducido grupo de estados latinoamericanos que recurre a esta técnica, junto con Argentina y México.
El proyecto se desarrolla en la provincia de Sucumbíos, en el noreste amazónico y fronteriza con Colombia, y está concebido como un intento de abrir nuevas fronteras productivas tras varios años de caída en los volúmenes de crudo. Mientras en Europa y en España el fracking se ha topado con fuertes resistencias sociales y regulatorias, el movimiento de Quito vuelve a poner sobre la mesa el debate global entre seguridad energética y protección ambiental.
Un «nuevo horizonte» para la industria petrolera ecuatoriana

La Empresa Pública de Hidrocarburos del Ecuador, conocida comercialmente como EP Petroecuador, ha presentado el proyecto como un “nuevo horizonte” para la producción de petróleo en el país. La compañía asegura que la incorporación del fracking permitirá aprovechar capas del subsuelo que hasta ahora resultaban poco rentables con métodos convencionales.
Las operaciones se concentran en el Bloque 57 – Shushufindi Libertador, una zona petrolera emblemática dentro de la Amazonía ecuatoriana. Allí se ha perforado un nuevo pozo en el que se ha aplicado por primera vez la fractura hidráulica en el nivel conocido como Caliza A, un estrato geológico donde tradicionalmente no se utilizaba este tipo de intervención.
El proyecto se ejecuta en alianza con CCDC, filial de la compañía china CNPC, lo que refuerza la presencia de capital y tecnología asiáticos en el sector de hidrocarburos ecuatoriano. Desde el Gobierno se subraya que esta colaboración forma parte de una planificación orientada a incorporar nuevas tecnologías, optimizar recursos y atraer inversión en un contexto de presupuestos ajustados.
Fuentes oficiales señalan que el pozo fracturado ya está en fase productiva y aporta más de 930 barriles diarios de petróleo, una cifra considerada relevante por las autoridades energéticas del país. Aunque el volumen es modesto en términos globales, se interpreta como una prueba piloto de lo que podría venir si se amplía el uso del fracking a otros yacimientos.
Contexto: caída de producción y apuesta por nuevas técnicas
La entrada del fracking en la Amazonía ecuatoriana no se produce en el vacío. El país atraviesa una disminución sostenida de su producción de crudo, atribuida en gran parte a la falta de inversión y a la madurez de varios campos emblemáticos. Los datos más recientes apuntan a un descenso hasta alrededor de 441.000-470.000 barriles diarios, lejos de los máximos alcanzados en otras etapas.
De ese volumen, Ecuador destina entre el 70 % y el 74 % a la exportación, lo que convierte al petróleo en una de sus principales fuentes de divisas y pone presión sobre infraestructuras como la refinería de Esmeraldas. Dependiendo del precio internacional del crudo, los ingresos anuales pueden rondar los 10.000 millones de dólares, un factor que explica la presión interna por mantener o incrementar los niveles de extracción.
En este escenario, la introducción de la fractura hidráulica se presenta como una forma de “dinamizar la participación de actores públicos y privados” en nuevos proyectos, según el discurso oficial. El Ministerio responsable del área energética califica la operación en Sucumbíos como un “hito” en la historia petrolera del país, al abrir la puerta a explotar recursos considerados no convencionales.
El giro de Quito contrasta con las tendencias de varias regiones del mundo, donde, en la nueva era de la geopolítica energética, se debate cómo reducir gradualmente la dependencia de combustibles fósiles. Mientras en Europa se discuten planes de descarbonización y límites al fracking, Ecuador opta por ampliar su cartera tecnológica para seguir monetizando sus reservas de hidrocarburos.
Cómo funciona el fracking aplicado en la selva amazónica
El fracking, o fractura hidráulica, es una técnica pensada para extraer petróleo y gas atrapados en rocas de baja permeabilidad, como las formaciones de esquisto. El procedimiento habitual pasa por perforar el subsuelo de manera vertical hasta alcanzar la capa objetivo y, posteriormente, continuar con una perforación horizontal que recorre varios cientos o incluso miles de metros.
Una vez habilitado el tramo horizontal, se inyecta a alta presión una mezcla de agua, arena y aditivos químicos. Esa presión hace que la roca se fracture y cree pequeñas grietas por las que los hidrocarburos pueden fluir hacia el pozo. La arena tiene la función de mantener las fracturas abiertas, mientras que los químicos ajustan propiedades como la viscosidad o la fricción del fluido.
En el caso del proyecto de Sucumbíos, la fractura hidráulica se ha llevado a cabo en el nivel geológico Caliza A, donde hasta ahora no era habitual este tipo de intervenciones. La estatal Petroecuador ha contado con servicios especializados de Chuanqing Drilling Engineering Company Limited, vinculada al gigante chino CNPC, para diseñar y ejecutar la operación.
