La calidad del aire que se respira durante la gestación no es un detalle menor: cada vez hay más evidencias de que la contaminación atmosférica en el embarazo puede dejar huella en el cerebro del bebé desde los primeros meses de vida. Más allá de los conocidos efectos sobre los pulmones o el corazón, la comunidad científica pone ahora el foco en el neurodesarrollo.
En los últimos años, centros de referencia como el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y la Universitat de Barcelona (UB) han aportado datos sólidos que apuntan en una misma dirección: la etapa prenatal es una ventana especialmente vulnerable frente a los contaminantes del aire, y esa exposición puede traducirse en un rendimiento cognitivo más bajo en la primera infancia.
Por qué el embarazo es una etapa tan vulnerable a la contaminación
Durante la gestación, el cerebro fetal atraviesa un proceso de formación y conexión neuronal muy intenso. En pocos meses se organizan estructuras que condicionarán capacidades como la memoria, el lenguaje, la atención o la regulación emocional a lo largo de toda la vida. Cualquier agresión externa en ese periodo, incluida la exposición a dióxido de nitrógeno (NO₂), partículas finas (PM2.5) o carbono negro, puede alterar este engranaje tan delicado.
Las partículas más pequeñas del aire contaminado pueden llegar a la sangre materna y algunas incluso traspasar la placenta. Este paso de contaminantes, sumado a procesos de inflamación sistémica y estrés oxidativo en la madre, podría modificar el aporte de oxígeno y nutrientes al feto y, en consecuencia, interferir en su desarrollo neurológico. No hablamos solo de un mal día de contaminación, sino de exposiciones sostenidas durante semanas o meses.
La evidencia científica disponible apunta a que estos efectos no se limitan a un área geográfica concreta ni a un solo tipo de contaminante. Estudios realizados en entornos urbanos de Europa, con niveles por debajo o cerca de los límites legales actuales, ya están detectando asociaciones entre contaminación del aire prenatal y peores resultados en pruebas cognitivas en los primeros años de vida.
Ante este escenario, investigadores y organismos de salud pública coinciden en un mensaje clave: respirar aire limpio durante el embarazo no es un lujo, sino una necesidad básica de salud, comparable a llevar una buena alimentación o hacer un seguimiento médico adecuado.
El estudio BiSC en Barcelona: una radiografía de la contaminación y el cerebro del bebé
Una de las investigaciones más detalladas realizadas en Europa sobre este tema es el proyecto Barcelona Life Study Cohort (BiSC), coordinado por ISGlobal en colaboración con la Universitat de Barcelona. Este trabajo ha seguido a decenas de mujeres embarazadas en la ciudad de Barcelona y sus bebés, con el objetivo de cuantificar cómo la contaminación del aire que respiran las madres se relaciona con el rendimiento cognitivo de sus hijos.
En uno de los análisis más recientes de esta cohorte, publicado en la revista científica Environmental Pollution, se incluyeron datos de 168 parejas madre-hijo/a. Las participantes fueron reclutadas en Barcelona entre 2018 y 2023, un periodo en el que se registraron de forma detallada sus niveles de exposición prenatal a NO₂, carbono negro (BC) y partículas finas PM2.5, así como el contenido de metales como cobre (Cu) y hierro (Fe) en esas partículas.
Para estimar con precisión la exposición, el equipo de investigación combinó modelos avanzados de calidad del aire con información sobre la rutina diaria de las madres: tiempo pasado en el hogar, en el trabajo y en los desplazamientos. De este modo, no se limitaron a las mediciones de una sola estación fija, sino que pudieron aproximarse mejor al aire que realmente respiraban las embarazadas a lo largo del día.
Los responsables del estudio señalan que esta aproximación les permitió captar variaciones finas en la exposición a contaminantes urbanos muy habituales en Barcelona, donde el tráfico rodado y la actividad urbana generan niveles relevantes de dióxido de nitrógeno, carbono negro y partículas en suspensión.
Seguimiento ocular: una forma objetiva de medir la memoria del bebé
La gran novedad de este trabajo es la forma de evaluar el efecto de la contaminación en el cerebro infantil. En lugar de recurrir solo a cuestionarios a madres o profesionales, el equipo utilizó una técnica de seguimiento ocular (eye-tracking) basada en cómo miran los bebés las imágenes que se les presentan.
