La expresión “cero neto en mercados emergentes” se ha colado en la conversación pública, en los despachos de los gobiernos y en las reuniones de inversores institucionales. No es un simple eslogan ambiental: es un cambio de modelo económico que afecta de lleno a países que aún están en fase de desarrollo, que necesitan crecer con fuerza y que, al mismo tiempo, deben recortar sus emisiones de gases de efecto invernadero si quieren evitar los peores efectos del cambio climático.
El gran reto es que estos países deben elevar su PIB, reducir la pobreza y modernizar su economía sin repetir el patrón de crecimiento intensivo en combustibles fósiles que siguieron las economías avanzadas. En la práctica, eso significa transformar el sistema energético, incluida la energía geotérmica, la industria, el transporte y la forma de financiar la transición, en un contexto donde el acceso al capital es más caro y complejo que en Europa o Estados Unidos.
Qué significa “cero neto” y por qué es tan relevante
Cuando hablamos de “cero neto” o “cero emisiones netas” nos referimos a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta acercarlas lo máximo posible a cero, y compensar las que queden mediante la absorción por sumideros de carbono naturales (bosques, suelos, océanos) o tecnologías de captura y almacenamiento de carbono. La clave no es compensar sin más, sino recortar de raíz todas las emisiones que sea técnicamente posible.
Las Naciones Unidas explican que alcanzar el cero neto es imprescindible para limitar el calentamiento global a 1,5 ºC respecto a los niveles preindustriales. Ahora mismo el planeta ya se ha calentado alrededor de 1,1 ºC y las emisiones siguen en niveles elevados. Para tener una probabilidad razonable de cumplir el objetivo del Acuerdo de París, las emisiones globales deberían reducirse en torno a un 45 % de aquí a 2030 y llegar al cero neto hacia mediados de siglo.
Esto implica una transformación profunda en cómo producimos energía, fabricamos bienes, nos desplazamos y consumimos. El sector energético es el gran protagonista: genera cerca de tres cuartas partes de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. De ahí que la sustitución del carbón, el petróleo y el gas por energías renovables (solar, eólica, hidráulica, entre otras) sea el corazón de la transición.
Para los mercados emergentes, el cero neto no es solo un requisito climático, también es una oportunidad para reposicionarse en la economía global. Su capacidad para adaptarse, atraer inversión verde y aprovechar sus recursos naturales y humanos determinará en buena medida quién gana y quién pierde en esta nueva etapa.
Más allá del clima, avanzar hacia el cero neto genera beneficios colaterales: mejor calidad del aire, menos enfermedades respiratorias, ciudades más habitables, menor vulnerabilidad frente a los vaivenes del precio del petróleo y creación de nuevos empleos en sectores como las renovables, la eficiencia energética o la movilidad eléctrica.
Mercados emergentes: víctimas del clima, pero también protagonistas de la solución
Las economías emergentes se encuentran en una posición delicada: son más vulnerables a los impactos físicos del cambio climático y, al mismo tiempo, disponen de menos recursos financieros y tecnológicos para adaptarse. Inundaciones, sequías prolongadas, olas de calor extremas o subida del nivel del mar pueden mermar su crecimiento, dañar infraestructuras clave y golpear sectores básicos como la agricultura o el turismo.
Paradójicamente, muchos de estos países tienen que seguir aumentando su producción industrial y mejorar sus infraestructuras para elevar el nivel de vida de su población. Su economía está, en general, más volcada en la manufactura y la industria pesada que las de los países avanzados, que han dado un mayor peso a los servicios. Eso significa que su consumo energético por unidad de PIB suele ser más elevado y que dependen más de combustibles fósiles intensivos en emisiones.
Este modelo productivo hace que la sustitución del petróleo, el gas o el carbón por alternativas renovables resulte, a corto plazo, más compleja y costosa que en economías con un peso mayor de los servicios. Cambiar hornos industriales, procesos metalúrgicos o grandes sistemas de generación térmica no es tan sencillo como electrificar parte del transporte urbano.
