De Fukushima a las costas norte americanas

Fukushima

Las concentraciones de cesio radioactivo dispersado en el Océano Pacífico por la catástrofe de Fukushima deberían alcanzar su máximo en 2015-2016, en las costas norte americanas, pero a niveles sin peligro para la salud y el entorno. Esto es lo que concluye un estudio, el más completo hasta hoy según sus autores, dirigido por un equipo de canadienses y americanos, oceanógrafos, que se publicó el pasado 29 de diciembre en la memoria de la Academia de las Ciencias Americanas (PNAS).

Las explosiones que destruyeron los reactores de la central nuclear de Japón, en los días siguientes al seísmo y al tsunami del 11 de marzo de 2011, expulsaron a la atmósfera, entre otros radioelementos, grandes cantidades de cesio 134 y 137. A estas emisiones aéreas, de las que una parte se depositó después sobre la superficie del mar, se añadieron las emisiones líquidas procedentes del lugar accidentado.

En total, la contaminación radioactiva del Océano se estima, por diferentes trabajos científicos, entre 3,5 y 27 petabecquerel. Es el valor alto de esta horquilla que retiene el Instituto de radioprotección y de seguridad nuclear francés (IRSN), que destaca que “esta emisión radioactiva en el mar representa el mayor aporte puntual de radionucleido artificiales en medio marino jamás observado”.

Las corrientes han diluido, por supuesto, y dispersado estos productos radioactivos, de los cuales una parte se ha depositado en los sedimentos marinos a lo largo de las costas japonesas. Pero también los han empujado hacia el este, en dirección a las costas norte americanas. Dos motores de las circulación oceánica en esta zona, Oyashio y Kuroshio, han dirigido esta lenta migración, al ritmo de 8 cm por segundo, según los autores.

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