
Cuando se habla de cambio climático, casi todo el foco se lo lleva el dióxido de carbono, pero hay otro gas que está empujando con fuerza el calentamiento global: el metano (CH4). A pesar de ser uno de los gases de efecto invernadero más potentes, sigue ocupando un segundo plano en el debate público y en muchas políticas climáticas.
Un amplio informe de Ecologistas en Acción, centrado en la situación del metano en España y a escala global, alerta de que no actuar con rapidez sobre este gas recorta seriamente las opciones de mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de 1,5 ºC. El documento plantea que reducir de forma drástica las emisiones de metano no solo es clave para el clima, sino también para la calidad del aire y la salud.
Por qué el metano es tan importante en la crisis climática
Según el análisis recopilado por Ecologistas en Acción, el metano ha provocado entre un 20 % y un 30 % del calentamiento global registrado desde el inicio de la era industrial. Es el segundo gas de efecto invernadero más relevante después del CO₂, pero su comportamiento es diferente: su capacidad de calentar la atmósfera en periodos cortos es mucho mayor.
En escalas de unas pocas décadas, el metano atrapa mucho más calor que el CO₂, lo que lo convierte en un auténtico acelerador del cambio climático. La parte “buena”, si es que puede llamarse así, es que su permanencia en la atmósfera es relativamente corta: al cabo de unos años se degrada, a diferencia del dióxido de carbono, que puede quedarse de 50 a 100 años o más.
Esta combinación -alto poder de calentamiento y vida corta- hace que los recortes de metano tengan efectos climáticos muy rápidos. Distintos estudios citados en el informe señalan que una antes de 2030 podría ser decisiva para mantener la puerta entreabierta al objetivo de 1,5 ºC marcado por la comunidad científica internacional.
Pero el problema del metano no termina ahí. Este gas participa también en la formación de ozono troposférico, un contaminante que actúa a nivel de superficie y que tiene impactos directos sobre la salud de las personas, los cultivos y los ecosistemas. La Agencia Europea de Medio Ambiente estima que una parte relevante de la contaminación de fondo por ozono en Europa se debe precisamente al metano emitido en todo el planeta.
Por todo ello, el informe subraya que actuar sobre el metano es una de las palancas más efectivas a corto plazo para frenar el aumento de la temperatura global y, a la vez, mejorar la calidad del aire en Europa y en España.
Tres grandes focos de emisiones: alimentación, energía y residuos
Las emisiones de metano de origen humano se concentran principalmente en tres sistemas interconectados: el modelo agroalimentario industrial, el sistema energético basado en combustibles fósiles y la gestión de residuos. Juntos, estos sectores suman alrededor del 60 % de las emisiones globales de este gas, según el Global Methane Budget y los datos recogidos por Ecologistas en Acción.
En el ámbito agroalimentario, la ganadería intensiva destaca como una de las mayores fuentes de metano. Los rumiantes (como vacas y ovejas) emiten grandes cantidades de este gas durante la digestión, especialmente en sistemas industriales de alta densidad de animales. Además, la producción intensiva de piensos para alimentar a esta cabaña ganadera se apoya en monocultivos y grandes superficies agrícolas que implican deforestación, pérdida de biodiversidad y degradación de suelos, a menudo en otros países.
El sistema energético sigue sustentado en gran medida en la extracción, transporte y uso de combustibles fósiles como el gas, el petróleo y el carbón. Las fugas de metano durante la explotación de yacimientos, el procesado, el almacenamiento y las redes de distribución suponen una parte importante del total de emisiones. Aunque el gas fósil se presenta a veces como una alternativa “más limpia” al carbón, el informe recuerda que, si no se controla el metano asociado, su impacto climático puede ser muy elevado.
El tercer pilar es la gestión de residuos, especialmente los residuos orgánicos. Vertederos mal gestionados, tratamiento inadecuado de desechos urbanos y agrícolas, o el elevado desperdicio alimentario acaban generando metano cuando la materia orgánica se descompone sin oxígeno, frente a medidas como la valorización del biogás. Este problema se agrava en un modelo lineal de economía de usar y tirar, donde se generan más residuos de los que se gestionan correctamente.
En conjunto, estos sectores forman parte de un mismo engranaje productivo: un modelo de producción y consumo globalizado que resulta ambientalmente insostenible y socialmente desigual. No solo impulsan las emisiones de metano, sino que también alimentan la pérdida de biodiversidad, el deterioro de ecosistemas y el aumento de las desigualdades entre territorios. Frente a esto, cabe promover alternativas como la economía circular que reduzcan la generación de residuos y emisiones.
Un marco político todavía insuficiente en Europa y España
A pesar de la relevancia climática y sanitaria del metano, las políticas públicas han prestado históricamente mucha menos atención a este gas que al CO₂. Durante décadas, los inventarios y objetivos climáticos se han centrado en el dióxido de carbono, dejando el metano en un segundo plano, a menudo sin metas concretas de reducción.
No es hasta la Cumbre del Clima de Glasgow (COP26), en 2021, cuando se lanza el Compromiso Mundial del Metano (Global Methane Pledge), una iniciativa internacional para recortar en al menos un 30 % las emisiones globales de este gas para 2030 respecto a los niveles de 2020. Más de 140 países, entre ellos España y la mayoría de Estados miembros de la Unión Europea, se han sumado a esta declaración.
