Desertificación: del muro verde chino a la gestión forestal en Murcia

  • El cinturón forestal de China redujo tormentas de arena y captó COâ‚‚, pero generó un aumento de alergias; se renovarán especies y técnicas de control del polen.
  • Murcia impulsa SocialForest (Interreg SUDOE) para medir si la gestión activa del monte mejora el agua subterránea y frena la desertificación hasta 2026.
  • Tras incendios, crecen erosión e inundaciones: se recomiendan acciones urgentes de suelo y un diseño de montes más resilientes y heterogéneos.
  • Prevenir es mucho más barato que apagar: cinco medidas clave incluyen reducir combustible, pastoreo, quemas prescritas, vigilancia y revitalizar el medio rural.

Paisaje vinculado a desertificación

La desertificación avanza a distintas velocidades según el territorio, pero su huella ya es evidente: desde cinturones forestales que contienen el polvo en Asia hasta proyectos piloto en el sureste peninsular. En ese tablero global, las decisiones sobre qué plantar, cómo gestionar el monte y qué hacer tras un incendio marcan la diferencia entre estabilizar suelos o acelerar su degradación.

Mientras algunos programas han logrado frenar tormentas de arena y fijar carbono, otros han destapado efectos indeseados en la población cercana. En paralelo, administraciones y centros de investigación en España prueban si una gestión forestal activa y adaptativa puede mejorar la infiltración de agua y reforzar la salud de los ecosistemas más expuestos a la aridez.

Un cinturón forestal para contener el avance del desierto

Cinturón verde contra la desertificación

Impulsado a finales de los setenta, el gran cinturón de árboles del norte de China nació para atajar la expansión de masas arenosas como Gobi y Taklamakán. La infraestructura ecológica se extendió a lo largo de unos 4.500 kilómetros, restauró cerca de 150.000 km² y movilizó la plantación de aproximadamente 66.000 millones de ejemplares con un presupuesto multimillonario.

Los análisis atribuyen al proyecto una caída de alrededor del 70% en la frecuencia de tormentas de arena y una captación cercana al 5% de las emisiones de CO₂ del país entre 1978 y 2017. Es decir, un escudo verde capaz de reducir la erosión eólica e mejorar la calidad del aire en áreas castigadas por la desertificación.

Ese éxito, no obstante, arrastró un coste sanitario inesperado: en poblaciones cercanas se ha observado un repunte de alergias respiratorias vinculado a especies de crecimiento rápido empleadas en las reforestaciones. El polen de plantas como la artemisia contiene al menos cinco compuestos volátiles que pueden desencadenar fiebre del heno y asma bronquial en personas sensibles.

La respuesta no se limita a una sola especie. La presencia de sauces y álamos en determinadas franjas del cinturón habría contribuido a que los residentes de las zonas adyacentes registren una probabilidad mayor de padecer síntomas alérgicos, un peaje no previsto cuando se priorizó la rapidez de crecimiento y la resistencia en climas extremos.

Para corregir el rumbo, las autoridades han anunciado una inversión de unos 747 millones de euros con dos líneas principales: sustituir especies problemáticas por otras más seguras (como ciruelos o ginkgos) y aplicar técnicas de manejo avanzado, incluida la utilización de fitohormonas, con el objetivo de reducir la carga de polen sin perder la función de barrera frente al desierto.

Gestión forestal activa en Murcia para atajar la aridez

Gestión del bosque frente a la desertificación

La Región de Murcia ha puesto en marcha un estudio piloto enmarcado en Interreg SUDOE 2021-2027 para comprobar si cuidar y gestionar activamente los bosques mejora la disponibilidad de agua en el subsuelo y la resiliencia frente a sequías prolongadas, con la desertificación como riesgo de fondo. El proyecto SocialForest cuenta con casi 400.000 euros, cofinanciados en un 75% por el FEDER y en un 25% por la Comunidad Autónoma.