A pesar de todo, varios expertos subrayan que el proceso de descarbonización abre ventanas de oportunidad muy claras para determinados mercados emergentes. La transición verde exige una enorme cantidad de metales y minerales estratégicos necesarios para fabricar paneles solares, aerogeneradores, baterías o vehículos eléctricos. Y muchos de esos recursos se concentran precisamente en países emergentes.
Economías como China, Sudáfrica, Zambia, Chile o Perú están bien posicionadas para beneficiarse del auge en la demanda de litio, cobalto, cobre y tierras raras. Este cambio de paradigma energético puede traducirse en mayores ingresos por exportaciones, inversiones en minería responsable y desarrollo industrial vinculado a las cadenas de valor de las tecnologías limpias.
Oportunidades económicas: la demanda de metales y nuevas infraestructuras
El giro hacia un sistema energético bajo en carbono supone un crecimiento sin precedentes en la demanda de metales industriales y minerales críticos. Baterías de iones de litio, imanes permanentes para aerogeneradores, electrónica de potencia o infraestructuras de red dependen de un conjunto de materiales cuya extracción y procesamiento se localiza a menudo en mercados emergentes.
Países como Chile y Perú, grandes productores de cobre, se benefician de la expansión de las redes eléctricas inteligentes y la electrificación del transporte, que necesitan una enorme cantidad de este metal. Zambia y otros países africanos con recursos minerales clave pueden ganar relevancia estratégica en un mundo que compite por asegurarse suministros estables de estos materiales.
Además del papel minero, muchos mercados emergentes están construyendo todavía buena parte de sus infraestructuras urbanas y energéticas. Esa “hoja casi en blanco” les da una ventaja frente a países industriales que arrastran infraestructuras envejecidas y difíciles de adaptar. Una ciudad que se diseña desde cero puede incorporar de entrada edificios eficientes, transporte público eléctrico, redes de calor renovable o sistemas de gestión del agua pensados para un clima cambiante.
En este sentido, la llamada infraestructura “incipiente” se convierte en un activo. Planificar desde el principio con criterios de eficiencia energética, resiliencia climática y baja huella de carbono permite evitar costosos retrofits en el futuro y reduce las emisiones asociadas al crecimiento urbano y económico.
Sin embargo, esta transformación no es ni barata ni sencilla. El coste inicial de desplegar energías renovables, almacenamiento, redes y transporte limpio a gran escala requiere volúmenes muy elevados de financiación. Ahí es donde chocan las economías emergentes con un muro: acceder al capital les sale mucho más caro que a las potencias desarrolladas.
El gran cuello de botella: la financiación de la transición
Una de las principales dificultades de los mercados emergentes para avanzar hacia el cero neto es su limitado acceso a financiación asequible. Los inversores perciben mayores riesgos políticos, institucionales o de estabilidad macroeconómica, y eso se traduce en tipos de interés más altos y primas de riesgo elevadas.
Mientras que un país desarrollado como Alemania puede financiar proyectos pagando tipos de interés muy bajos, por debajo del 1 % en determinados momentos, muchas economías emergentes con calificaciones crediticias más débiles se ven obligadas a emitir deuda a tipos mucho más altos. Es común que paguen el rendimiento del bono del Tesoro de referencia más un diferencial que ronda los 400 puntos básicos o incluso más.
En la práctica, eso implica que levantar capital para infraestructuras verdes, redes eléctricas, transporte limpio o adaptación climática es significativamente más costoso. Cuando el coste de la financiación se dispara, incluso proyectos viables desde el punto de vista técnico o ambiental se vuelven dudosos desde el prisma financiero.
Además, en numerosos mercados emergentes persisten barreras estructurales e institucionales: marcos regulatorios inestables, inseguridad jurídica, falta de profundidad en los mercados de capitales locales o sistemas bancarios poco desarrollados. Estos factores incrementan la percepción de riesgo de los inversores internacionales y dificultan aún más la llegada masiva de capital para la transición.