Sin embargo, el informe de Ecologistas en Acción matiza que este compromiso sigue siendo voluntario y carece de mecanismos vinculantes, por lo que su eficacia dependerá de cómo se traduzca en medidas reales en cada país y sector. A nivel normativo, otros instrumentos que regulan la contaminación atmosférica en Europa, como el Protocolo de Gotemburgo o la Directiva de Techos Nacionales de Emisión, ni siquiera incluyen el metano entre los contaminantes sujetos a límites concretos, pese a su papel en la formación de ozono.
En el caso español, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) incorpora algunas actuaciones que podrían reducir las emisiones de metano (sobre todo en energía y residuos), pero no fija un porcentaje específico de recorte ni un plan transversal que abarque todos los sectores implicados. Para Ecologistas en Acción, esta ausencia de un objetivo claro a 2030 refleja un marco regulatorio aún poco ambicioso para la magnitud del problema.
El documento considera necesario que la política climática europea y estatal integre el metano de forma explícita, con metas cuantificadas, calendarios y medidas sectoriales concretas, en línea con lo que recomiendan el IPCC y otros organismos científicos internacionales.
Más allá de la eficiencia: un cambio estructural de modelo
Una de las ideas centrales del informe es que las soluciones para reducir el metano no pueden limitarse a ajustes tecnológicos o pequeños aumentos de eficiencia. Aunque las mejoras técnicas son útiles -por ejemplo, para detectar fugas en infraestructuras de gas o optimizar procesos de gestión de residuos-, por sí solas no bastan para lograr los recortes necesarios.
La organización ecologista plantea que hace falta una transformación profunda de los sistemas energético, agroalimentario y de residuos hacia modelos más sostenibles, justos y regenerativos. Esto implica cuestionar dinámicas estructurales del actual modelo económico, basado en la extracción intensiva de recursos, la producción masiva y el elevado nivel de consumo en los países más ricos.
En el ámbito de la energía, la prioridad pasa por acelerar la transición hacia fuentes renovables y reducir la demanda energética, no solo sustituir unas tecnologías por otras. Disminuir el uso de combustibles fósiles en la generación eléctrica, en la industria y en el transporte es imprescindible para recortar tanto las emisiones de CO₂ como las de metano asociadas a la cadena de suministro de gas y petróleo.
En el sistema alimentario, el informe defiende apostar por prácticas agroecológicas y reducir el peso de la ganadería industrial intensiva. Esto supone, entre otras cosas, rebajar el número de animales en explotaciones industriales, fomentar modelos de producción más extensivos y de proximidad, y acompañar estos cambios con una modificación de los hábitos alimentarios, con menor consumo de productos de origen animal, especialmente carne de rumiantes.
En cuanto a los residuos, se propone mejorar de forma sustancial la recogida, tratamiento y valorización de la fracción orgánica, así como disminuir el desperdicio alimentario a lo largo de toda la cadena, desde la producción hasta el consumo doméstico. Avanzar hacia una economía circular -que priorice la prevención, la reutilización y el reciclaje- permitiría reducir la cantidad de materia orgánica que acaba descomponiéndose en vertederos y emitiendo metano.
Para Ecologistas en Acción, estas transformaciones no son únicamente una respuesta al cambio climático. También son una oportunidad para aliviar otras crisis ecológicas y sociales, como la pérdida de biodiversidad, la degradación de suelos, la contaminación del agua o el aumento de las desigualdades entre territorios y comunidades.
El metano como palanca de cambio rápido
Uno de los argumentos más reiterados por las fuentes consultadas en el informe es que actuar sobre el metano permite ganar tiempo en la lucha climática. Dado que sus efectos en la atmósfera se manifiestan en periodos cortos, una reducción rápida y profunda de sus emisiones podría frenar el ritmo de calentamiento en las próximas décadas, mientras se consolidan medidas estructurales para recortar el CO₂ y otros gases de efecto invernadero de larga duración.
La portavoz de Ecologistas en Acción, Marta Orihuel, resume así esta idea: el metano puede ser una palanca para frenar el cambio climático a corto plazo, pero al mismo tiempo pone sobre la mesa los límites del modelo actual de producción y consumo. Disminuir sus emisiones exige revisar cómo se produce la energía, cómo se organizan los sistemas alimentarios y cómo se gestionan los residuos en nuestras sociedades.
El informe insiste en que la reducción del metano debe ir siempre acompañada de una disminución sostenida del CO₂. No se trata de escoger entre uno u otro gas, sino de entender que la combinación de ambos enfoques -acciones rápidas sobre el metano y recortes a largo plazo de dióxido de carbono- es la vía con más posibilidades de evitar escenarios climáticos extremos.
Además de los beneficios climáticos, las medidas para limitar el metano tendrían efectos positivos inmediatos en la calidad del aire y la salud pública, al reducir la formación de ozono troposférico y otros contaminantes asociados. Estos impactos serían especialmente relevantes en áreas urbanas y agrícolas de Europa y España, donde la combinación de emisiones locales y contaminación de fondo provoca superaciones frecuentes de los límites recomendados por la OMS.
En definitiva, el mensaje que lanza el documento es que no actuar sobre el metano supone perder una de las oportunidades más claras y directas para frenar la escalada de la crisis climática en el corto plazo. Integrar este gas en el centro de las políticas de clima y calidad del aire se presenta como un paso imprescindible para alinear la acción pública con la evidencia científica disponible.
La discusión actual ya no se limita a reconocer que el metano es un problema, sino a definir qué cambios concretos se van a poner en marcha en los sectores clave, con qué calendario y con qué grado de ambición. De esas decisiones dependerá en buena medida la capacidad de España y de la Unión Europea para contribuir a estabilizar el clima y proteger la salud de las personas y de los ecosistemas en las próximas décadas.