En un pequeño municipio cacereño de poco más de 1.500 habitantes, la energía nuclear se ha convertido en el eje de un debate que mezcla economía, ecología y política. Almaraz, en pleno Campo Arañuelo, vive pendiente de la decisión sobre el futuro de su central nuclear, mientras España y Europa reabren la discusión sobre qué papel debe jugar esta tecnología en un sistema eléctrico cada vez más tensionado por la descarbonización, el aumento de la demanda y los riesgos para la seguridad de suministro.
En este contexto, la central nuclear de Almaraz se ha transformado en un símbolo que va mucho más allá de Extremadura. Para unos, es un pilar económico y una garantía de estabilidad eléctrica; para otros, representa un modelo obsoleto, caro y problemático por sus residuos. Entre ambos discursos, reguladores, partidos y comunidades locales tratan de encontrar un equilibrio que asegure empleo, seguridad y una transición energética realista.
Almaraz: una central nuclear que sostiene una comarca entera
Almaraz es un municipio de la provincia de Cáceres cuya comarca, Campo Arañuelo, registra la renta media por hogar más alta de Extremadura, muy por encima de la media regional. Nada de esto se entiende sin la presencia de la central nuclear, una de las cinco que siguen operativas en España, junto a Ascó y Vandellós (Tarragona), Cofrentes (Valencia) y Trillo (Guadalajara).
Para la plataforma ciudadana Sí a Almaraz, Sí al Futuro, el cierre de la central supondría un golpe directo al empleo y al tejido empresarial local. La organización, nacida de un movimiento vecinal que no quiere verse obligado a emigrar, insiste en que la clausura aceleraría la despoblación y provocaría un «efecto dominó» sobre comercios, servicios y pequeñas industrias de la zona.
La dependencia es evidente: alrededor del 40 % de la economía de numerosos pueblos del entorno está ligada de forma directa o indirecta a la central. Se calculan unos 4.000 empleos entre puestos directos, indirectos e inducidos, y más de 400 empresas conectadas a su actividad. En una Extremadura con problemas estructurales de empleo, Almaraz se percibe como una de las pocas anclas sólidas.
Esta realidad explica que, en plena campaña electoral extremeña, ningún candidato con aspiraciones reales de gobierno se atreva a defender abiertamente el cierre inmediato. Tanto la presidenta en funciones como el principal aspirante socialista se muestran favorables a prolongar la vida útil de la planta, al menos hasta contar con alternativas económicas y energéticas viables.

Seguridad, funcionamiento y la batalla de los prejuicios
La imagen pública de la energía nuclear en España sigue marcada por los grandes accidentes de Chernóbil, Fukushima y Three Mile Island, además de por décadas de movilización antinuclear. Sin embargo, el día a día de Almaraz poco se parece a esos imaginarios apocalípticos.
Quien entra a la central se encuentra, casi como postal, ciervos y fauna silvestre moviéndose con normalidad en los alrededores del embalse de Arrocampo. El entorno alberga una zona de especial protección para las aves, donde miles de especies acuáticas se han asentado en un humedal creado para refrigerar los reactores. Este contraste entre paisaje natural y tecnología pesada cuestiona muchos prejuicios previos.
Dentro de las instalaciones, el discurso dominante se resume en dos palabras: seguridad y calidad. El acceso a zonas restringidas exige equipamiento específico, protocolos de control estrictos y la prohibición de dispositivos electrónicos personales. La planta presume de mantener tasas muy bajas de siniestralidad laboral, con registros detallados incluso de incidentes leves como golpes o pequeños esguinces.
La sala de control, con estética setentera y paneles repletos de monitores, teléfonos y luces de colores, está permanentemente atendida por equipos técnicos que trabajan siguiendo procedimientos exhaustivos. Tras el accidente de Chernóbil se implantó una clasificación internacional (WANO) que evalúa el desempeño en seguridad, y tanto Almaraz 1 y 2 como Trillo figuran entre las centrales que superan con éxito las revisiones periódicas al máximo nivel. La clasificación internacional (WANO) es una pieza clave en esa evaluación.