Por ello, instituciones multilaterales, bancos de desarrollo y alianzas público‑privadas tienen un papel central a la hora de reducir riesgos, ofrecer garantías y movilizar inversión privada. Sin ese respaldo, el salto hacia infraestructuras bajas en carbono podría quedarse muy por debajo de lo necesario para cumplir con los objetivos climáticos globales.
Guerra, geopolítica y su impacto en la descarbonización
Los procesos de transición energética no se desarrollan en el vacío. Los shocks geopolíticos y las guerras pueden acelerar o frenar abruptamente determinadas dinámicas. La invasión de Ucrania y la crisis energética posterior han puesto sobre la mesa la vulnerabilidad de Europa por su dependencia del gas y el petróleo de Rusia.
La reacción de muchos gobiernos europeos ha sido replantear de forma urgente su estrategia de suministro energético. Depender de un proveedor considerado “estado paria” se percibe como un riesgo inasumible a largo plazo. Eso refuerza el impulso hacia la diversificación de fuentes y, en último término, hacia una mayor apuesta por las energías renovables y la eficiencia energética.
A corto plazo, sin embargo, la desconexión acelerada de los combustibles fósiles rusos puede generar contradicciones temporales. Ante la urgencia de asegurar el suministro, algunos países han recurrido de nuevo al carbón o han reabierto centrales que estaban en proceso de cierre, lo que provoca un repunte coyuntural de emisiones de CO2 respecto a la senda ideal de descarbonización.
Esta situación también está reconfigurando el mapa de alianzas energéticas. Países sancionados o marginados como Venezuela o Irán vuelven a entrar en la conversación, ya que pueden aportar petróleo o gas al mercado global. La postura política de potencias como Estados Unidos frente a estos países se está revisando, aunque el proceso es complejo y plagado de incertidumbre.
A largo plazo, muchos analistas coinciden en que la guerra en Ucrania actúa como catalizador de la transición. Obliga a Europa a reducir su dependencia de suministros energéticos externos poco fiables y refuerza la idea de que la seguridad energética pasa por más renovables, más interconexiones y más almacenamiento. En este contexto, los mercados emergentes productores de energía limpia, de gas de transición o de minerales críticos adquieren un peso estratégico creciente.
El papel de los ciudadanos y de los inversores en la agenda Net Zero
La neutralidad climática no depende solo de los gobiernos. La ciudadanía y los inversores privados también tienen un papel decisivo a la hora de acelerar -o frenar- el cambio. Aunque a veces parezca que lo que hagamos a título individual importa poco, la suma de decisiones cotidianas tiene un impacto agregad o muy relevante.
En el plano personal, ajustar ciertos hábitos de consumo puede reducir de manera significativa nuestra huella de carbono: elegir transporte público o bicicleta frente al coche privado cuando sea posible, moderar el uso de la calefacción y el aire acondicionado, apostar por viviendas eficientes, disminuir el desperdicio alimentario, consumir menos productos de usar y tirar o priorizar bienes y servicios con menor impacto ambiental.
Como inversores, desde pequeños ahorradores hasta grandes instituciones, podemos orientar el capital hacia productos financieros que apoyen la transición. Fondos de inversión, bonos verdes, estrategias de impacto o vehículos dedicados a infraestructuras sostenibles son herramientas que canalizan recursos hacia proyectos de mitigación y adaptación al cambio climático.
Las gestoras de fondos, por su parte, no solo seleccionan activos: tienen capacidad de influir sobre las empresas mediante diálogo activo y voto en juntas. Pueden exigir planes de reducción de emisiones creíbles, alinear los incentivos de la alta dirección con objetivos climáticos o presionar para mejorar la transparencia en la publicación de datos ambientales y de riesgos asociados al clima.