En estas pruebas de laboratorio participaron bebés de alrededor de 6 meses de edad, y una parte de ellos fue reevaluada más adelante, hacia los 18 meses. Durante la tarea, primero se muestra a cada lactante una imagen hasta que se familiariza con ella. A continuación, se presentan al mismo tiempo dos estímulos visuales: uno ya conocido y otro completamente nuevo, mientras un sistema de cámaras registra con precisión hacia dónde mira el bebé y durante cuánto tiempo.
Cuando los bebés dedican más tiempo de mirada a la imagen nueva que a la conocida, se interpreta que recuerdan el estímulo familiar y, por tanto, que su memoria de reconocimiento funciona adecuadamente. Esta respuesta se conoce como “preferencia por la novedad” y está considerada un indicador temprano del rendimiento cognitivo, especialmente en lo relativo a la memoria y el procesamiento de la información.
Según explica el equipo de investigación, este enfoque tiene una ventaja fundamental: proporciona una medida directa y objetiva del desarrollo cognitivo temprano, sin depender de interpretaciones subjetivas de adultos. Además, es un procedimiento no invasivo y adecuado para los primeros meses de vida, cuando otras pruebas resultan más complejas de aplicar.
Qué encontraron los investigadores: menos preferencia por la novedad y peor rendimiento cognitivo
Al cruzar las mediciones de calidad del aire con los resultados de las tareas de seguimiento ocular, el equipo de ISGlobal y la UB observó que una mayor exposición prenatal a contaminantes atmosféricos se relacionaba con una menor preferencia por la novedad en las pruebas de memoria visual. En términos prácticos, esto se traduce en un peor rendimiento cognitivo en los bebés durante los primeros meses.
Las asociaciones más consistentes se detectaron para el carbono negro, las partículas finas PM2.5 y el contenido de cobre en esas partículas. Estos componentes están estrechamente vinculados al tráfico urbano y a la combustión de combustibles fósiles, muy presentes en ciudades como Barcelona y en otros entornos urbanos europeos con características similares.
El estudio también identificó diferencias según el sexo del bebé. Para todos los contaminantes analizados, las relaciones entre exposición prenatal y peor rendimiento cognitivo fueron más intensas en los niños que en las niñas. Esta pauta apunta hacia una posible vulnerabilidad diferencial por sexo, un aspecto que los científicos consideran relevante estudiar con más profundidad en futuras investigaciones.
Los autores recuerdan que estos resultados se suman a trabajos previos del mismo grupo que ya habían mostrado cambios en estructuras cerebrales fetales asociados a la contaminación del aire durante el embarazo. En conjunto, la evidencia refuerza la idea de que, incluso en países de renta alta y con sistemas sanitarios desarrollados, la contaminación urbana tiene impacto sobre el cerebro en formación.
Qué mecanismos pueden explicar estos efectos en el neurodesarrollo
La relación entre contaminación del aire y desarrollo cerebral temprano no se explica por un único factor, sino por la combinación de varios procesos biológicos. Por un lado, las partículas de tamaño muy reducido, como las PM2.5, pueden penetrar profundamente en los pulmones y alcanzar el torrente sanguíneo. Una vez allí, hay evidencias de que parte de estos contaminantes puede atravesar la barrera placentaria y entrar en contacto directo con el feto.
Por otro lado, la presencia continuada de estos contaminantes puede desencadenar en la madre inflamación sistémica y estrés oxidativo, dos mecanismos que alteran el entorno biológico en el que se desarrolla el bebé. Estos procesos podrían afectar el suministro de oxígeno y nutrientes al cerebro fetal, interferir en la maduración de neuronas y sinapsis, o cambiar la expresión de determinados genes implicados en el neurodesarrollo.
La literatura científica recoge también vínculos entre la exposición prenatal a partículas finas y peores puntuaciones en lenguaje, motricidad y comunicación durante los primeros años de vida. Distintos estudios, entre ellos varios realizados por ISGlobal, convergen en la misma línea: los niños expuestos a mayores niveles de contaminación durante la gestación muestran con más frecuencia indicadores de desarrollo cognitivo más bajos en comparación con aquellos cuyas madres respiraron aire más limpio.