La propia respuesta de la planta al gran apagón eléctrico del 28 de abril refuerza ese relato interno de fiabilidad. Cuando la central dejó de recibir energía externa, arrancaron en cuestión de segundos los generadores diésel de emergencia, proporcionando toda la potencia necesaria para mantener los sistemas de seguridad operativos. Para el sector, episodios así evidencian la capacidad de las nucleares de actuar como infraestructuras críticas robustas en situaciones de estrés. La discusión sobre mix energético se intensificó tras ese apagón.
Un debate encendido sobre residuos y modelo energético
La vertiente técnica convive, no obstante, con una fuerte contestación social y ecologista. Organizaciones ambientales subrayan que, aunque la nuclear no genere CO2 en la fase de operación, no puede considerarse una energía completamente limpia por el problema de los residuos radiactivos y los riesgos asociados a posibles fallos graves, por improbables que sean.
Uno de los puntos más polémicos es la gestión de esos residuos. Colectivos como Ecologistas en Acción en Extremadura critican la falta de una solución definitiva a largo plazo, denunciando que el fondo destinado a su tratamiento resulta insuficiente y que se está retrasando la construcción de un Almacén Geológico Profundo hasta más allá del periodo en el que las eléctricas seguirán asumiendo responsabilidades directas. La gestión de esos residuos es uno de los grandes desafíos técnicos y políticos.
Frente a estos argumentos, defensores de la central recuerdan que el volumen de combustible gastado acumulado en décadas de operación es relativamente reducido y se mantiene en instalaciones altamente vigiladas. Incluso se recurre a comparaciones gráficas para restar dramatismo, asegurando que la totalidad del combustible usado no llenaría ni una piscina olímpica.
A nivel político, la discusión se ha intensificado desde que la Unión Europea incluyó en 2022 a la energía nuclear dentro de la taxonomía verde junto al gas natural, reconociendo su utilidad en la reducción de emisiones y en la seguridad de suministro en un contexto marcado por la invasión rusa de Ucrania y las tensiones en el mercado del gas.
Ese giro europeo choca con la posición de parte del Gobierno español, tradicionalmente muy crítico con la nuclear. La consigna «Nucleares no» sigue muy presente en el imaginario de sectores de la izquierda, aunque los hechos recientes -apagones, subida de la demanda, necesidad de respaldo firme a las renovables- han reabierto la discusión incluso dentro de formaciones antes claramente antinucleares.

Producción nuclear en España, apagón de abril y debate sobre el mix energético
Los datos de Eurostat permiten tomar perspectiva. La producción de energía nuclear en España se ha mantenido históricamente por encima de los 3.000 GWh mensuales desde 2008, con meses punta por encima de los 5.000 GWh. Sin embargo, abril de 2025 marcó un punto de inflexión: por primera vez en 17 años se bajó de ese umbral.
Mientras que enero de 2025 superó los 5.200 GWh, y otros meses como julio y agosto también alcanzaron cifras muy elevadas, abril registró una caída cercana al 15,7 % respecto al mismo mes del año anterior. Este desplome ha alimentado la sospecha de que hubo una decisión política de retraer la producción nuclear precisamente en un periodo de tensión en la red.
El gran apagón del 28 de abril se produjo justo en ese contexto de menor generación síncrona y mayor presencia de renovables sin suficientes mecanismos de control y respaldo. Informes técnicos apuntan a una combinación de baja inercia en el sistema, debilidades en la red de transporte y una subida puntual de tensión que desembocó en la desconexión automática de parte de la generación.
En el acumulado de los diez primeros meses de 2025, España ha generado alrededor de un 2 % menos de electricidad de origen nuclear, mientras la demanda global de energía ha aumentado casi un 4 %. El hueco se está cubriendo con más gas y, en menor medida, con derivados del petróleo, opciones con mayores emisiones por GWh producido.
