En Burkina Faso, el cambio climático agota los suelos y a la poblaciones

Burkina Faso

Bongandé, jefe de la provincia de la Gnagna, en el este de Burkina Faso. Son apenas las 16 horas, el 21 de mayo, cuando de repente un viento violento invade la ciudad, levantando arena y polvo y poniendo las calles en una casi total oscuridad, que las cabras terminan por perderse.

En los pueblos de esta provincia, la gente relaciona directamente estos fenómenos climáticos con la degradación de sus condiciones de vida; cuentan cómo estos vientos rojos, cada vez más frecuentes, son devastadores, destruyen sus hábitats, propagan enfermedades en sus ganados.

En la planicie de Gnagna, a finales de mayo, la tierra está seca, y cuarteada. Las solas manchas verdes proceden de algunos árboles escasos, que se distribuyen por el espacio. En los pueblos, la mayoría de los pozos están secos. Estamos en pleno período de sequía donde las reservas de la cosecha anterior se agotan y la nueva no se puede explotar. Y la lluvia sigue sin llegar.

La estación de lluvias tarda en llegar en la planicie de Gnagna. Normalmente va de mayo a agosto, pero las lluvias son cada vez más escasas y erráticas.

El año pasado, tan sólo cayeron 538 milímetros de lluvia. En 30 años, la media anual ha bajado de los 200 milímetros. La zona de este tipo de clima se extiende cada vez más hacia el sur. Bogandé se encuentra al límite. Desde 1975, la temperatura ha aumentado 0,8 grados. Es lo equivalente en 40 años de aumento de la temperatura terrestre desde 1880.

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