Además, algunos trabajos señalan que las diferencias pueden hacerse visibles ya a los 2 años, tanto en tareas que miden el lenguaje como en pruebas de coordinación y habilidades sociales. Aunque todavía se está investigando hasta qué punto estos efectos se mantienen a largo plazo, el conjunto de hallazgos lleva a los expertos a recomendar la reducción de la exposición desde las primeras etapas del embarazo.
Implicaciones para la salud pública en España y Europa
Los resultados del proyecto BiSC no se quedan en el ámbito académico: tienen implicaciones directas para las políticas ambientales y de salud pública. Si el periodo prenatal es una fase crítica de vulnerabilidad, reducir la contaminación del aire en las ciudades europeas puede considerarse una medida de prevención primaria del daño cognitivo en la infancia.
En España y otros países de la Unión Europea, una parte importante de la contaminación urbana procede del tráfico rodado y la quema de combustibles fósiles. Medidas como la limitación de vehículos más contaminantes en las zonas de bajas emisiones, el fomento del transporte público y la movilidad activa, o la apuesta por energías renovables son estrategias que, a medio plazo, podrían contribuir a mejorar la calidad del aire que respiran las embarazadas.
Los investigadores implicados en el estudio insisten en que la protección de la salud de las mujeres embarazadas y de la infancia debería situarse en el centro de las decisiones ambientales. No se trata solo de reducir ingresos hospitalarios por asma o problemas cardiovasculares, sino de preservar el potencial cognitivo de las nuevas generaciones, algo que tiene implicaciones educativas, sociales y económicas.
Al mismo tiempo, los resultados apuntan a la necesidad de seguir monitorizando la calidad del aire y reforzar los sistemas de alerta, de modo que las personas más vulnerables, incluidas las embarazadas, puedan disponer de información clara para ajustar sus actividades diarias en episodios de contaminación elevada.
Qué pueden hacer las embarazadas mientras avanzan las políticas
Aunque las soluciones de fondo dependen de cambios estructurales y decisiones políticas, hay algunas recomendaciones prácticas que pueden ayudar a las mujeres embarazadas a reducir, en la medida de lo posible, su exposición diaria a la contaminación del aire, sobre todo en entornos urbanos.
Una medida razonable es evitar en lo posible las zonas con tráfico intenso en las horas punta. Cuando se pueda elegir, caminar por calles secundarias menos transitadas, optar por rutas con más zonas verdes o priorizar desplazamientos en horarios de menor congestión puede rebajar algo la cantidad de contaminantes inhalados.
En los hogares situados en calles muy concurridas, suele recomendarse ventilar en momentos del día con menor densidad de tráfico y, si el presupuesto lo permite, valorar filtros de aire interiores certificados. En cualquier caso, las autoridades sanitarias recuerdan que estas medidas individuales tienen un margen de acción limitado, y que la verdadera protección vendrá de reducir las emisiones en la fuente.
Desde el punto de vista clínico, los profesionales de la salud pueden desempeñar un papel clave. La incorporación de la calidad del aire como factor de riesgo en las consultas de embarazo permitiría informar mejor a las gestantes, integrar recomendaciones adaptadas a cada contexto y, al mismo tiempo, ayudar a visibilizar ante la sociedad que la contaminación del aire es también un problema de salud materno-infantil.
En conjunto, las pruebas científicas que se acumulan —incluyendo los datos obtenidos en Barcelona con técnicas de seguimiento ocular— apuntan a que la contaminación del aire durante el embarazo puede condicionar el desarrollo cognitivo temprano de los niños y niñas. La combinación de partículas finas, dióxido de nitrógeno, carbono negro y ciertos metales presentes en el ambiente urbano forma un cóctel que el cerebro en formación parece notar desde muy pronto. Reducir esa exposición mediante políticas ambientales más ambiciosas, cambios en la movilidad y una mayor conciencia social se perfila como una inversión de largo recorrido en la salud y las capacidades futuras de la población infantil.