Algunas entidades han desarrollado gamas específicas de inversión con ambición Net Zero, que abarcan renta variable, renta fija, multiactivos, mercados emergentes, inmobiliario o ETFs. Estas estrategias utilizan indicadores como la huella de carbono de las carteras, objetivos basados en la ciencia (SBTi) o “puntuaciones de temperatura” para evaluar en qué medida los emisores están alineados con una senda compatible con 1,5 ºC.
Cómo contribuyen las gestoras de fondos a la neutralidad climática
Las gestoras de fondos de inversión están en una posición privilegiada para impulsar cambios reales en la economía real. Su acción no se limita a comprar o vender acciones y bonos: también pueden incidir en cómo se gobiernan las empresas y cómo se integran los riesgos climáticos en la toma de decisiones corporativas.
Una de las herramientas más utilizadas es la política de exclusiones. Esto implica dejar fuera del universo de inversión a compañías fuertemente contaminantes que no muestran disposición a reducir su huella de carbono ni cuentan con planes sólidos de transición. El objetivo es evitar que el capital siga alimentando modelos de negocio incompatibles con el cero neto.
Al mismo tiempo, se recurre a un amplio abanico de métricas climáticas: desde la huella de carbono histórica hasta análisis prospectivos que determinan cuánto se alinea cada empresa con los escenarios del Acuerdo de París. Los objetivos SBTi, por ejemplo, permiten verificar si las metas de reducción de emisiones son coherentes con una trayectoria de 1,5 ºC.
Otra pieza clave es el ejercicio activo de la propiedad. A través del engagement (diálogo estructurado) y del voto en juntas generales, las gestoras pueden apoyar resoluciones climáticas, exigir más transparencia en la información ESG o, llegado el caso, votar contra la reelección de consejeros que no asumen sus responsabilidades en materia de clima.
Además, existe un amplio margen para la innovación financiera orientada a la transición. Nuevos vehículos de inversión en geografías poco atendidas, alianzas público‑privadas que combinen capital concesional y privado, financiación privada verde, estrategias de impacto ecológico en mercados emergentes o soluciones específicas para proyectos de adaptación climática son algunas de las líneas que se están explorando.
“Cero neto” en la práctica: el caso de una gran compañía
La teoría del cero neto se materializa en planes concretos dentro de las grandes empresas. Muchas multinacionales han adoptado hojas de ruta climáticas con hitos intermedios para 2025, 2030 y 2040, que incluyen recortes profundos de emisiones directas e indirectas, así como compromisos de neutralización de las emisiones residuales.
Para entender cómo funciona, conviene distinguir las emisiones de alcance 1, 2 y 3. Las de Alcance 1 son las emisiones directas que genera la propia compañía, por ejemplo mediante el consumo de combustibles fósiles en calderas, vehículos o procesos industriales, o mediante fugas de gases refrigerantes. Las de Alcance 2 son las asociadas a la electricidad, el calor o el vapor que la empresa compra a terceros.
Las emisiones de Alcance 3 son más difusas pero, a menudo, representan la mayor parte de la huella de carbono corporativa. Incluyen las emisiones generadas en la cadena de suministro -desde la extracción de materias primas hasta el transporte de los productos que la empresa compra- y las derivadas del uso de los productos por parte de los clientes, así como viajes de trabajo u otros elementos relacionados.
Algunas compañías ya han logrado recortar en torno a ocho de cada diez toneladas de CO2 equivalente de sus emisiones operacionales (Alcances 1 y 2) gracias a la compra de electricidad renovable, la mejora de la eficiencia energética, la renovación de flotas y la modernización de equipamientos. Si se suma toda la cadena de valor (Alcance 3), las reducciones totales pueden superar el 50 % respecto a un año base.
