Etiopía quiere desarrollarse sin contaminar

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Kindeya Redaie no tiene electricidad en su casa, pero ha tenido que comprar dos buyes con el dinero que le ha dado el Estado para tener derecho a plantar una eólica sobre sus tierras. “Me hubiera gustado conservar mi campo, pero estoy orgulloso de vivir allí donde estuvo instalada la primera granja eólica del país” se consuela el agricultor mirando las gigantescas palas blancas que baten el aire a un ritmo regular por encima de su cabeza.

Sobre las mesetas del Tigré, en el norte de Etiopía, 84 mástiles de 70 metros de alto se alzan en medio de un paisaje donde la tierra seca y pedregosa se labra todavía con arado. El complejo de Ashegoda, construido por las empresas francesas Vergnet y Alstom, es una de las vitrinas de este desarrollo “limpio” reivindicado por esta nación entre las más pobres del mundo.

Si Etiopía cuenta con unirse al grupo de los países emergentes de aquí a 2025, también se ha fijado como objetivo no emitir más gases de efecto invernadero. Una apuesta enorme para este país cuya población roza los 100 millones de habitantes y cuya economía crece desde hace cerca de diez años a un ritmo del 10% anual. Un objetivo que le vale ser tenido como modelo a seis meses de la conferencia sobre clima de París, cuya ambición es la de sellar un acuerdo universal permitiendo limitar el aumento de temperaturas a 2º C.

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