El ensayo se asienta en el Coto Real de la Marina (Sierra de Burete, Cehegín), un monte de utilidad pública incluido en la Red Natura 2000 y catalogado como LIC, donde predomina el pino carrasco (Pinus halepensis). La elección de esta zona responde a sus condiciones extremas, que la convierten en un laboratorio natural para evaluar la eficacia de diferentes tratamientos selvícolas.

Se han delimitado dos parcelas de entre 15 y 20 hectáreas: una con intervenciones de mejora forestal y otra sin actuación para servir de control. Investigadores y técnicos compararán variables como la capacidad del suelo para retener agua, el estado sanitario del arbolado, la resistencia a plagas, la erosión del terreno y el riesgo de incendios, con un horizonte de trabajo que se prolonga hasta diciembre de 2026.

La hipótesis es conocida: una gestión activa optimiza luz, agua y nutrientes, favorece un crecimiento vigoroso del arbolado remanente y evita la sustitución progresiva por matorral más inflamable, un proceso que acelera la degradación ambiental y, en última instancia, la desertificación. Los resultados podrían trasladarse a otros montes públicos si se confirman los beneficios.

El consorcio de SocialForest integra nueve entidades de España, Portugal y Francia: la Región de Murcia (líder), la Universitat Politècnica de València, INRAE Centre Nouvelle-Aquitaine-Bordeaux, la Associação para o Estudo e Defesa do Património de Mértola, la Asociación Forestal de Soria, la Université Toulouse III – Paul Sabatier, la Junta de Castilla-La Mancha, la empresa portuguesa EDIA (Alqueva) y el clúster tecnológico Xylofutur.

Incendios, restauración y prevención para frenar la desertificación

Restauración postincendio y desertificación

Tras grandes incendios, el paisaje queda más expuesto: aumenta la erosión, se multiplican los arrastres de sedimentos con las primeras lluvias y se compromete la calidad del agua. Los ingenieros técnicos forestales recomiendan iniciar de inmediato la restauración del territorio para cortar esa espiral que conduce a la desertificación.

En el corto plazo, conviene restablecer accesos y puntos de agua porque los episodios de precipitación inicial pueden duplicar o triplicar el aporte de sedimentos, colmatando embalses y provocando riadas. A la vez, se aconseja proteger el suelo con acolchados de restos vegetales o barreras físicas mientras se evalúa la severidad del daño y la capacidad de regeneración natural.

La retirada de madera quemada requiere criterio: en algunos lugares será imprescindible por seguridad y operatividad, y en otros conviene dejar la biomasa como estructura de retención y defensa del suelo para evitar que la escorrentía se lleve los nutrientes.

A medio y largo plazo, el objetivo es diseñar un monte resiliente al cambio climático y a futuros incendios: reforestar de forma selectiva cuando sea necesario, priorizar especies adaptadas a las nuevas condiciones, favorecer la regeneración natural y promover mosaicos con distintas especies, edades y estructuras para romper la continuidad del combustible.

Estas medidas ganan fuerza si se integran propietarios, entidades locales y administraciones desde el principio. Invertir en gestión forestal activa significa prevenir incendios, luchar contra la desertificación y fortalecer el tejido rural para las próximas generaciones.

También es clave la prevención continua: apagar una hectárea puede costar hasta 15.000 euros, mientras que prevenirla ronda los 400. Para reducir el riesgo y la severidad de los fuegos que aceleran la aridez, hay cinco palancas prácticas bien conocidas:

  1. Reducir el combustible con desbroces y limpiezas planificadas.
  2. Recuperar el pastoreo como cortafuegos biológico que mantiene a raya el matorral.
  3. Aplicar quemas prescritas y tratamientos selvícolas en épocas seguras.
  4. Mejorar la vigilancia con detección temprana (torres, drones y satélites).
  5. Mantener vida en el territorio: pueblos habitados cuidan el paisaje y reducen el riesgo.

La experiencia acumulada apunta en la misma dirección: combinar infraestructuras verdes bien diseñadas con gestión forestal adaptativa y restauración postincendio basada en evidencia permite contener la erosión, recuperar suelos y reducir los motores que empujan hacia la desertificación, sin perder de vista la salud de las comunidades que viven junto al monte.

Biodiversidad
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