Los planes para alcanzar el cero neto suelen estructurarse en tres bloques: reducir al máximo las emisiones operativas, recortar de forma progresiva las emisiones de la cadena de valor y neutralizar la parte residual mediante proyectos de eliminación de carbono. En las fases finales, la aspiración es haber reducido alrededor del 90 % de las emisiones totales (1, 2 y 3) y neutralizar el 10 % restante a través de soluciones tecnológicas o basadas en la naturaleza que aseguren un almacenamiento permanente del CO2.
En el calendario de muchas corporaciones, 2025 marca un primer hito con reducciones cercanas al 90 % de los Alcances 1 y 2 en mercados clave y recortes relevantes del Alcance 3. Hacia 2040, el objetivo pasa por haber alcanzado el cero neto completo, con neutralización del 100 % de las emisiones residuales no eliminadas por medidas directas de reducción.
Riesgos específicos de invertir en mercados emergentes en plena transición
Invertir en mercados emergentes ofrece potencial de crecimiento, pero conlleva riesgos adicionales que se acentúan en el contexto de la transición climática. Comprenderlos es fundamental para inversores particulares y profesionales que deseen apoyar la descarbonización sin perder de vista la gestión prudente del riesgo.
En primer lugar, está el riesgo de capital: el valor de cualquier inversión puede fluctuar y no existe garantía de recuperar el principal. En fondos que invierten fuera de la zona euro o en monedas distintas, los movimientos del tipo de cambio pueden aumentar o reducir la rentabilidad en la divisa del inversor.
Los valores de renta variable tienden a ser más volátiles que los bonos o los instrumentos del mercado monetario. Por su parte, en fondos de renta fija aparece el llamado riesgo de contraparte: la posibilidad de que la entidad con la que el fondo mantiene una operación (por ejemplo, un derivado) no cumpla sus obligaciones, generando pérdidas adicionales para los partícipes.
La transición climática también introduce un riesgo ESG y de sostenibilidad específico. Cambios regulatorios, impuestos al carbono, litigios ambientales o daños reputacionales pueden afectar de manera sustancial al valor de una empresa y, por ende, al rendimiento de un fondo. Ignorar estos factores puede dejar carteras expuestas a activos que podrían devaluarse bruscamente.
Otro aspecto a considerar es el riesgo de concentración geográfica. Muchos fondos de emergentes se centran en una región concreta (Asia, Latinoamérica, África, Europa del Este), de modo que eventos políticos, económicos o climáticos adversos en esa zona pueden afectar con fuerza al rendimiento global de la inversión.
Además, los fondos pueden utilizar estrategias de cobertura para tratar de reducir ciertos riesgos (por ejemplo, de tipo de cambio). Sin embargo, el riesgo de cobertura radica en que estas técnicas no siempre funcionan como se espera y pueden incluso limitar las ganancias cuando el mercado se mueve a favor del inversor.
Hay que tener presente también el riesgo propio de los fondos de inversión. Invertir a través de un fondo implica enfrentarse a costes, liquidez y estructura de gobierno distintos a los de invertir directamente en un activo. El gestor, por su parte, puede encontrarse con conflictos de interés entre distintas carteras, aunque la regulación exige tratar a todos los fondos y clientes de forma equitativa.
Finalmente, el riesgo operativo hace referencia a posibles fallos en los sistemas informáticos, en los procesos internos o en los controles que pueden derivar en interrupciones, errores de valoración o incluso pérdidas económicas. En entornos regulados, los supervisores exigen a las gestoras planes robustos para minimizar estos riesgos, pero nunca desaparecen del todo.
La transición hacia el cero neto en mercados emergentes combina desafíos climáticos, económicos y financieros de gran calado, pero también abre un abanico de oportunidades para países ricos en recursos, empresas innovadoras e inversores dispuestos a mirar más allá del corto plazo. Entender bien las reglas del juego -desde el significado real de cero neto hasta la importancia de los metales críticos, la financiación verde y los riesgos asociados- es clave para tomar decisiones informadas en un mundo que, nos guste o no, se está reconfigurando alrededor de la descarbonización.