Este escenario refuerza la tesis de quienes abogan por un mix energético que combine nuclear y renovables, utilizando la primera como base estable y baja en emisiones y reservando el gas para picos de demanda. Extremadura, con su combinación de solar, eólica y la propia Almaraz, suele citarse como ejemplo de ese modelo híbrido. Para comprender mejor las diferencias entre fuentes puede consultarse un análisis comparativo sobre .
El papel del regulador: envejecimiento, licencias y planes estratégicos
El futuro de las centrales españolas, y en particular de Almaraz, no se decide únicamente en el terreno político. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), organismo encargado de velar por la seguridad nuclear y la protección radiológica, juega un papel determinante en cualquier prórroga o modificación de autorizaciones.
En el caso de Almaraz, el titular de la instalación ha solicitado una modificación de la autorización de explotación, lo que ha llevado al CSN a emitir una Instrucción Técnica Complementaria (ITC). Esta ITC exige información adicional sobre la gestión del envejecimiento de estructuras, sistemas y componentes de seguridad, así como la justificación de los planes de mejora asociados a la revisión periódica de la seguridad para un periodo completo de diez años.
El regulador ha fijado plazos claros: la documentación debe remitirse antes de febrero de 2026 para poder realizar las evaluaciones necesarias y emitir el informe preceptivo. Solo a partir de ahí se podrá tomar una decisión firme sobre la continuidad de la planta en condiciones de seguridad aceptables.
En paralelo, el CSN ha ido ajustando otros elementos del parque nuclear, como la programación de mantenimiento de generadores diésel de salvaguardia en la central de Trillo o la ampliación de plazos para renovar aislamientos térmicos en sistemas de refrigeración esenciales. Son detalles poco visibles para el gran público, pero cruciales para garantizar que las centrales sigan cumpliendo con los estándares internacionales.
Todo ello se enmarca en un Plan Estratégico 2026‑2030 del CSN, orientado a aplicar un enfoque graduado al riesgo, simplificar procesos y reforzar la cultura de seguridad en un contexto de avances tecnológicos y posibles nuevos proyectos nucleares o instalaciones asociadas, como almacenes de residuos o fábricas de combustible.
Europa, países emergentes y la vuelta global de la nuclear
Mientras España debate el cierre escalonado de sus centrales, en otras partes del mundo la energía nuclear vive un cierto renacimiento. Un análisis reciente de la consultora Bayesian Energy para The Rockefeller Foundation, centrado en nueve economías emergentes, plantea que incorporar nuclear en el mix podría suponer entre el 10 % y el 30 % de la generación eléctrica y recortar hasta un 31 % los costes totales del sistema.
El estudio subraya que las redes basadas exclusivamente en solar y eólica sufren fuertes variaciones diarias y estacionales, lo que obliga a sobredimensionar instalaciones y almacenamiento. La nuclear, con su producción continua, ayuda a estabilizar la red, reducir necesidades de baterías o hidrógeno y limitar la expansión de líneas de transmisión.
En países como India o Nigeria, los escenarios modelizados muestran participaciones nucleares cercanas al 30 %, con importantes ahorros en infraestructuras y mejoras en fiabilidad. Filipinas y Ruanda también destacarían por las reducciones de costes, especialmente allí donde el viento es escaso, la tierra disponible es limitada o el crecimiento industrial es rápido.
Una pieza clave en este posible despliegue son los llamados Small Modular Reactors (SMR), reactores modulares pequeños que prometen menores costes iniciales, tiempos de construcción más cortos y una mejor adaptación a redes eléctricas de tamaño reducido. Aunque la mayoría de proyectos están aún en fase de diseño o prototipo, gobiernos y empresas los ven como una vía para democratizar el acceso a la tecnología nuclear. Los avances tecnológicos en SMR son uno de los puntos más seguidos.
