
El archipiélago canario ha decidido plantarse ante lo que consideran una demora injustificada por parte del Ministerio para la Transición Ecológica. En una reciente jornada que ha servido para escenificar una unidad institucional sin fisuras, el Cabildo de Gran Canaria, el Ejecutivo autonómico y el sindicato CCOO han unido sus voces para exigir que se ponga en marcha la subasta de eólica marina de una vez por todas. La sensación general es que las islas están preparadas para liderar este sector en España, pero el papeleo administrativo está frenando una oportunidad que no se puede dejar escapar.
La urgencia no es para menos, ya que el contexto internacional y la necesidad de romper con la dependencia de los combustibles fósiles apremian cada día más. Gran Canaria aspira a ser el primer territorio del país donde esta tecnología flotante sea una realidad tangible, aprovechando no solo su excelente recurso eólico, sino también el consenso social y empresarial que ya se ha fraguado en las islas. El mensaje enviado a Madrid es claro: Canarias ha hecho los deberes y ahora le toca al Gobierno central mover ficha para que la eólica marina empiece a rodar.

El clamor por una subasta que no termina de arrancar
Desde las instituciones insulares se mira con cierto recelo hacia otros territorios del norte, señalando que Gran Canaria cuenta con una ventaja competitiva y una estabilidad social que no se encuentra fácilmente en otros lugares. Antonio Morales, presidente del Cabildo, ha manifestado su extrañeza ante el retraso del concurso público, sugiriendo que la isla ya podría estar funcionando como el laboratorio real de España para estas infraestructuras. No se trata solo de instalar molinos en el agua, sino de generar una tecnología propia que sitúe a la región en la vanguardia internacional.
Por si fuera poco, el sistema eléctrico canario tiene una particularidad que lo hace idóneo para este despliegue: la capacidad de almacenamiento que aportará el proyecto de Salto de Chira. Esta central hidroeléctrica permitirá gestionar los excedentes de energía renovable, evitando que se pierda la potencia generada por el viento cuando la demanda sea baja. Es, en palabras llanas, el binomio perfecto para que la red eléctrica no sufra y se pueda verter toda esa energía limpia sin riesgos de apagones o inestabilidades.
La falta de suelo en tierra obliga a mirar al océano
Uno de los argumentos más contundentes que se han puesto sobre la mesa es la limitación física del territorio insular. Según los expertos del Gobierno de Canarias, aunque se apriete al máximo la instalación de placas solares y molinos en tierra, la superficie disponible no es suficiente para alcanzar la descarbonización total prevista para el año 2040. La geografía manda, y para cumplir con los ambiciosos objetivos ambientales, es imprescindible aprovechar el inmenso potencial que ofrece el mar que rodea a las islas.
El Ejecutivo regional insiste en que el mar no es solo un recurso paisajístico, sino la clave para la soberanía energética de las islas. Al tratarse de un territorio fragmentado y alejado del continente, ser autosuficientes energéticamente es una cuestión de supervivencia económica. La eólica marina flotante permite alejarse de la costa hacia zonas más profundas, minimizando el impacto visual y aprovechando vientos mucho más constantes y potentes que los que se encuentran en el interior del territorio.

Un motor económico con miles de empleos en juego
La repercusión de este proyecto va mucho más allá de la factura de la luz. Se estima que la implantación de la eólica marina en Gran Canaria podría desencadenar la creación de 8.000 puestos de trabajo entre empleos directos, indirectos e inducidos. Esto supone un balón de oxígeno para el mercado laboral local, especialmente en sectores como el naval, la logística portuaria y la ingeniería especializada. Los sindicatos, con CCOO a la cabeza, ya están reclamando una transición formativa para que los trabajadores canarios sean los primeros en beneficiarse de estas nuevas oportunidades.
La industria local tiene ante sí un escaparate inigualable. Si Canarias se convierte en el epicentro de la eólica flotante, las empresas de las islas podrán exportar su conocimiento y tecnología a otros países que están empezando a explorar este camino. Ya ocurrió en el pasado con la desalación de agua, donde el archipiélago se hizo puntero por necesidad, y ahora se busca repetir ese éxito empresarial con el viento oceánico. No es solo energía; es un cambio de modelo productivo para diversificar la economía más allá del turismo.

Desafíos técnicos y plazos en el horizonte
A pesar de todo el optimismo, los pies siguen en el suelo. La Asociación Empresarial Eólica ha advertido que, desde que se apruebe la subasta hasta que los primeros parques estén operativos, podría transcurrir casi una década de trámites y construcción. Por esta razón, se solicita la creación de una ventanilla única que agilice la burocracia, evitando que los proyectos se queden atascados en un laberinto de permisos que desmotive a los inversores internacionales que ya han puesto el ojo en las costas del sureste de Gran Canaria.
La viabilidad de esta apuesta parece fuera de toda duda desde el punto de vista económico, con estudios que apuntan a un ahorro millonario para el sistema eléctrico nacional. La pelota está ahora en el tejado de Madrid, que debe decidir si otorga a Canarias esa convocatoria diferenciada que reconozca sus singularidades geográficas y su preparación técnica. El consenso es total entre políticos, empresarios y trabajadores: es el momento de pasar de las buenas intenciones a la acción real para que el viento marino empiece a transformar el futuro del archipiélago.