Una vez que el petróleo liberado por las fracturas llega al pozo, se bombea hacia la superficie y se integra en la infraestructura existente del Bloque 57 – Shushufindi Libertador. Esta combinación de infraestructura tradicional y técnicas de extracción avanzadas es la que, según las autoridades, permitirá mejorar el rendimiento de campos que ya llevan años en producción.
Preocupación ambiental y debate social en torno al fracking
El uso de fracking en una zona tan sensible como la Amazonía ha despertado fuertes reticencias entre movimientos ecologistas y comunidades locales. Las críticas se centran en varios frentes, empezando por el elevado consumo de agua que requiere el proceso, un recurso clave para los ecosistemas amazónicos y para las poblaciones que viven río abajo.
Organizaciones ambientales advierten del riesgo de contaminación de acuíferos subterráneos y cursos de agua en caso de fugas de los fluidos de fractura o de los hidrocarburos movilizados. Los aditivos químicos utilizados en la mezcla, algunos de ellos con potencial tóxico, son motivo de especial preocupación por su posible efecto acumulativo en el medio y en la salud de las personas.
Otro de los puntos conflictivos es la posible afectación a ecosistemas frágiles y a la biodiversidad. La apertura de nuevas plataformas de perforación, vías de acceso y oleoductos implica cambios en el uso del suelo, fragmentación de hábitats y presión adicional sobre una región que ya soporta actividades extractivas, deforestación y expansión agrícola.
A ello se suma el debate sobre las emisiones asociadas al fracking y su contribución al cambio climático. Además del CO₂ derivado de la combustión del petróleo extraído, existe preocupación por las posibles fugas de metano durante las operaciones, un gas de efecto invernadero con un poder de calentamiento muy superior en el corto plazo.
Un movimiento a contracorriente de las negociaciones climáticas
El anuncio de la puesta en marcha del fracking en la Amazonía se ha producido de forma casi simultánea a una cumbre internacional celebrada en Santa Marta (Colombia), en la que cerca de medio centenar de países discutían vías para reducir el uso de combustibles fósiles. Ecuador, sin embargo, figuró entre los grandes ausentes del encuentro.
A la cita tampoco acudieron grandes productores mundiales como Estados Unidos, China y Rusia, lo que ha alimentado las críticas de quienes reclaman compromisos más firmes de los países con mayor peso en los mercados energéticos. El gesto de Quito, ausente de la reunión y a la vez abriendo la puerta al fracking, ha sido interpretado por algunos analistas como una señal de que prioriza la estabilidad de ingresos petroleros frente a la agenda climática internacional.
En paralelo, otros países de la región siguen caminos diferentes. En Colombia se ha registrado una iniciativa legislativa para prohibir el fracking, aunque el proyecto de ley permanece encallado y sin avances sustanciales. El debate colombiano, seguido con atención desde Europa, refleja las tensiones entre los compromisos climáticos y la dependencia fiscal de los hidrocarburos.
Mientras, en la Unión Europea la fractura hidráulica se ha topado con un marco regulatorio cada vez más estricto y con fuerte contestación social. Varios Estados miembros han impuesto moratorias o prohibiciones de facto, alegando riesgos ambientales y dudas sobre su encaje en las estrategias de descarbonización a medio y largo plazo.
Relevancia para Europa y España: energía, clima y responsabilidad global
Lo que ocurre en la Amazonía ecuatoriana tiene una proyección indirecta sobre Europa y, en particular, sobre España, países que importan una parte significativa de la energía que consumen. Los movimientos de productores como Ecuador influyen en los mercados globales de crudo, afectando a precios, flujos comerciales y planificación energética.
La UE se ha marcado objetivos ambiciosos de reducción de emisiones y de transición hacia fuentes renovables, al tiempo que intenta asegurar el suministro en un contexto geopolítico inestable. En ese rompecabezas, decisiones como la expansión del fracking en América Latina reavivan el debate sobre la responsabilidad compartida de países compradores y vendedores frente a la crisis climática.
Desde la óptica ambiental, organizaciones europeas recuerdan que la Amazonía es uno de los grandes pulmones verdes del planeta y un reservorio clave de biodiversidad. Lo que allí se haga, sostienen, tiene implicaciones que van más allá de las fronteras nacionales y que deberían ser tenidas en cuenta en foros multilaterales donde participa también la UE.
Para España, que ha visto cómo el fracking ha quedado prácticamente descartado en su territorio por razones sociales, ambientales y económicas, el caso ecuatoriano sirve como recordatorio de las contradicciones de la economía global: aunque se avance en renovables dentro de casa, buena parte del crudo que llega a los puertos europeos procede de regiones donde el impacto ecológico es elevado y el debate ciudadano más limitado.
En conjunto, la entrada del fracking en la Amazonía ecuatoriana plantea una combinación compleja de necesidades económicas, compromisos climáticos y protección de ecosistemas de alto valor. El desarrollo de este proyecto piloto, y las decisiones que tomen tanto Ecuador como sus socios comerciales en los próximos años, serán claves para saber si la apuesta por esta técnica se consolida o queda limitada a una experiencia puntual en la historia petrolera del país.