El informe también destaca que la nuclear reduce la exposición del sistema eléctrico a fenómenos climáticos extremos, como sequías prolongadas, olas de calor o periodos sin viento, que afectan tanto a la hidráulica como a parte de las renovables. Desde esta óptica, la combinación de potencia firme nuclear y renovables se presenta como una estrategia pragmática para garantizar electricidad asequible y estable antes de 2050.
Japón, Fukushima y la reapertura de grandes centrales
La tendencia internacional se aprecia también en Japón, donde el recuerdo del accidente de Fukushima sigue muy vivo pero el Gobierno ha decidido acelerar la reactivación de reactores para reducir la dependencia de combustibles fósiles y garantizar suministro a sectores de alta demanda como los centros de datos de inteligencia artificial.
La asamblea de la prefectura de Niigata ha dado su visto bueno a la reapertura parcial de la central de Kashiwazaki-Kariwa, una de las mayores del mundo y gestionada por la misma compañía que operaba Fukushima Daichi. Está previsto que una de sus unidades comience a funcionar de nuevo, con el objetivo de aprovechar su capacidad para suministrar grandes cantidades de energía de forma continua.
La decisión no está exenta de polémica. Sobre la mesa pesan aún las indemnizaciones, los costes de desmantelamiento y descontaminación de Fukushima, que se prolongarán durante décadas y suponen una factura multimillonaria. Además, una parte de la población se muestra abiertamente contraria a volver a confiar en la misma empresa responsable del accidente.
Pese a ello, Tokio considera que la nuclear sigue siendo una herramienta necesaria para cumplir sus metas climáticas y sostener el crecimiento de sectores intensivos en electricidad. El debate nipón va incluso más allá, con voces que han cuestionado la tradicional renuncia del país a las armas nucleares, aunque esta deriva geopolítica genera un rechazo frontal en lugares como Hiroshima.
Opinión pública, jóvenes y el reto de la información
En España, la nuclear sigue siendo un concepto altamente politizado y cargado de emociones. El recuerdo de los desastres históricos, alimentado por la ficción audiovisual, ha dejado un poso de miedo que condiciona cualquier discusión sobre nuevas centrales o ampliaciones de vida útil.
Frente a ello, han surgido iniciativas de divulgación como la de Jóvenes Nucleares, que se plantean «desmontar mitos» y explicar de forma didáctica cómo funcionan las plantas, cuáles son sus riesgos reales y qué mecanismos de seguridad se aplican. Quienes participan en estas asociaciones reconocen que el temor es comprensible, pero sostienen que una parte importante se debe al desconocimiento.
Las dudas ciudadanas se concentran, sobre todo, en los residuos radiactivos: cuánto duran, cómo se almacenan, qué planes existen para gestionarlos durante siglos. La falta de una solución definitiva en España -más allá de los almacenes temporales en las propias centrales- alimenta esa inquietud y da munición a los sectores contrarios a la nuclear.
Aun así, la declaración de la UE considerándola energía verde, sumada a las dificultades para mantener un sistema 100 % renovable en el corto plazo, ha suavizado algunas posiciones y abierto espacio a un debate menos ideológico y más técnico. En regiones como Extremadura, donde la central sostiene buena parte de la economía local, las discusiones ya no son tanto «nuclear sí o no», sino «cómo y hasta cuándo».
Todo este entramado de intereses, datos y percepciones muestra que el futuro de la energía nuclear en España y en Europa no se decidirá con un solo gesto, sino mediante una combinación de decisiones regulatorias, negociaciones políticas, inversiones y cambios tecnológicos. Almaraz, con su peso económico en Campo Arañuelo, el escrutinio del CSN y el foco mediático puesto en sus fechas de cierre o prórroga, se ha convertido en el mejor espejo de esa encrucijada: una central que obliga a replantearse prejuicios, revisar estadísticas y valorar si, en plena transición ecológica, la nuclear sigue teniendo sitio como compañera incómoda pero útil de las renovables.